Sepulcros ignorados

Foto: wradio.com.mx

Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos”.

Carlos Fuentes

Luis Martín Quiñones

Antígona padece, sufre por su hermano Polínices, quien ha caído a las puertas de Tebas, pero además, padece la tragedia de no poder darle sepultura. Creonte lo ha prohibido.  Pero el amor de hermana enfrenta el riesgo de un túmulo para Polínices.

Sófocles nos muestra los horrores de la muerte encadenadas una tras otra: muere Polínices, muere Antígona a manos de Creonte, Hemón hijo de Creonte, se suicida por el amor a Antígona, y Eurídice se quita la vida por el amor de su hijo Hemón.

Con más de sesenta y cinco mil muertos por coronavirus, México vive uno de los momentos más siniestros de su historia. Muchas familias han tenido la suerte de Antígona. Sin ninguna oportunidad de velar a sus seres queridos, sin poder recibir el calor de un abrazo, un consuelo. Como Polínices, los cadáveres han quedado al descubierto sin derecho a una sepultura, reducidos a cenizas. Y la reacción en cadena se ha llevado muertos cercanos al enfermo. Como Hemón y Eurídice, la insoportable angustia y dolor por el ser querido, ha marchitado el entusiasmo por la vida.

La tragedia ha aislado al mundo y ha hecho intangibles los cadáveres. Se los ha llevado el viento, el murmullo de lamentos extraviados detrás de un horizonte de incertidumbre. Los sepulcros imaginarios, los rituales de oraciones y compañía en los velorios han sido proscritos.

¿De qué tamaño sería un sepulcro para más de sesenta y cinco mil almas? ¿Qué pasaría si le damos forma a esa masa intangible, dispersa, e inefable? La imaginación nos ha hecho pensar en montañas, almas en un estadio, trincheras profundas, pozos de desechos, sepulcros ignorados.

El descontento social se incuba en la tragedia. Detrás del dolor están las preguntas sin respuestas. Sabedores ahora de que se pudieron evitar muchas muertes, los deudos salen del espasmo para pensar el porqué, el cómo y el para qué de tantos decesos si pudieron haber sido menos. Cómo Antígona, se rebelan. Es momento de dignificar al hermano, al hijo o padre al que se vio en un colchón por última vez en su vida, después de haber sido intubado.

Las interrogantes acechan, ¿somos víctimas exclusivamente de un ente asesino que no tiene consideración alguna con el ser humano, o hay otros responsables que han colaborado para que estas muertes hubieran sucedido? Los desastres “naturales” no existen, es una narrativa caduca que tenía justificación: el castigo era de los dioses, o de la naturaleza. El desastre se da por la ausencia de un sistema preventivo eficaz. Hay que pagar el seguro a tiempo, después del choque, ya no sirve. El encontronazo con lo ajeno, con lo imposible, sucede. Si ya la fuerza divina lanzó el rayo, y la madre naturaleza se pone violenta, ¿qué hicimos para prevenirla, cómo nos preparamos para enfrentarla, se han tomado las decisiones oportunas anteponiendo la supervivencia humana?

El enfrentarse a una pandemia de la envergadura del Covid-19 requería, por lo menos, tomar medidas drásticas y oportunas. Desde el mensaje equivocado de un mandatario a no usar cubrebocas, pasando por dirigentes de salud ineficientes arrodillados ante la figura presidencial, hasta no destinar partidas presupuestales para pruebas Covid, ha sido un error que ha causado la hecatombe. El desastre se ha consumado.

Señalar al culpable o fincarle la responsabilidad no revive los muertos, ni es paliativo moral. Pero el reclamo legítimo ahogado aún por el espasmo del camino pedregoso del sufrimiento, puede ser la catarsis cuando las explicaciones oficiales caen en el terreno de lo absurdo, y que a todas vistas sólo siguen acumulando estadísticas disfrazadas, números macabros, túmulos imaginarios.

El reclamo legítimo toma fuerza y pide justicia. Como el mito griego, no sólo exige un lugar para sus muertos, exige respuestas.

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