La vida humana, históricamente apesadumbrada por la maldad

Foto: Apocalypse/ArtTower/Pixabay

Márcia Batista Ramos

“lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit

Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.” Plauto

En los silencios de la noche uno recuerda, como los humanos siempre utilizaron su inteligencia para transformar aspectos del entorno, desde el fuego hasta los viajes aéreos y espaciales, para poder mejorar sus condiciones de vida en el planeta.

Sin embargo, los progresos descubiertos en cualquier época de la humanidad no estuvieron al alcance general e irrestricto de todos los humanos del planeta. Las desigualdades siempre estuvieron a la hora del día, porque el Homo Sapiens, nunca fue sabio lo suficiente como para ser, por lo menos, ecuánime, altruista y justo.

En todos los tiempos, el juego por el poder amargó las relaciones entre los seres humanos, haciendo que todas las circunstancias de equilibrio e igualdad sean provisionales y accidentales; porque en cualquier momento se le ocurría a un humano, apropiarse de los bienes de los demás, pero sin que eso pueda ser completamente satisfactorio, entonces, se apropiaba del cuerpo ajeno y ante la insatisfacción continua, se apropiaba de la vida del otro. 

Estas relaciones amalgamadas con base en la fuerza, inseguridades e intolerancias, generaron una situación de constante zozobra en la vida del ser humano que, bien podía ser pacífica y proactiva, sin embargo, es belicosa e inexacta.

Las páginas de la historia de la humanidad, si bien hablan de descubrimientos, desarrollo, artes e ingenio, también están escritas con la sangre de muchos pueblos y pasajes vergonzosamente aberrantes, por el terror que inspiran a quien los lee.

Todo porque el ser humano fue capaz en todos los tiempos de dañar a su semejante sin misericordia. Comprobando así, que es malo por naturaleza y el mandato social –disposición más o menos arbitraria a seguir bajo pena de sanción social, sanción que puede variar de grado e intensidad– es lo único que le cohíbe de mostrarse tal como es: un ser que llega al extremo de guardar su maldad hasta en todos sus nudos.

Siendo así, el mandato social (entendido como miedo al castigo) es lo que frena su índole mala, pues, habiendo oportunidad, el ser humano se muestra tal cual es, sin vestiduras, sin máscaras, sin la bondad, que es una especie de capa que cubre al monstruo que se disfraza de bueno. Por eso cuando tiene oportunidad de destruir al otro, lo hace y después se excusa, respaldado en que sus actos bestiales no representaban su verdadera índole, eran circunstanciales, por el cumplimiento del deber: si trabaja en las fuerzas del orden; mata por un ideal: si pertenece a un grupo separatista; tortura sin piedad: si es inquisidor de la Santa Iglesia…

De aberraciones del hombre en contra del propio hombre, los anales de la historia están repletos de ejemplos, que dan cuenta de crímenes horrendos cometidos a nombre de cualquier cosa. Siempre fue así, porque la mínima excusa para martirizar a otro ser humano, fue lo suficiente para que el sujeto, aparentemente, bueno y correcto, se olvide de sus principios, de su religión y de lo que fuera e infrinja dolor a un semejante. Sin dudar, ni utilizar su libre albedrío para decir simplemente: NO.

La falta de razonar y luego decir NO, llevo a muchos hombres a apuntar y disparar un arma en contra de otro, porque su ideal revolucionario, respaldaba su instinto criminal, olvidando que las revoluciones pueden ser pacíficas; y por buscar cambios sociales fundamentales en alguna estructura de poder, torturaron y mataron a otro semejante. En nombre de una revolución, mucha gente cree que puede salir a matar. Sin ponderar lo horroroso de la situación.

Otro ejemplo, de la maldad del hombre contra su misma especie, es la esclavitud; como institución jurídica, es una situación en la cual una persona (el esclavo) es propiedad de otra (el amo). La esclavitud que se remonta a la Edad Antigua, es otra flagrante muestra de la capacidad de dañar al otro, que el ser humano utiliza, aunque presenta variantes en cada civilización; existe hasta nuestros días arraigada culturalmente en determinados países como: India, Sudán, Mauritania y, en muchos otros países disfrazada en la mano de obra infantil y también disfrazada de prostitución en todo el planeta.

Porque la naturaleza humana es malévola, muchas veces, desde que el hombre pisa el planeta tierra, hubo el confronto por la imposición cultural, que consistía en extender los valores culturales de una colectividad, denominada emisora, a otra que debería, por la razón o por la fuerza, asimilar los usos y costumbres extranjeros llamada receptora, siendo que la fuerza fue una parte esencial del proceso de aculturación.

Las conquistas siempre provocaron desestructuración de los mundos conquistados, porque siempre representaron la interrupción del devenir histórico de las civilizaciones y culturas conquistadas. Pues, estas últimas, tuvieron trastornadas sus jerarquías sociales, alteradas su estructura económica y amenazadas o eliminadas sus creencias religiosas, lamentablemente, los pueblos conquistados siempre tienen que adaptarse a las nuevas circunstancias impuestas por los conquistadores.

De ninguna manera las conquistas de los pueblos representan el fin de un ciclo cósmico, porque los cielos, los dioses y los cosmonautas, no tienen nada que ver con la maldad que se incorpora y destruye a los hombres y sus estructuras.

El tema de la maldad es interno, cada humano lleva un psicópata en potencial a dentro y cuando puede agarrar un fusil, es su decisión si dispara o no al que está desarmado, al que no le buscó pelea. La decisión de disparar, torturar y dañar, siempre es personal. Abandonar la ternura, también es un asunto interno. Todo pudo ser diferente, si cada uno decidiese por el bien en cualquier circunstancia. El bien y el mal son unidades intrínsecas a todo ser humano, porque lo malo para uno es malo para todos y asimismo lo bueno.

Entonces, no hace falta discusiones triviales sobre la relatividad del bien a la hora de ser partícipe de un genocidio. Hay que dejar el cinismo a un lado. En la ONU, por ejemplo, el cinismo es exhalado por los poros, rebaza su edificio e inunda el planeta cuando regula las guerras, para que no sean muy desiguales, desproporcionadas o extremadamente abusivas.

Para mí, es el colmo de la hipocresía y de la maldad, el promulgar leyes para frenar los abusos derivados de las guerras, eso es dejar gotear la maldad de los nudos. ¿Con qué saña pretenden proteger a los civiles?

A menudo parece que nunca llegaremos a un final feliz, al sentido último de la vida en ese universo enigmático. La vida de los humanos sobre la tierra siempre está apesadumbrada por las desgracias que el propio humano patrocina con su maldad.

En los silencios de la noche, uno percibe que desde que los hombres pisan la tierra, los tiempos parecen confusos, por las inequidades cometidas por unos en contra de los otros. Dejando entrever que hay una nube oscura en el horizonte. Nadie promete el cielo, porque todos dejaron el cielo para los mártires, para los muertos, para después.

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Márcia Batista Ramos, brasileña, licenciada en Filosofía. Radica en Bolivia. Gestora cultural, escritora y crítica literaria. Publicó Mi Ángel y Yo; La Muñeca Dolly; Consideraciones sobre la vida y los cuernos; Patty Barrón De Flores: La Mujer Chuquisaqueña Progresista Del Siglo XX; Tengo Prisa Por Vivir; Escala de Grises – Primer Movimiento; Antología Escritoras Cruceñas, Caballero Reck & Batista (2020); Antología Escritoras Contemporáneas Bolivianas, Caballero, Decker & Batista. Bolivia (2020). Participó con ensayos en diversas antologías además tiene publicados: Cuento: Un Viaje en carnaval, en la antología “BOLIVIA La versión de escritores extranjeros” Homero Carvalho Oliva (2020); Cuento: Un Hombre Común, en “Honduras como Epicentro – Antología Mundial de Escritores en Cuarentena”, Chaco de La Pitoreta (2020); Antología “Compendio Literario pro Casa Melchor Pinto”, Colectivo Poético; Bolivia (2020); “BREVIRUS Antología de minificciones”, Lilian Elphick Latorre. Revista Brevilla, Santiago de Chile (2020).

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