Sí, claro que sí

María Rivera

Así contestó el Presidente López Obrador en la “mañanera” de ayer a la pregunta de si estaba satisfecho con el manejo de la pandemia. “Sí, claro que sí”, dijo muy orondo, cuando México es uno de los países del mundo que ha manejado de peor manera la pandemia, junto con Brasil. El costo en vidas y en sufrimiento que su ineptitud ha dejado en nuestro país, es inmenso. Peor aún, la pandemia aún no ha acabado y su política sigue en marcha ocasionando que más gente enferme y muera, de manera imperdonable.

La decisión, obcecada y criminal, de no vacunar a adolescentes de 12 a 18 años, es el nuevo capítulo de su desencaminada política de ahorro, de su desorganización y de su falta de previsión, pero esencialmente, es producto de algo peor: su completo desdén por la vida de los mexicanos más vulnerables, esto es, las familias pobres.

Como he comentado aquí más de una vez, es precisamente la población que no tiene recursos la que se encuentra más expuesta a contagiarse. Los padres de familia no pueden llevar a sus hijos a vacunar a Estados Unidos y tampoco pueden pagar un proceso judicial para promover su vacunación. Al Presidente, sin embargo, le tiene sin cuidado, no le importa en lo más mínimo que la vida de esos adolescentes esté en riesgo, así como no le importó la vida de los médicos del sector privado a los que se negó a vacunar reiteradamente ¿una vergüenza en un Gobierno de dizque izquierda? Más que una vergüenza es un crimen, hecho y derecho. Nada más basta con saber lo siguiente: desde el 24 de junio, cuando la Cofepris autorizó la vacuna de Pfizer para la población adolescente, han fallecido en México, por COVID confirmado, al menos 107 adolescentes.

Sí, leyó bien. Ciento siete adolescentes que, de haber sido inmunizados no hubiesen perdido la vida.

Es una catástrofe, sin duda, pero no es una catástrofe natural sino política, con responsables directos, empezando por el Presidente López Obrador, quien, aduciendo que no alimentarían a las farmacéuticas, se negó a comprar vacunas para ellos. Es decir, el Presidente, decidió pagar, no con pesos, sino con vidas de mexicanos, el costo de la pandemia. Es preciso decirlo con todas sus letras: vivimos bajo un poder despótico que desprecia la vida de los ciudadanos más vulnerables, cuando es su obligación primera protegerla. Millones de familias no han enviado a sus hijos a la escuela presencial, y los que no pagan una educación privada y en línea, tendrán que exponerlos por la determinación de la SEP de no darles ese servicio.

¿Qué hicimos los mexicanos para merecer esta atrocidad? ¿Haber votado por Morena y López Obrador nos convierte en cómplices de este horror? Claro que no, hay que asentar: López Obrador actúa, no sólo contra sus ofrecimientos de campaña, sino contra los más elementales derechos humanos consagrados en nuestra Constitución y en los tratados internacionales y nadie, en su sano juicio, votaría por un gobernante que ofreciera dejar a los niños y adolescentes sin vacunar en una pandemia. Claro, nadie lo sabía, pero ahora sabemos qué clase de político es. Uno capaz de usar a los pobres como gancho, presentándose como alguien preocupado por la inequidad, y que una vez en el poder es capaz de ahorrarse el dinero público para destinarlo a sus proyectos de infraestructura, en lugar de salvar vidas. Vaya, de ese tamaño es su traición y esa ignominia, su retrato.

Esta monstruosidad aberrante, querido lector, está lejos de haber acabo, en realidad está comenzando: en la medida que pasa el tiempo y el Gobierno se niega a vacunar a los adolescentes, más se contagiarán, desarrollarán secuelas o morirán. Es claro, como el agua, que esperan que se contagien para ahorrarse el gasto, aunque ello implique que adolescentes mueran. De hecho, está sucediendo en este momento, mientras usted lee esta columna. No ha terminado, el virus sigue entre nosotros cebándose en los más vulnerables, es decir, en aquellos que no han sido vacunados: los niños y los adolescentes. Después, se cebará en quienes no recibirán las dosis de refuerzo de la vacuna, evidentemente.

Creo que no es necesario escribir aquí, nuevamente, de las múltiples y muy graves secuelas que la enfermedad puede dejar en las personas. Ahora se sabe que pueden afectar prácticamente a todos los órganos y sistemas del cuerpo y que aún no se sabe si las secuelas serán permanentes en algunos.

Es un crimen, lo voy a escribir nuevamente, es un crimen, promover el contagio masivo de niños y adolescentes de covid-19, en lugar de vacunarlos, para ahorrarse dinero. Es un crimen digno de los peores autócratas y asesinos y se está cometiendo en nuestro país, impunemente. Lo está cometiendo el presidente López Obrador a plena luz del día y con la anuencia de algunos, la desesperación y desesperanza de muchos padres y madres y con la indiferencia de muchísimos más.

La incompetencia del Presidente López Obrador en un tema tan sensible como la es la vida de niños y adolescentes debería generar un reclamo generalizado y una exigencia rotunda a su Gobierno. Los niños y adolescentes mexicanos son, como se dice coloquialmente, el futuro del país. Toda una generación está en riesgo de ser afectada por las secuelas debilitantes de una enfermedad grave, para la que existe ya una vacuna y está aprobada en el país, pero que el Gobierno ha decidido no comprar.

¿Cuántos fallecimientos de adolescentes más son necesarios para decirle al autócrata que nos gobierna que no aceptamos que sacrifique la vida de nuestros hijos? ¿Ciento siete vidas son nada? ¿Cuánto vale cada vida de un adolescente? Para el Presidente López Obrador, ochocientos pesos. Eso es lo que se ahorró en cada uno de los adolescentes fallecidos, eso es lo que hubiera costado vacunarlos, ochocientos pesos, del dinero de todos nosotros. Mucho, muchísimo menos de lo que gastó en su fiesta fastuosa en el zócalo hace unas semanas, o de lo que destina al Ejército.

Todos y cada uno de los adolescentes que han fallecido en este país por no estar inmunizados son responsabilidad directa del Presidente López Obrador. Su negligencia criminal ha costado ya, por lo menos, ciento siete vidas. No dejaremos de exigirle que cumpla con su responsabilidad de garantizar su derecho a la salud y a la vida, y de recordarle cada una de las vidas que está sacrificando.

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