La rosa de Guadalupe

Drojan Lugo

El éxito de la televisión es el éxito de la imagen de la ilusión. Si la gente se sienta frente al televisor a ver piernas llenas de celulitis, los amores baratos de baratos argumentos de actores o cantantes, las relaciones desviadas de comportamientos desviados de presidentes en turno, es porque la imagen les proporciona los elementos para soñar con una vida auténtica.

Los televidentes ven a las celebridades con rostros felices, llenos de salud, éxito, amor, que alivia la carga pesada de su propia existencia. Es mejor apoderarse de los sueños, a trasvés de una pantalla de televisión, que enfrentarse a los abismos propios y tratar de salvarlos. En un mundo en decadencia, y pocos podrán negar que nuestro mundo sea decadente y amenazado ahora, cuando los dioses nos faltan, están las celebridades para sustituirlos. Éstos pues, se convierten en la mina de deseos ajenos: la falsa realidad que va a buscar el ama de casa o el taxista, que debe batallar durante el día con tráfico y pasaje, la encuentran en las imágenes centelleantes de la pantalla, y no por falta de decisión sino de imaginación: es más fácil alimentarse con la comida ajena que procurarse la propia.

Las celebridades, al convertirse en objeto de consumo, son la representación pura del simulacro, y muy pocas veces pueden ser ellas mismas, por ello se esconden, como los asaltantes o políticos corruptos, para ser auténticos: tras las máscaras normalmente se hallan la monotonía, el desfiguro, el vicio, la corrupción, pero no llega a los rincones peligrosos de la mirada de la muchachita que sueña con una boda como la protagonizada por un galán de cuerpo atlético y una doncella inmaculada.

De modo que no es raro que después de cinco horas de televisión, las disposiciones humanas tiendan a caer una detrás de la otra, como frutos podridos, en un estado exangüe y de pasividad. Pero qué difícil es no sentirse atraído por esa multitud de luces que coquetean apenas el espectador enciende el televisor y vuelve a mirar cómo los ricos disfrutan su riqueza, cómo los famosos multiplican su fama, cómo las rubias peinan su abundante cabellera ― no sé por qué me recordó una canción navideña. Y al final en la comodidad inmóvil de su sillón, el espectador se siente vagamente triste. ¿Por qué? Porque la desproporción que advierte entre la ficción de aquellas pasiones sin límite y su habitación angosta no logra tender un puente de confort. Su esposo regordete, el del taxi, llegará hambriento a casa, quizá alcoholizado, quizá sin la cuenta del día. Pero ahí está el televisor prendido, ahora con un decidor de noticias donde anuncia que, según palabras del subsecretario de Salubridad, la pandemia quizá dure hasta el 2022.

Ahí está, aun así la rosa de Guadalupe, el ícono de la televisión abierta, tan estúpida como nunca, pero tan efectiva como siempre. Dice Fernado Bustos en artículo sobre este programa: «Sin duda es alarmante que un programa tan conservador sea el puntero en el país, pero si lo es, es justo por la denuncia que el mismo programa hace: la ignorancia que nos habita. Son pocos quienes solo lo ven como un programa de comedia. Los más, se enteran ahí de lo que está sucediendo en el mundo: de los emos, de las “aguas locas”, los brownies de mota, el reto de la ballena azul, Pokemon Go, los raves y más. La información está a nuestro alrededor, en los periódicos, en internet, en la vida real, sin embargo, la indiferencia nos venda los ojos y no nos enteramos de las problemáticas actuales si no es en un programa como éste. La Rosa de Guadalupe es solo un síntoma nacional. Una distracción pero también una preocupación. Una herida.»

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