Chick Corea, gurú del jazz

Foto: Chick Corea static.billboard.com

Aldo Fulcanelli

Desde su estudio, un hombre delgado como las velas, toca el piano con denuedo. Le acompañan las partituras, los teclados eléctricos, la sensación de sumergirse en un mundo alterno, donde gracias al influjo de la música, es posible dinamitar los convencionalismos, las palabras son tan innecesarias, que no serán pronunciadas, fueron sustituidas por una marejada de notas abstractas, que se rinden ante el arte. 

Cual experimentado jinete, ese hombre de ascendencia italiana, cabalga sobre el piano azabache, como si se tratara de un caballo pura sangre. Al escuchar aquellas evoluciones musicales, se entiende el porqué de la ausencia de cuadros en el lugar, un espacio ausente de floreros, un lugar donde las ventanas, han sido cubiertas para evitar el paso de la luz, no hay más luz que la que provoca la música, y durante los minutos que parecieran desdoblarse ante la percusión de las cuerdas, uno juraría que todas las miradas del mundo, se concentran en aquel apartamento donde sólo se puede acceder a través de la llave tonal de la expresión artística.

La noticia acerca de la muerte de uno de los padres del jazz fusión, ha sacudido al agónico mundo de las artes, pero al revivir sus grabaciones, es posible dudar de su desaparición física, o bien, reafirmar que las creaciones sobreviven y los creadores se van, ratificando el poder de las ideas, que germinan sobre el fértil campo de lo humano.

Armando Anthony Corea, mejor conocido como Chick Corea (1941-2021), fue un pianista y compositor de jazz, que, durante más de medio siglo, se dedicó a hacer música de total vanguardia, pasando del piano acústico al teclado electrónico y sintetizador, haciendo de los conciertos en vivo, una experiencia francamente memorable.

Habiendo iniciado su trayectoria durante la década de los sesentas, Corea tuvo el privilegio de tocar en las bandas y grupos de los renombrados Herbie Mann, Mongo Santamaría y Stan Getz, también, en la agrupación del legendario trompetista Miles Davis, con quien asumió el tremendo compromiso de transformar definitivamente el curso de la música, a través de arreglos hasta el momento inéditos.

Pero el éxito, llegaría en la década siguiente, cuando Corea conforma la agrupación Return To Forever, en compañía de artistas como Joe Farrell, Stanley Clarke, Flora Purim y Airto Moreira, logrando solventes interpretaciones gracias a la fusión del jazz con el rock, así como el irreductible sabor afrolatino, potenciado por el aroma fecundo de la improvisación.

Tan disonante como complejo, pero a todo tiempo prodigioso, el estilo de hacer música de este titán del jazz, lo llevó por rumbos distintos a los sempiternos Art Tatum (1909-1956) u Oscar Peterson (1925-2007), referentes obligados de todo pianista.

A diferencia de estos, Corea logró alejarse de lo melódico, haciendo de la música un intrigante laberinto, donde a la búsqueda de nuevas posibilidades en el sonido, el escucha se sumerge, sólo para encontrarse con un poderoso microcosmos. Contemporáneo de los también pianistas Herbie Hancock (1940) y Keith Jarrett (1945), distante, por mérito propio, de la obra de Bill Evans o McCoy Tyner, Chick Corea, hizo de las interpretaciones un tarot, cuyas imágenes se modifican, nunca permanecen, detrás de cada carta puede haber un acertijo, un proyectil o un divertimento, basta escucharlo para comprender lo oportuno de la metáfora.

Creador de potentes standards como “Night Streets”, “Armando´s Rhumba”, “Spain”, “Windows”, “Steps”, inscritos con letras de oro en el Real Book (la biblia jazzística por excelencia), Chick Corea, contribuyó a elevar el jazz a su máxima potencia, haciendo de los conciertos, un acontecimiento no únicamente apto para entendidos, también para los que saben que la música, es acaso la más universal de las artes.

Su profundo conocimiento de la propia música, su amor por el performance, llevaron a Chick Corea, a interpretar las creaciones de autores tan dispares como Wolfang Amadeus Mozart, o Bela Bartók, ambos inscritos en la memoria colectiva, como grandes representantes de la llamada música culta.  Esa pulsante genialidad, le permitió de igual manera interpretar música de cámara, además del fusión, el bebop, avant garde, e incluso la música de características sinfónicas.

El también fundador de la legendaria agrupación Elektric Band, será recordado igualmente, por sus colaboraciones al lado de artistas igualmente talentosos como: Gary Burton, Paco de Lucía, Al Di Meola, Paquito D’ Rivera, Bobby McFerrin, sólo por citar algunos. El efecto focalizador de la pandemia, impidió muy seguramente el homenaje multitudinario que Chick Corea, un musico tan influyente como Daniel Barenboim (1942), Quincy Jones (1933) o Stevie Wonder (1950), se merece.

Pero ni el Grammy que ganó, ni las generaciones de jóvenes que dieron un paso hacia el jazz por su conducto, son hechos tan alentadores, como el efecto que causó el talento del artista en sus conciertos alrededor del mundo.

En uno de esos conciertos de antología, Chick Corea apareció junto al vibrafonista Gary Burton en Nueva York. La ocasión, ameritó que se tocara “Love Castle”, un clásico en el repertorio del genio en cuestión. Chick, apareció con el aire desenfadado de siempre, con aquella apariencia de jovenzuelo que le acompañó de por vida.

La camisa hawaiana que vistió aquella ocasión aportó el ingrediente de irreverencia, mas sus dedos, aquellas tonalidades de corte tan latino, nos han hecho viajar hasta la España de inmejorable aroma arabesco. Burton, hizo que él vibráfono pareciera un inmenso tobogán, que conduce hasta un oasis que ha emergido súbitamente, en medio de Manhattan, ahí, donde todos han perdido la capacidad de asombro.

Los ojos de Chick se abren al máximo, dirige la mirada al interlocutor, tan reverenciado como él mismo, ambos se regalan pequeños guiños, saludos sin voz, sonidos guturales que conforman el lenguaje no escrito del jazz. Esa interpretación, es como un pequeño romance de amigos, un enamoramiento que da luz a una preciada joya del jazz, ambos, se lanzan la bolita de ping pong, como en un mano a mano donde no hay nada que ganar, si todo que entregar: eso es la música.

Manhattan seguramente, continuará expandiéndose, probablemente, sus próximos edificios, engrosarán el todavía breve arsenal de la realidad virtual. Tal vez, en una temporada no lejana, tendremos oportunidad de revivirlo, de revivir a Chick Corea, verlo salir de un ataúd con imagen de piano Steinway. Pero lo cierto es que, al frotar un viejo acetato, hacerlo con la fruición con que Aladino frotó a la lampara maravillosa, puede uno reencontrarse con el entrañable maestro, que supo diseccionar a la música, extraer el corazón para ofrecerlo a los mortales.

En aquel estudio de cuatro paredes, ausente de floreros y cuadros, pleno de teclados que ocupan el espacio como celosos muebles, ha quedado la imagen de aquel hombre leyenda, grabado en la pupila del tiempo. Su mirada de acertijo, potente como un chorro de agua, sigue esperando a que entendamos lo que escribió el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón:

Toda vida es eternidad

nunca la muerte es verdad.

Nunca acaba de llegar.

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