Celos peligrosos

Foto: Lovers/geralt/Pixabay

Luis Martín Quiñones

Uno de los sentimientos que causa mayor incomodidad a nuestro ego, son los celos. Ante la sospecha de una infidelidad, se enciende la hoguera donde arden las pasiones. Sea cierto o infundado, lo cierto es que un atisbo de traición, o que un tercero se acerque al ser amado, puede desencadenar temor, coraje, pero sobre todo un malestar que difícilmente controlamos. Parte de la naturaleza humana, los celos pueden ser sanos hasta cierta medida, cuando son incontrolables, morimos como el envidioso: de ardor.

El celo es como el miedo: cierta dosis es necesaria para sobrevivir. El celo estimula el cuidado de lo que consideramos preciado y su ausencia puede ser un epílogo anticipado del fin de una relación. Pero cuando un espíritu débil se tambalea, acumula una dosis letal de odio que puede causar verdaderas tragedias.

En el año de 1955, la escritora chilena Georgina Silva Jiménez, más conocida como María Geel, asesinaría a su amante catorce años menor que ella, Roberto Pumarino, con el que aparentemente llevaba una relación sin conflictos. En el hotel Crillón, frente a un número considerable de testigos, descargaría su revólver sobre la cara de Pumarino hasta causarle la muerte.

La noticia causó estupor y sorpresa. No obstante aparentar no tener motivos para asesinar a su amante, parece ser que los celos desataron la furia de la escritora. No sobra decir que, no obstante encontrada culpable, sólo purgó una sentencia de tres años, gracias a que la Nobel de literatura Gabriela Mistral abogó por ella ante el entonces presidente Carlos Ibáñez del Campo.

El celo agrieta la fortaleza de la que aparentemente estamos hechos. Son tan inesperados que cuando nos damos cuenta ya estamos presos y se detona una explosión de ira de no muy justificadas razones.

No hay duda de que Shakespeare conocía a la perfección las debilidades humanas. En Otelo, la incertidumbre toma tintes de tragedia. Yago induce la sospecha en Otelo. Ante una historia fabricada Desdémona parece ser culpable de un amorío con Casio. Un pañuelo robado de la propia Desdémona es el objeto delator. Otelo, un hombre de pasiones desbordadas, se deja llevar por un camino sin retorno. Cegado por sus celos desmedidos, condena a Desdémona a morir ahogada bajo una almohada. La tragedia llega aún más lejos: Otelo se suicida. Sin duda el personaje de Shakespeare fue sujeto de una trampa, pero también de sus debilidades.

Los celos son el catalizador para una serie de reacciones sentimentales que ponen en aprietos al corazón más férreo. Si bien no todos acabamos como Otelo, sí podemos sufrir la sacudida de nuestra fértil imaginación. La facilidad con que fabricamos sospechas nos hace sujetos de dolores innecesarios. Ante la duda que nos atormenta, ante los hechos muchas veces sin sustento, preferimos dar como veraz lo que ante nuestros ojos se presenta y afirmamos ser víctimas de un engaño.

La venganza encuentra terreno fértil en la víctima del engaño y cuando el celo libra la frontera de la imaginación para convertirse en hechos contundentes, la ira es mayor. Las sospechas confirmadas dejan de ser un celo absurdo para convertirse en un enojo mortal.

La vida del músico renacentista italiano Carlo Gesualdo, célebre por sus hermosas composiciones, tiene un contraste oscuro. Al encontrar a su esposa con su amante, los asesinó sin ningún remordimiento. En aquellos años la ley protegía al engañado y al poco tiempo libró la cárcel como lo hiciera María Geel. Tal vez arrepentido de su venganza, algunas de sus composiciones tienen cierto sesgo de dolor y tortura.

Los celos consumen a la víctima hasta dejarlo exangüe. Imagina, sueña y crea escenas dignas de un largometraje. El celoso hilvana caricias, besos furtivos y pasiones de alcoba; le da nombre y forma al rival; en su fantasía se convierte en un voyeur que se asoma a ver las secuencias del engaño que le retuercen sus vísceras. Sufre y planea su venganza. Y cuando se da cuenta de que todo fue producto de su imaginación, su felicidad se le ha ido de las manos.

Los celos son una trampa de la debilidad humana, un sentimiento corrosivo que tortura los rincones oscuros de las entrañas.    Quizás sea bueno sentir y sufrir un poco por los celos, pero cabría preguntarse si vale la pena morir por ellos.

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