La pasión: voz del cuerpo

Por Maricarmen Rivera

Pareciera ser que el régimen capitalista en el cual nos desenvolvemos nos orilla no sólo a tener una mala comunicación con el otro, sino incluso a algo peor, una irremediable incomunicación, misma que nos conduce a una soledad infinita; ésta, aunada a la apatía característica de nuestras sociedades contemporáneas, favorece el terreno para cultivar la falta de creatividad.

Sin embargo, y a pesar de este panorama tan desolador, Leonel Robles, escritor y difusor de la cultura en México y otros países como Argentina y Cuba, –con pluma en mano– publica su libro Alabanza de los cuerpos, en donde la desnudez y la pasión permiten tejer un puente entre el otro y yo, y así lograr una comunión plena.

En dicha obra, Leonel Robles nos invita a subir a flote, tomar una bocanada de aire y con los pulmones llenos reanudar la marcha de la vida. Alabanza de los cuerpos no sólo es un libro de poemas (aunque contenga Otros poemas y Poemas al margen) sino que es un texto en donde el verso y la prosa se dan la mano.

El primer conjunto de poemas que forman el apartado titulado Paraíso Temporal engloba la riqueza literaria con la que se encontrará el lector en las siguientes páginas. En estos admirables poemas se pone de manifiesto ese camino de la vida que nunca termina de recorrerse o quizá, incluso, donde el fin no sea más que el principio.

Inevitable resulta pensar en el Eterno Retorno del filósofo alemán, Friedrich Nietzsche quien creía que los mismos acontecimientos se vuelven a repetir obedeciendo un idéntico orden de cosas.

Siguiendo esta línea de pensamiento, Leonel Robles nos enfervoriza para volver a vivir sin temor; concediendo que el pasado puede atormentar, pero el futuro, aunque incierto, parece prometedor.

Por otra parte, la prosa poética se hace presente en apartados como: Alabanza de los cuerpos, Márgenes, Espacios mínimos y Territorio del cuerpo.

En estos mínimos espacios encontramos historias donde la pureza del cuerpo se muestra en un ambiente cálido y húmedo: el del mar. El calor, el sudor, el sol y la sal, la brisa, la espuma, la desnudez, la grandeza del mar, todo nos sugiere la grandiosidad del cuerpo. Ese cuerpo a punto de explorarse, cuerpo que se entrega, cuerpo que invita a disfrutarse.

Conforme nos internamos en el texto nos sentimos más libres, la razón queda fuera de sí en un espacio que ya no reconoce límites; las palabras se vuelven incomprensibles, la única comunicación es corporal y sólo queda lugar para el goce.

Aquel cuerpo que se abre, que sólo responde a caricias, se encuentra en un instante en donde la carne que sólo busca carne entra en contacto con el alma y los cuerpos se vuelven uno solo. Todo pierde la calma, el cuerpo pierde su peso; comienza su danza y finalmente se desvanece. “Conocí un segundo nacimiento, cuando mi alma y mi cuerpo se amaron y se casaron”, dice Khalil Gibran.

Platón afirmaba que el cuerpo es lo engañoso y aquello que nos aleja de la verdad; por tanto, debía desdeñarse. El cuerpo que nos presenta Leonel Roble dejo de ser engañoso y se volvió verdadero; dejo de ser apariencia para volverse realidad; cobró forma humana para poder amarse.

Para el filósofo griego, cuerpo y alma son antagónicos, no pueden conciliarse; en cambio, para nuestro poeta la vida se vuelve aceptable sólo cuando el cuerpo y el alma viven en bella armonía. Pitágoras mismo decía: “No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma”.

Finalmente, diré que Leonel Robles nos obliga a escuchar nuestro cuerpo. Éste nos habla a través de la pasión; alza la voz cuando solicita calor y necesita el calor de otro cuerpo. Efímero el encuentro y efímera la vida; eterno retorno mientras el cuerpo aguante, ya que el cuerpo se vuelve un instrumento del alma para hacerse presente en este mundo.


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