El profesor y la falta de autocrítica

Maricarmen Rivera

La fuerte crítica que actualmente se le hace a la educación –ya sea a nivel básico, medio y medio superior–  es la manera tradicional de enseñar. El profesor se concibe como la sabiduría hecha persona, quien visualiza al alumno como un recipiente vacío de conocimiento.

Antaño, la tarea del profesor era pues, enseñar, es decir,  trasmitir todos esos conocimientos que a él tanto trabajo le costó acumular. Quizá varios de nosotros recordemos a aquel profesor a quien era imposible contradecir, su palabra era ley y no había manera de que estuviera equivocado. 

Razón por la cual el alumno adquiría un papel pasivo en la clase y creía que lo más importante por hacer en el salón era no despegarle la vista al profe y anotar todo lo que de su boca saliera. Por el contrario, los estudiantes sólo podían hablar para lo más indispensable  (pedir permiso para ir al baño, decir presente a la hora de pasar lista, y ese tipo de cosas).  

Entonces, sólo así, al estilo lockeano, el conocimiento iría depositándose en las cabecitas de aquellos imberbes estudiantes. Teniendo este escenario puesto, no nos sorprendería saber por qué la mayoría de los profesores pensara que no aprendía nada con sus alumnos y no se sentía recompensado.

Ahora bien, considero que para quienes nos dedicamos a esta noble tarea de la docencia, es menester ser autocríticos.  Ciertamente no podemos enseñar de la misma manera que hace 30 años, pero para ello necesitamos bajarnos del pedestal y ver a nuestros alumnos como seres que piensan, sienten y quieren ser escuchados.

Quizá nos venga bien recordar a nuestro querido Sócrates, quien contrario a los sofistas, no se creía dueño del saber.  Sócrates pensaba que el maestro sólo era un guía que orientaba a todos aquellos jóvenes que por sí mismos iban acercándose a la verdad. Su enseñanza se efectuaba mediante el diálogo, con el que intentaba extraer verdades de su interlocutor y sacarlo de la ignorancia.

Es decir, en primera instancia, el maestro se dedicaba a escuchar el discurso del alumno y le hacía ver sus errores. Posteriormente, a través de las preguntas del maestro, se lograba extraer la verdad que existía en cada ser humano. De este modo, Sócrates ayudaba a que la verdad, que se hallaba dentro de cada joven, saliera al exterior. A este método de enseñanza se le ha dado el nombre de mayéutica, dicho término proviene del vocablo griego μαιευτικη (maieutike) y se refiere al oficio de la persona que se ocupa del parto y ayuda a dar a luz.

Finalmente, si los profesores dejamos de creernos intocables y nos volcamos más a la función de comadronas, entonces podremos tener más éxito en el proceso enseñanza-aprendizaje de nuestros jóvenes.

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