Un día de furia

Foto: Raging/ArtTower/Pixabay

Juan Norberto Lerma

La turba estaba a punto de alcanzarlo y en su arma sólo quedaban dos balas. En el puente de las Amazonas, Carlo Bon se volvió a mirar a sus perseguidores de frente y disparó una vez más hacia el grupo enardecido. No se detuvo a comprobar si alguno de sus perseguidores caía herido, por el contrario, saltó una cerca y doblando hacia la izquierda continuó corriendo hasta la callejuela de los comercios. El estampido sólo había retardado a la muchedumbre, al ver a Carlo apuntándoles con el arma, hombres y mujeres se abrieron como un abanico multicolor en el que predominaba un matiz oscuro. Milagrosamente, la bala continuó su curso sin herir a ninguno, al final perdió fuerza y fue a caer junto a la banca de uno de los muchos parques desolados de Aurora Hill. Cuando el temor de ser heridos se fue diluyendo, el furor de los perseguidores se duplicó. Volvieron a agruparse y cruzaron el puente por donde se perdió su presa.

Sin sorpresa, Carlo Bon vio en el fondo de la calle un camión de carnes que obstruía el tránsito y su carrera; al instante, comprendió que con la sola fuerza de sus piernas nunca lograría burlar a sus perseguidores. Se detuvo frente a la pescadería. El mostrador estaba forrado con mosaico azul, al frente estaba una sirena estilizada de grandes pechos y escamas rosadas, en el fondo, un lecho de caracolas verdes invitaba al reposo. Con un veloz movimiento, Carlo Bon amagó al encargado y enseguida saltó detrás del mostrador. Golpeó al dependiente en la cabeza con el arma justo cuando la muchedumbre entraba por la bocacalle. El hombre se derrumbó y, sin apuro, Carlo Bon lo empujó con el pie debajo del mueble. Se despojó de su rompevientos azul marino y lo arrojó a un lado. A tientas, escondió su arma en la cintura, tomó un cuchillo y pacíficamente comenzó a limar las branquias de un pez frío. Decenas de hombres y mujeres pasaron corriendo por el frente del negocio.

Uno de ellos, un hombre maduro de bigote tupido, se detuvo para tomar aliento frente al puesto en el que estaba Carlo Bon.

—¿Viste por donde se fue el hombre que perseguimos? —le soltó a boca de jarro y, sin esperar respuesta, agregó—: Es un asesino.

—Lo vi pasar —respondió Carlo Bon, ocultando apenas sus jadeos—. Llevaba un arma en la mano. Lo vi escurrirse, allá por las tiendas de los judíos.

Eso estaba detrás del camión enorme que ahora se movía lentamente, tal como lo habría hecho una bestia prehistórica en un pantano, esquivando cuidadosamente los autos estacionados. De pronto, el hombre se quedó mirando con desconfianza el pez, como si los ojos muertos del animal le parecieran demasiado fríos.

—Ha matado a tres allá atrás —dijo el sujeto, resoplando en varias ocasiones, y señaló con la cabeza un lugar lejano—. Es preciso detenerlo y darle un escarmiento.

Carlo Bon tuvo el impulso de responder que a lo mejor aquellos tres individuos merecían la muerte, pero el temblor de sus manos y la resequedad de su boca lo obligaron a guardar silencio. Más repuesto, aventuró cuidadosamente:

—Debe ser como usted dice. Ya lo creo que ese hombre merece una buena tunda. Si pudiera, los acompañaría. Sería todo un espectáculo verlo morir a palos.

El individuo tragó un par de bocanadas de aire, esbozó una sonrisa y movió la cabeza afirmativamente varias veces. Luego, como si lo pensara mejor dijo:

—Aunque, en el fondo, a lo mejor no le faltaba razón —se detuvo para mirar las maniobras que hacían sus compañeros para esquivar el camión de carnes atravesado a la mitad de la calle—. Como quiera que sea, se trataba de su mujer y de uno de sus amigos. Lo malo fue que en la huida se le atravesó el portero de la cafetería—añadió el hombre casi con el aliento recuperado—.

—Como dije, será un buen espectáculo cuando lo atrapen. ¿Quién iba a decirle al pobre infeliz que el mismo día que encuentra a su mujer con su amigo, por la tarde moriría apaleado?

El perseguidor asintió con la cabeza. Vio a Carlo Bon acodarse en el mostrador y se volvió para mirar cómo se alejaban los otros, pareció dudar y clavó sus ojos en los del pescado.

—Tiene razón —murmuró—, aunque, por otra parte, se trataba de tres seres humanos.

Carlo Bon se agitó, blandió el cuchillo y le asestó una puñalada feroz al pez frío.

—Ya verá cómo al final lo encuentran tendido en una esquina con una bala metida entre las costillas. Estos dramas siempre terminan así. No vale la pena tomarse la molestia de perseguir a esos sujetos, ellos mismos acaban consigo.

—En todo caso, sería lo mejor —dijo animándose el perseguidor—. Así nos evitaría la molestia de molerlo hasta cobrarle la muerte del portero.

Carlo Bon se encaró en silencio con aquel hombre. En sus ojos ensangrentados había una chispa de tristeza y desesperanza que el otro interpretó como falta de sueño.

—Se van —dijo el tipo, indicando a sus compañeros con un movimiento de cabeza—. Están sacudiendo a los judíos.

—Ya verá como ocurre lo que le dije —murmuró Carlo Bon sin ganas—.

El hombre sonrió complacido y avanzó dos pasos.

—Les están dando duro —gritó y comenzó a correr hacia el lugar en el que se había desatado una trifulca en la que caían hombres y mujeres, y volaban anafres y sillas—.

Carlo Bon no respondió, escuchaba los gritos de la turba y las protestas de los comerciantes, pero no se asomó siquiera. Comprendió que aunque en ese momento le dijera a ese hombre que era a él a quien perseguían no le creería. Echó una mirada bajo el mostrador y vio que el pescadero continuaba inconsciente.

Los gritos descompuestos de los judíos aumentaron y no le permitieron hundirse en sus pensamientos. La turba daba rienda suelta a su violencia y Carlo Bon sabía que todas esas personas no se marcharían de ahí hasta que aplicaran su justicia o hasta que al final su ira quedara completamente satisfecha, lo que sucediera primero, aunque la justicia y la ira no coincidieran.

Sin piedad, con el rostro crispado, apuñaló una y otra vez al pez frío y, entonces, de pronto, tuvo una inspiración que pensó que podría salvarle la vida. Al instante, se borraron de su mente las imágenes de su mujer muerta y de su amigo. Lentamente se llevó la mano a la cintura y dejó caer su pistola cerca de las manos del comerciante desmadejado. El hombre comenzaba a despertarse y Carlo Bon lo volvió a golpear en la cabeza. Lo despojó con rapidez de la pechera embadurnada de sangre y se la colocó a toda prisa.

De alguna manera, Carlo Bon sintió que su temor disminuía enseguida, como si fuera posible que con la pechera hubiera adquirido no sólo una especie de disfraz, sino también un poco de la identidad del pescadero. Sin perder un segundo, Carlo Bon brincó el mostrador y cayó a la calle como para seguir huyendo. En cambio, se plantó frente al puesto, comenzó a dar gritos y a hacerle señas violentas a la muchedumbre. Instó a la gente a volver para entregarle en las manos al pescadero.

Allá abajo, el pescadero se había recuperado, a tientas encontró el arma y en lo primero que pensó fue en usarla en contra del tipo que lo había golpeado. A tumbos, fue a pararse frente a Carlo Bon, que aún tenía el cuchillo en la mano. Carlo Bon dividía su atención entre la multitud enfurecida y el pescadero. Como en una epifanía, creyó que su salvación estaba cerca y que podría rehacer su vida en otra parte, y morir viejo y aburrido, con otro nombre y pasivo, en cualquiera de las avenidas de Aurora Hill.

El pescadero apenas tuvo tiempo de levantar el arma y miró desconcertado a la gente que corría. La multitud se detuvo a unos cuantos metros de ellos.

—Son dos, el que tiene la pistola es el asesino —gritó un hombre armado con el tubo de una cañería—.

Carlo Bon comprendió que estaba salvado, pero como un destello cruzó por su mente la escena de su mujer y su amigo, y se le nublaron los ojos hasta que se le volvieron como los de un pez frío. Debió de haberse vuelto loco o un demonio lo debe haber poseído, porque cuando se le acercó el hombre con el que hacía dos minutos había conversado, le tiró una cuchillada y el sujeto se dobló sobre sí como una rama golpeada por un rayo. Cuando Carlo Bon le dio una segunda puñalada al sujeto, palpó el cuerpo fofo y gelatinoso del tipo con el dorso de la mano mientras se derrumbaba. Carlo Bon empuñó con fuerza el cuchillo de nuevo, sintió que al fin su angustia se había terminado, y esperó a pie firme que la turba se le viniera encima.

***

Juan Norberto Lerma

México, Distrito Federal. Es escritor y periodista. Ha colaborado en diversos medios de comunicación y en varias revistas culturales. En el año 2000 ganó el premio de cuento José Emilio Pacheco, al que convocó la Universidad Nacional Autónoma de México.

Ha publicado varios libros de cuentos en Amazon, entre los que se encuentran La Bestia entre los días, y Perro Amor.

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