El miedo viaja en combi

Por Lizbeth Luna López

 

 

Desde hace un año aproximadamente, cada vez que viajo en combi,  me siento ansiosa y asustada por el recuerdo de haber sido agredida en este medio de transporte. A esto se debe mi  lectura constante de noticias sobre los asaltos y muertes  el transporte público. Me parece que no es un temor sólo mío. Las personas en las combis no se miran entre ellas; no se hablan. El grado de desconfianza está marcado en cada gesto y diálogo forzado para pasar el dinero. Cada movimiento o aparición de un nuevo pasajero suponen cierto grado de desconfianza  ante las  posibilidades de alguna tragedia.

El inicio de esta semana no fue una excepción: siempre me siento ansiosa. Subí a la combi en la calzada Ignacio Zaragoza, y como casi siempre hago, leí el periódico. Iba de regreso de las clases. Unos segundos después, noté el sonido de la puerta al abrirse y volteé para inspeccionar al nuevo pasajero. El hombre tenía puesta una sudadera roja holgada y llevaba en la mano derecha una bolsa de plástico transparente que permitía notar su contenido. Al parecer llevaba una cantidad considerable de sobres y hojas de papel. Se sentó junto a mi. Yo volví la vista a mi lectura después de eliminar de mi mente la catástrofe.

Ya estábamos sobre la carretera México-Texcoco,  cuando vi que el hombre se levantaba de su asiento. Mis pensamientos, por supuesto, fueron negativos, y pasé de la catástrofe a la preocupación después de advertir que se sentaba de nuevo, y volvía a levantarse. Repetía estos movimientos, al parecer, de manera involuntaria. Enfrente de mi había una pareja que hasta ese momento no había notado. La mujer comenzó a gritarle al chofer que se detuviera porque “al joven le estaba dando un ataque”. El chofer (extrañamente amable) detuvo la combi y se asomó desde la parte delantera para preguntar si aquel hombre se encontraba bien. Él seguía moviéndose de la misma forma. Toqué su hombro y le pregunté si se sentía bien y si podía ayudarle en algo.

Después de unos segundos, que me parecieron muy largos, el hombre dejó de moverse. Nos miró a todos con expresión de susto y dijo que seguramente pensábamos que estaba loco. De nuevo me sentí intimidada ante la posibilidad de una agresión. «He estado en Estados Unidos y en otros lados, y la gente siempre piensa que estoy loco », decía desesperado. Los demás le explicaban la razón por la cual le pidieron al chofer que se detuviera. Me costó trabajo reaccionar, pero noté que estaba igual de agitado que yo. Volví a tocar su hombro «No lo juzgamos, señor. Es preocupación», le dije. Me sonrió tímidamente. Antes de continuar el recorrido de su ruta, el chofer nos pidió avisarle si era necesario que se detuviera de nuevo.

La pareja que se encontraba frente a nosotros, comenzó a preguntarle si se sentía bien. Al interrogatorio se sumó una anciana que estaba a su izquierda. Conversaron un poco y el hombre comenzó a lucir más tranquilo. Acordaron avisarle cuando estuviéramos a punto de llegar al lugar en el que tenía que bajar. La mujer abrió su bolsa; sacó una naranja y un mango para ofrecérselos al hombre, pero él no quiso recibirlos. Unos momentos después, los movimientos involuntarios se repitieron y dos jovencitas le ofrecieron algodón empapado en alcohol para olerlo. El chofer se detuvo de nuevo y le ofreció llevarlo al médico, pero dijo que no debían preocuparse, que estaba bien. Se continuó el camino hasta que se había tranquilizado nuevamente.

Llegamos a “La cruz” y el hombre bajó de la combi deseándonos una buena tarde. La anciana, que lucía muy preocupada le pidió que se cuidara. «Que Dios lo acompañe», dijeron casi todos los pasajeros. La pareja y la anciana comenzaron a hablar sobre diferentes enfermedades. Me sentí cómoda y de alguna manera agradecida por el grado de comprensión ante la situación del hombre.

Unos minutos después, subió una muchacha con un perro envuelto en una cobija roja. La pareja, muy emocionada, elogió al cachorro, que tenía un suero en la pata delantera derecha. Le preguntaron a la muchacha si estaba enfermo. Ella les dijo que estaba en tratamiento; que debía recuperarse de muchas cosas. «Lo adopté. Estaba en la calle y no lo quise dejar, pero no estaba muy bien de salud». Les contaba la situación en la que lo había encontrado cuando subió otra mujer y se sentó junto a la muchacha. Miraba detenidamente al perro y escuchaba atenta la conversación. «Tu perro es único» le dijo de repente. «Son hermosos, y muy agradecidos. Yo tengo diez en mi casa. A todos los adopté. Igual estaban en la calle…» Realmente no noté con exactitud el momento en el que ocurrió, pero casi todos los pasajeros comenzaron a hablar sobre sus mascotas y a recomendarse clínicas veterinarias para atenderlos. La pareja le ofrecía naranjas a la anciana, y la muchacha acercaba al cachorro a la mujer que hablaba de sus diez perros para que lo acariciara. Me resultó impresionante y bello pensar en que hay gente que se hace responsable de sus mascotas; que las cuida y las quiere.

Contrario a lo que cotidianamente vivo, el ambiente no tenía ni un tinte de tensión. Observé la forma amigable y familiar en la que se despedían los pasajeros cada vez que alguno de ellos bajaba de la combi, y como se deseaban los unos a los otros bendiciones de Dios. Me sentí alegre en el momento, pero también confusa. Generalmente, el panorama mundial me hace considerar que el mundo es un lugar desagradable y hostil, pero las personas que conocí en ese momento me hicieron sentir que hay algunos detalles por los cuales vale la pena existir.

A tal grado de desconcierto me encontraba, que me resultaba imposible procesar mi realidad: hace no muchos días se habla de la posibilidad del inicio de una tercera guerra mundial. Me habían regalado la opción de tener fe en que las personas son solidarias, respetuosas y empáticas. ¿Cómo se contrastan entonces las decisiones de los líderes mundiales?.

Bajé de la combi recibiendo de casi todos los pasajeros buenos deseos y bendiciones de Dios. Ojalá los ataques estuvieran dirigidos por personas  de fantasía como las que por casualidad pude conocer, y consistieran en similar transmisión de pensamientos y acciones positivas a los demás. Al parecer,  nos falta fe. Sería un perfecto y utópico ataque mundial.

paréntesis

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