Virgilio Piñera: una celebración de la vida

Lucila Navarrete

Era el otoño de 1979.

Durante más de quince años había vivido su “muerte civil”, como él mismo llamaba a su ostracismo. La revolución cubana heredó la homofobia de la dictadura anterior, y Virgilio Piñera fue una de sus víctimas. Perseguido y acusado de enemigo cultural, su obra dejó de editarse y desapareció de las librerías. Ni siquiera su nombre pudo pronunciarse hasta tiempo después de su muerte. Una noche de aquel otoño, el escritor decía a sus amigos sentirse abochornado de tener sesenta y siete años y ser un joven. “Ya tengo deseos de verme como un viejo cañengo”, exclamaba. Fingió vejez y pidió que lo sepultaran porque no podía más. Al día siguiente apareció en un ataúd.

Virgilio desbordaba vida. Habitó su escritura para declararse en contra de la artificialidad. Detestaba la enajenación del mundo; su asquerosa banalidad

Matancero de nacimiento (1912), migró a La Habana en los años treinta e inició un peregrinaje sin fin: de cuarto en cuarto, entre La Habana y Buenos Aires. Solían acompañarlo un sillón, una cama llena de papeles, una silla, un escritorio y la máquina de escribir. Su biblioteca apenas comprendía cien volúmenes. Lector voraz de libros prestados, cultivó la disciplina de la precariedad, con el único fin de ser fiel a la escritura y a “un estado permanente de revolución”, como solía decir. Apenas era un niño cuando cobró conciencia de que era pobre, homosexual y le gustaba el arte. Virgilio Piñera fue subversivo en pleno. Nunca asistió a congresos, ni aceptó favores, ni becas; tampoco vivió con holgura; era un verdadero asceta de las letras y la vida. Consciente de su marginalidad, cerró filas con los desposeídos y lo invistió una ética estoica en ideas y epicúrea en su pasión a la vida, lo que provocó la ira de los defensores de la moral burguesa y de la cultura ornamental.

Despertaba a las cuatro de la mañana y escribía obsesivamente hasta las once o doce. Después hacía las rutinarias colas de la carnicería, la panadería y las viandas. Era un trashumante. Como su querido Charles Baudelarie, hizo del flaneur una práctica habitual a la cubana. Amante de los desperdicios del mundo: el sexo, los excrementos, la carne y la muerte, se negó al absurdo de la modernidad y de la religiosidad, y fue atento a las desgracias de su tiempo. Para Virgilio, todas las formas tradicionales eran una cárcel. En su primera novela, La carne de René (1952), la carne humana es la imposibilidad de la redención, como si yaciera sobre el mundo sin otra finalidad que estar expuesta. La primera vez que Antón Arrufat lo conoció, Virgilio atinó en preguntarle: “¿Te gusta hacer cosas con la mierda?”.

El escritor de Cuentos fríos (1956) perteneció a la generación de Orígenes (1944-1956), donde fue su antiorigenista: envés de esa generación de poetas católicos y cosmopolitas que nunca abandonaron la elegancia. Virgilio fue el rival más pertinaz de uno de éstos: Lezama Lima. Aquél no sólo escribía en contra del autor de Muerte de Narciso, sino que sus vidas eran un contrapunto: Lezama era voluptuoso y distinguido, Virgilio flaco y desgarbado; aquél vivía rodeado de libros, éste hacía gala de no poseer casi ninguno; aquél era refinado y éste, ordinario. La diferencia más significativa entre ambos fue en el terreno de la estética, razón por la cual Virgilio abandonó Orígenes, cuyo director era Lezama.

Por respeto y cariño a Lezama se apartó de la poesía y dejó de publicarla, a pesar de ser el género que lo dio a conocer en el mundo de las letras cubanas. En los poemarios Las furias (1941) y La isla en peso (1943), se anticipa esa voz profética sin telos que acompañará el resto de su escritura: “Cada hombre comiendo fragmentos de la isla, / cada hombre devorando los frutos, las piedras y el excremento nutridor, / cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra”. Virgilio se consideraba un poeta ocasional, aunque nunca dejó de escribir versos para sí: eran el centro de sus reflexiones.

Emergió como una de las voces más importantes de la dramaturgia del siglo XX cubano. En 1948 estrenó Electra Garrigó, tragedia que sale del drama de Sófocles y escenifica una sórdida dictadura de sentimientos. Los protagonistas de este absurdo desconocen el origen de sus actos y se mueven entre meros hechos. La voz piñeriana antiteleológica manifiesta un universo imposibilitado para emanciparse del presente porque en él no hay divinidad.

Virgilio fue, a todas luces, cercano a la vanguardia francesa. Su parentesco con Rabelais, sin embargo, permite leer su obra con menos dramatismo y ser más justos con su vitalidad. El autor de Gargantúa y Pantagruel celebra la vida a través del cuerpo y confronta la acepción medieval sobre la pecaminosidad de la carne. Si bien, Virgilio se horroriza ante el automatismo de la sociedad, su obra es el revés de la muerte en vida: posa su mirada en lo escatológico y nos devuelve los instintos más primarios, sin otra pretensión que hacernos sentir vivos. En Presiones y diamantes (1967) el personaje central de la novela es incapaz de entender por qué la Tierra se ha vuelto una morada de hombres empeñados en aislarse unos de otros; por qué han perdido toda capacidad para convivir. En un momento de la historia, este peregrino de la estupidez humana, increpa desesperadamente a su amigo Henry, porque se ha enterado que hibernar en bloques de hielo es la moda más reciente del pueblo para escapar del flagelo de la existencia: “Qué queda a un hombre si le quitas el placer de la mesa, de la cama, la vida de relación, los dolores, en una palabra, la presión humana.” Narrador y protagonista de la historia, andariego del mundo de la muerte, el personaje declara a sus lectores su repugnancia en contar los hechos, tanto como en haberlos vivido. Hacia el final del relato, recibe la carta de un remitente anónimo que le dice: “Medite en el ridículo que le acecha. Un Don Quijote solo nada puede frente a millones de antiquijotes.”

Con el triunfo de la revolución, Virgilio creyó encontrar en ella su propia carta de naturaleza y el tiempo para descansar de su permanente subversión. En 1960 publicó su Teatro completo y comenzó a colaborar en el suplemento literario Lunes de Revolución (1959-1961), donde fue un crítico literario beligerante. El primer desencanto con la Revolución comenzó cuando Fidel Castro convocó a los intelectuales de Lunes para cuestionar el papel de los artistas. Durante los encuentros, Castro pronunció sus célebres “Palabras a los intelectuales”. Virgilio, que nunca aceptó migajas del poder, interrogó al dirigente con temor: “Doctor Castro, y usted no se ha preguntado ¿por qué un escritor debe tener miedo a su Revolución? Y porque parece que yo soy el que tiene más miedo, digo: ¿por qué la Revolución debe tener miedo de sus escritores?”.

El autor de Dos viejos pánicos (1968) continuó el calvario de su propia muerte en vida, hasta que su corazón cedió. En el año 2012 celebramos los cien años del natalicio de este colosal escritor, quien, desde la tumba, continúa manifestándose por la vida.

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