Hambre y pobreza, binomio perverso

Foto: YouTube/Retroclips

Luis Martín Quiñones

“En la esfera del pensamiento, el absurdo y la perversidad siguen siendo los amos del mundo, y su dominio se suspende sólo por períodos breves”.

Arthur Schopenhauer

La imaginación crea al mundo, el entorno y los hechos necesitan ser interpretados. No en vano los filósofos a través de los siglos han tratado de encontrar el porqué de las cosas, de la historia, de la naturaleza y del hombre mismo.  A veces la imaginación es tan prodigiosa que crea mitos que permanecen en el más profundo rincón del inconsciente.

El impacto emocional de la pandemia que actualmente vivimos no escapa al pensamiento. Francisco de Goya nos mostró que la razón produce monstruos. En su grabado de 1799 el pintor nos deja ver cómo la oscuridad, las sombras, seres malignos, invaden el sueño y el sosiego del alma. La monstruosa razón se nos ha revelado como devastadora, poderosa, invasiva; ha dejado ver la letalidad y su perversidad.

La inquisición de la naturaleza nos ha tomado por sorpresa y nos ha sentado en el potro de la tortura, en el desmembramiento moral que ha desinsertado nuestro mundo imaginado. Pero además de la muerte está dejando ríos de hambre y pobreza. Nos ha tomado mal parados, nos ha puesto la espada de Damocles que puede caer en cualquier momento sobre nuestra frágil humanidad.

Cierto es que el coronavirus no discrimina sexo, edad ni posición social; pero cierto es también que los sectores sociales más desamparados han visto y verán disminuidos su capacidad económica dejando el hambre insatisfecha. Sufriremos de anorexia involuntaria.

No sólo Latinoamérica, en la que se sumarán 45 millones a los ya existentes 185, también Asia y África formarán parte acumulada de la nada envidiable categoría de ser pobres.

Aunque algunos países gozan ya de números optimistas, han tenido que romper la alcancía para sustentar su economía, como es el caso de Alemania que dio un apoyo inteligente respaldando a empresas y rescatando el empleo. No es el caso de México, donde la alcancía no es suficiente para amortiguar la debacle. Y, bajo una miopía donde sólo se vislumbran intereses políticos, los recursos se han ido a proyectos de dudosa reputación.

Como la cabeza de la hidra, el virus sigue reproduciéndose y se regocija en los cuerpos creando millones de copias de su material genético para salir a encontrar sus próximas víctimas. Seguimos interpretando la realidad, pero no nos alcanza la imaginación para conocer hasta dónde llegará. Los cuerpos se amontonan bajo un túmulo de números siniestros y vacíos, no los vemos hasta que se hacen tangibles con una muerte cercana. Y al trago amargo de la desolación y el dolor seguimos sumando hambre y pobreza. 

La hoguera sigue encendida para borrar los muertos de ayer y esperar los de mañana. Mientras tanto, salimos a la calle para recuperar el mundo perdido, ese que se fue cuando la retórica nos hizo creer en el mundo de la inmunidad milagrosa y las dietas moleculares. Y en ese afán de la ilusión arrojamos más y más muertos a la hoguera, y más familias con el dolor del alma, un dolor que la medicina oficial no sabe curar.

El terror nos tiene confinados, encadenados a un laberinto oscuro de deseos reprimidos y de miedos más que justificados. Aunque queremos regresar al pasado inmediato de nuestros hábitos arcaicos, la realidad nos contiene mientras los que interpretan al mundo nos dan la clave para comprenderlo.

Mientras tanto, seguimos en las sombras, en las macabras manos de un destino aún no descifrado. La realidad se convirtió en monstruo, en uno infame sin escrúpulos, donde además de aniquilar nuestra esperanza, se llevó nuestros sueños. La realidad no sólo es absurda: es perversa.

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