El éxodo de WhatsApp a Telegram

Iván Garza

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Para nadie resulta un secreto que el mundo evoluciona en forma vertiginosa. Así como la revolución industrial representó un parteaguas en la historia, la llegada de las nuevas tecnologías de la información, la penetración del internet en cualquier aspecto de la vida cotidiana, el uso indiscriminado de las computadoras personales y los teléfonos inteligentes, así como la aparición e inmediata diseminación de las benditas redes sociales, variaron profundamente la manera en que las personas se relacionan entre sí, a tal grado que los más agudos estudiosos de la sociología se han replanteado el concepto tradicional de interacción social; si bien, nunca será tiempo de tirar a la hoguera del olvido los clásicos de Francis Merrill y Recaséns Siches, debemos aceptar que los referidos tratados fueron escritos en un contexto muy distinto al actual.

Los jóvenes de ahora (y algunos ya no tanto) difícilmente sabrán el significado de una sentida carta escrita de puño y letra o de las interminables conversaciones a través de un extraño aparato que pendía de un cable, mismas que se producían ante la mirada furiosa del ama de casa que veía como el gasto mensual tendría que destinarse en buena medida al pago de la cuenta a favor de la inmisericorde compañía telefónica.

Primero fueron los breves mensajes a través de localizadores (tírame un bipazo, podía escucharse en la publicidad de una empresa allá por 1996); luego, vinieron aquellos textos que para escribirse requerían una especial pericia; más tarde, la comunicación dio un vuelco con la entrada en escena del siempre confiable BlackBerry y finalmente, como si faltara una cereza en el pastel, el WhatsApp vino a desplazar casi por completo a cualquier otro sitio de mensajería gratuita. A partir de entonces, nuestras vidas transcurrieron con relativa normalidad entre palomitas azules que dejaron de serlo, airados reclamos por permanecer “en línea”, alegre intercambio de memes y stickers, notas de voz que parecían no tener fin, provocativas fotos de perfil y nostálgicas revisiones de estado; todo ello, hasta que la plataforma de marras fue adquirida por el joven magnate y enemigo declarado de cualquier forma de bronceado, Mark Zuckerberg, quien al tronido de sus dedos decidió ponerla al servicio del gigante de las redes, Facebook. Ahí fue donde el mamífero paquidermo dio figura curva a la parte posterior de su cuerpo (la puerca torció el rabo), pues como en todo romance que se antoja eterno, cuando el dinero entra por la puerta, el amor sale por la ventana.

Si bien, la aplicación de WhatsApp se colocó rápidamente en el gusto del respetable y logró posicionarse como líder indiscutible en su ramo, ésta no producía dinero. La solución a la problemática generada por la falta de ingresos se entendía simple: había que vender los perfiles para que -a través de herramientas digitales- las compañías pudieran ponerse en contacto con los consumidores. Dicho de otra forma, el sistema de mensajes más popular del orbe arribaría al mismo modelo de negocios de la poderosa red social de Zuckerberg, basado en la monetización de la información personal de sus afiliados.

Así, al inicio del presente año se anunció que a partir de febrero entrarían en vigor los nuevos términos y condiciones de WhatsApp, con lo que presuntamente se relajarían las políticas de privacidad en perjuicio de sus clientes. Según lo afirmado, la plataforma compartiría –entre otros– los datos del registro de cuenta y número telefónico, así como las operaciones realizadas; la información sobre la interacción del usuario con personas y empresas, además de la relativa al dispositivo móvil y la dirección IP.

Frente a los cambios por venir, no pocos iniciaron un éxodo hacia otras aplicaciones de conferencia. Al respecto, Telegram comunicó que superó los 500 millones de suscriptores activos, de los cuales 25 millones se sumaron en tan solo 72 horas. Por su parte, Signal ha sido descargada por 1.7 millones de personas en los últimos días, lo que constituye un aumento del 62 por ciento respecto a sus últimas mediciones.

Aquí en confianza, pensar que la solución es migrar a otras plataformas de mensajes instantáneos para evitar el uso comercial de nuestros datos personales, es un tanto ingenuo; máxime cuando de cualquier forma la mayoría conservamos una cuenta de Facebook con una red de contactos e interacciones diarias. El hecho de que Telegram o Signal recopilen menos información de los usuarios encuentra explicación en que ninguna de las dos tiene (hasta la fecha) un socio financiero o pertenece a alguna de las principales redes sociales, pero tal circunstancia, por supuesto, puede cambiar en cualquier momento. Entre que son peras o manzanas, hoy por hoy cobra especial vigencia el dicho popular “Poderoso caballero es don dinero”; cuando hay billetes verdes de por medio, la privacidad de las personas parece ser lo de menos. Ahí se los dejo para la reflexión.

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