Notas sobre «Golpe de agua»

Por Dra. Rosario Herrera


José Falconi en Golpe de agua, antología personal (1978-2013), publicada por Fondo Editorial del Estado de México, en la colección “Summa de Días”, 2014, es una miscelánea que se presenta vestida de gala por Pedro Salvador Ale, a través de sus seis aproximaciones a la poesía de José Falconi, y cuya selecta compilación de poemarios constituye, en sí misma, un poema de largo aliento al que le alcanza el aliento y la tinta hasta la página 245, con su Final 3: “Con su ronroneo a sonajas de madera, su andar desnuda por mi sangre, Al-baida vibra en mí y provoca los admirables colores del espectro. Vuela en el cuello de los ánades. La paladeo en el vino más sedoso / y siga siga / el girasol / girando / hacia la nada.” Una antología personal que abre con Aguamuerte (1978), para que “no se vaya a secar esta lluvia”, siempre alrededor de la piedra de sol mítica, la espiral del tiempo, con sus persistentes variaciones sobre un mismo tema: “Inauguro largo paseo por el sueño / Miro el rostro que nos mira / Él tiene puertas / Invisibles caminos / Bajo la lluvia mi cadáver pasa (…).” Donde Falconi le apuesta a una estética siniestra, más allá de la diestra, al lado torcido de la vida o al reverso de lo bello, o a lo terrible que late en la belleza: “Oh canto del pájaro del sol / Enciendes tu plumaje / En la región primigenia del poema / Ahí donde el cristal no asoma / Todo queda en un jagüel de jades / En el canto de la rosa / En la amarilla aljaba del horror (…).”

Escribo un árbol (1991), hace su aparición con un Pórtico del poeta Óscar Oliva, quien vislumbra que se trata de un texto escrito al filo del sonido y la opacidad antes de la lluvia, bajo el revolotear de los pájaros, que tratan de protegerse en sus propios árboles. Todas estas enlutadas nacen y se agitan en el pensamiento y las líquidas palabras del poeta, que al soplar dejarían ver las ramas y las hojas de los despeinados árboles. Del árbol escrito fluye la savia y la resina, donde las sombras de Nagasaki son nuestras propias sombras petrificadas en los antiguos muros: “Un hombre, repitiendo 400 monólogos, vaga por la vía muerta. / Recoge fragmentos: un monje zen camina por sus ojos / en busca de una palabra antigua: Kiu siu. / Tras un sueño intranquilo llega al puerto: / en él encallan 40,000 cadáveres…” Ahí mismo, en Escribo un árbol, se encuentra un poema dedicado al gran poeta michoacano don Ramón Martínez Ocaranza, en su estilo y con una coma, que lleva por título “El Gran Tonto”: “A plena luz / Caen flores que vomita un perro muerto / Por el silencio y su pupila ciega / Por el absurdo tránsito del sueño / Un violín hace ladrar sus cascabeles / En humo y aceites malditos / Y el Gran Tonto / Tendido sobre la gangrena de los pastos / Calienta el mitin de sus huesos / Bloque de hielo en llamarada / Él viene del sueño / Y como aquello que se nombra y no se nombra / Me dicta estas palabras, oscuras brasas / En sus malabarismos: / “De erizados cristales / Traigo herido mi cuerpo / Por la sombra eleva su canto.”

En Corazón del sueño (2002), José Falconi trata de decirlo todo con un verso de Quevedo: “¿Qué fantasma en la noche tenebrosa / el corazón del sueño me desata?”. Lejos de las modas, las vanguardias y la poesía social, a través de Falconi se escuchan para nuestro tiempo y el porvenir, las voces del Popol Vuh, de Netzahualcóyotl, Luis Cardoza y Aragón, Neruda, Villaurrutia, Sabines, Vallejo y Pellicer, entre otros, para afirmar la pertenencia a su tiempo y su poética, en sus “Rescoldos”: “(…) Orfebre de naufragios necesarios, de incursiones al tuétano de la realidad, al rescoldo, a la semilla. Hiciste de la muerte tu animal tutelar, tu mascota, tu fetiche. Pero también amaste los pies descalzos de una adolescente. Como una flor eléctrica tu extraño corazón sucumbió en el amor y amaste a esa mujer-niña  en el zacatal. Ahora lo sé: podemos estar hechos de barro, madera, maíz o carrizo; nuestros corazones serán siempre de copal.”

En Sello de fuego (2013), Falconi es un poeta que se incorpora a medio camino del mono gramático, a un sendero sin fin, entre las “pajabías” del habla, a la conquista de una lengua inédita, pero entre voces notables de la poesía mexicana contemporánea y a través de una escritura que evoca el eco de la tradición literaria: la sugestión de la imagen poética, rebelde y reveladora, en busca de otros ritmos y sonidos surgidos de la contemplación del paisaje, donde destaca la imagen vital de las cosas sencillas: “Vuelvo a morir dentro de mi muerte, en la muesca del día, cuando el hueso amarillo de mi corazón cae a tus pies. Desde el cielo raso y con estremecimientos de voluptuosidad, presintiendo mi cuerpo destrozado, escribo este testimonio”.

En  Golpe de agua se aprecian los rasgos personales de José Falconi, un peculiar desenfado poético que deviene, gracias al vuelo que alcanza la metáfora al desencadenarse de su esclavitud clásica, la plenitud de la palabra que estalla agresiva. Rebeldía poética ante el acontecer social, búsqueda creadora, lanzada sin vacilaciones a denunciar una realidad que comienza a despertar por un cambio colectivo necesario. Una labor poética sin concesiones que muestra sin reservas el drama de su mensaje. Con Falconi es posible recuperar el eikós aristotélico, como dice Agatón, lo verosímil, el reino de lo similar a la verdad, donde se decanta lo posible y lo imposible. Sus universos y sus versos nos permiten ver de otra manera algo que, sin embargo, estaba ahí, pero sin ser descubierto y nombrado: las cosas que nos rodean. En sus versos solfean los dioses más antiguos, que propagan la vida por las montañas, los ríos, los bosques, por la Ceiba de las Consejas, en las súplicas de los ancestros humillados por la Conquista, cuyas miradas nos interrogan, tal vez nos juzgan. Pero –como advierte Octavio Paz- a propósito de la instantánea y eterna poesía de Homero en la Ilíada y la Odisea, Falconi no escribe historia o antropología sino poesía.


El poeta y escritor José Falconi

Los versos de Falconi son propios de su vocación por la lengua, donde la docilidad de la imagen poética evoca la curiosidad y la creación en el palacio de los dioses de la noche de Novalis, en torno de las velas encendidas de los templos de los antepasados españoles e indígenas, en el pozo profundo de Nietzche, el fondo de la naturaleza de Schiller, la palabra maldita de Baudelaire, la Piedra de Sol o la Otra Voz de Octavio Paz, la voz del otro, la cultura, lo inconsciente: la voz del pueblo con su desbordante lenguajerío que nos atraviesa. El verdadero poeta –como enseña Aristóteles en su “Poética”- “es aquel que percibe las relaciones entre todas las cosas”, para dar testimonio de que, como sugiere Roger Munier, el traductor al francés de “El arco y la lira” de Octavio Paz: “Más que una poética es una meditación sobre la condición humana, sobre eso otro que nosotros mismos somos y que la poesía nos revela por instantes.”

José Falconi es un poeta que, en Golpe de agua, le da a la poesía, arte del tiempo, otro tiempo en el tiempo, el instante que, como muestra Kierkeggar, es un átomo de eternidad, a través de otra melodía, para ser testigo de su tiempo, de los “hijos del limo”, el espíritu latinoamericano que, en sus orígenes, en plena soledad, ha tenido que inventarlo todo, hasta el maíz, una obra de arte tan monumental como las pirámides, para compartir el rito del alumbramiento de la palabra, en los dos sentidos: dar a luz y poner a la luz. Falconi es un poeta de las selvas, las aguas y los hombres en libertad, más allá de las vanguardias, con una trayectoria límpida y cristalina, lúcido y delirante, que contesta sus íntimas y colectivas preguntas a golpe de agua, con un compromiso constante con el habla urbana, con un deseo a la altura de Nietzche: “Oh deseo del deseo, que a más bebo más sed me da”. La sed de la poesía mexicana, continental, lúcida y alucinante.

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