Libros: tesoros inesperados

Foto: Books/Free-Photos/Pixabay

Luis Martín Quiñones

A lo largo de nuestra vida nos acompañan un puñado de libros que se convierten en compañeros inseparables. Tal vez algunos que guardamos como un gran tesoro desde nuestra niñez; otros con los que tropezamos inesperadamente; y otros que deseamos con entusiasmo y en la primera oportunidad los adquirimos.

Todos van formando parte de nuestra biblioteca pequeña o grande, y que con el paso del tiempo se vuelven, también, amigos incondicionales. Sólo basta abrir una página de ellos para llenar los pequeños fragmentos de nuestras vidas.

En ese árbol gigantesco que son las bibliotecas, alimentamos al espíritu sediento de letras. Pero la gran mayoría de las veces ese árbol crece tanto que no alcanzamos a consumir sus bellos frutos. En nuestro vano intento, llenamos los anaqueles y los espacios más inesperados.

El escritor Augusto Monterroso recordaba con nostalgia y agradecimiento las lecturas que su madre puso en su camino como Nocturno a Rosario de Manuel Acuña y Las almas muertas de Nikolai Gogol. Carlos Fuentes profesó un amor especial por El Quijote, al que le dedicaba cada año una relectura. Y Miguel de Cervantes Saavedra albergó en su biblioteca los libros de caballería con los que se inspiró para su gran obra.

Las colecciones particulares no siempre tienen un fin grandioso. Muchas se pierden en el polvo de una habitación, son olvidadas y, en el mejor de los casos, adquiridas por oportunistas intermediarios que las revenden con ganancias cuantiosas.  Respecto a los tesoros nacionales que han emigrado, Fernando Benítez nos relata en El Libro Desastres, las grandes pérdidas de volúmenes que ahora forman parte de las bibliotecas del Capitolio y la Universidad de Texas.

También apunta cómo la biblioteca del ilustre Luis González Obregón fue a parar a Estados Unidos, aun cuando su deseo era que quien la comprara, no permitiera que saliera del país. Por supuesto, eso nunca sucedió.

Aunque tengo grandes libros que he buscado con particular empeño, los más memorables son los que la casualidad ha puesto en mi camino y que se han convertido en tesoros inesperados.

Así, tropecé con una joya edición de 1912, El mal poema, de Manuel Machado impreso en Madrid; por sólo veinticinco pesos obtuve esa maravillosa reliquia que después empasté y que es uno de mis libros más antiguos. En otra ocasión buscaba algún texto que me dijera cómo podría expresar el dolor de un padre atribulado por las hipoglucemias de su hija.

Fue cuando me encontré con Camilo José Cela y su libro El pabellón del reposo, donde el Nobel despliega toda una serie de melancólicos textos y expresa el dolor que padecían los enfermos por tuberculosis y que precisamente se hallaban en un pabellón reservado para ellos. Hoy, es un libro que leo con frecuencia.

Más recientemente me regocijé con Platero y yo, del también Nobel Juan Ramón Jiménez, con una edición de 1945, libro que jamás había leído y que me sorprendió con su bella prosa poética.

Muchos de nosotros tenemos algún libro que nos acompaña por las noches en silencio, a un costado, que espera pacientemente nuestra mirada. Del sueño de sus letras, emergen con los misterios que nos sorprenden a pesar de haberlos leído muchas veces.

Mi padre que profesaba un amor especial a los libros, decía que no había mejor amistad, y que no los debíamos dejar de leer, porque perdíamos al amigo. Tenía razón.

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