Alabanza de los cuerpos: entre el ensueño y la vigilia


Izrael Trujillo


Cuando un poeta transmite la diferencia entre el sueño y la vigilia ilumina el poema con la combustión de su propia carne.  La métrica, la retórica y la estilística fraguan más allá de los objetivos del trívium para recordar al lector las condiciones que nos hermanan en los azares de una vida que si bien no es del todo asible, sí tiene el poder de asediar, con el pasado, cada instante de nuestro efímero presente.  En un verso del poema Canción de Teresa, perteneciente al poemario Recibimiento de la luz[1] Leonel robles nos dice:

Se encienden los recuerdos, las semillas

del sueño ante lo vasto, lo que nubla y embriaga…

Ahora en Alabanza de los cuerpos, (colección Poliedro del Búho, Fundación René Avilés Fabila, Instituto Politécnico Nacional, «2009, 110 pp.)  como una ola siempre puntual a remodelar las playas, en su criptografía, el poeta nos confiesa:

Se encienden los recuerdos, las semillas de la vigilia ante lo vasto, lo que nubla y embriaga…

El exilio deja de estar en el ensueño para tornarse en hebra que da credibilidad a uno de los epígrafes de su nuevo libro:  Deja a tu cuerpo entenderse con otro cuerpo.  Porque los cuerpos se entienden, las almas no.  Manuel Bandeira.”

El poeta continúa en el exilio, pero ahora éste se ha extendido más allá de El asecho del martín pescador o…el andar descuidado de teresa… la conciencia asume la realidad de los cuerpos y la dolorosa transición entre el desearlos, el poseerlos y la pérdida ya sea del deseo o de la posesión misma.

La labor de Leonel Robles en ámbitos como la creación literaria, la investigación, la docencia, el arduo trabajo de editor y promotor de nuevos hallazgos de la pluma, su aporte crítico en diversos medios literarios, la promoción de la lectura y la motivación hacia los jóvenes deseosos de entenderse y entender el mundo a través de las letras, ha rendido frutos satisfactorios a lo largo de su carrera emprendida desde muy joven.  La coherencia y el empeño decantan su trabajo al grado de llamar la atención de críticos como Dionicio Morales, José María Espinaza o Héctor Carreto.

 Esta misma coherencia da pátina a los textos que ven la luz en Alabanza de los cuerpos; la plasticidad figurativa emanada de su capacidad lingüística hila sus trabajos anteriores para hacer continua y sincera una visión del mundo reconocible, nombrable en la conformación o reconformación del color azul:  El azul hiriente de la soledad.  Con honradez el autor nos confiesa la fatiga que causa el asomarse a los abismos de los recuerdos pero es mayor el embrujo de las revelaciones y las almas sucumben, tanto la del poeta como la de los lectores, ante las transformaciones de Teresa, de su cuerpo, que lo mismo es un bosque en llamas, espuma de peces en delirio o un barco sin timón y en picada.

Pero Teresa, personaje trascendental en la obra del autor, no es una protagonista aislada, único detonador de las añoranzas.  Es, mejor visto, un elemento que cohesiona la cosmogonía del pasado, del exilio y que ahora, como una piedra lanzada a la cabeza en medio de una meditación, obliga al creador a reparar en lo vívido de una caricia que ya no es, o que muy pronto dejará de serlo, lo mismo para Teresa que para la prostituta del puerto, para el marino que rumia sus recuerdos o la mujer que termina por convencerse de que la ausencia es el único legado de este mundo.

El fuego del pasado no sólo ensombrece causando escozor en el alma. La llama, también proporciona sosiego, algo parecido al calor que produce el recuerdo de la primera boca que besamos temblando o el temblor de los pechos que reciben los primeros favores del contacto.

Hay otra relación en los textos que nos ofrece Leonel Robles, otra relación entre los cuerpos y las caricias donde no bastan las manos para darlas. La vista, la contemplación de los seres amados, la transforma en constante homenaje a la belleza, al instante en el que sus personajes no pueden ser consolados con una palmada en la espalda o el deseo se priva de asir los muslos tantas veces delineados por la más arrobadora de las experiencias.

Al leer Alabanza de los cuerpos y releer los trabajos anteriores de Leonel Robles no puedo dejar de recordar unas líneas de Lezama Lima pertenecientes a su Oppiano Licario¿Lo que más admiro en un escritor?  Que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezca que van a destruirlo.  Que se apodere de ese reto y disuelva la resistencia.  Que destruya el lenguaje y que cree el lenguaje.  Que durante el día no tenga pasado y que por la noche sea milenario.  Que le guste la granada que nunca ha probado y que le guste la guayaba que prueba todos los días.  Que se acerque a las cosas por apetito y que se aleje por repugnancia.

Existe una constante dualidad en el acogimiento poético que el autor da al asedio de sus recuerdos. Son primordialmente aleatorios más sin embargo el autor es consiente que cualquier partida tiene algo de nostalgia, aún cuando la lejanía la impongan las cosas repudiadas.

Tal vez, amigo lector, si te acercas a este mundo poético que linda entre el ensueño y la vigilia, compartirás conmigo algunas de las impresiones vertidas en este texto, o mejor aún, descubrirás aquellas que sólo estaban destinadas a tus ojos.

Izrael Trujillo.

Alabanza de los cuerpos, colección Poliedro del Búho, Fundación René Avilés Fabila, Instituto Politécnico Nacional, «2009, 110 pp.


[1] Recibimiento de la luz; Robles Leonel; Letras nuevas; INBA; 1995.

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