La pandemia, el botín político

Eduardo Ponce

¿Algo les quedará claro a los ciudadanos después de que la mañana del 28 de febrero de 2020, el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, dio a conocer el primer caso confirmado de coronavirus en México, ubicado en la capital del país? ¿La lucha intestinal por ganar terreno político ha perjudicado para aplicar acciones más eficaces y coodinadas en la lucha contra la pandemia? ¿El comportamiento de los ciudadanos obedece al comportamiento de la clase política?

La principal apuesta del gobierno federal, a través del sector de salud, fue la Jornada Nacional de Sana Distancia, un programa que priorizaba el distanciamiento social, bajo la premisa de mantenerse en los hogares de forma voluntaria. El mensaje «Quédate en casa» comenzó a replicarse por distintas vías, y paulatinamente las ciudades del país comenzaron reducir su afluencia de peatones en sus puntos más concurridos, al tiempo que comercios, restaurantes y centros de entretenimiento suspendían sus labores.

Sin embargo, y como era de esperarse los contagios comenzaron a aumentar, y aunque el primer contagiado logró recuperarse, llegó el 18 de marzo, día en que López Gatell anunció el primer fellecido a consecuencia del covid-19

A finales del mismo mes, se publicó el decreto de emergencia sanitaria, mediante el cual se puso en marcha el plan de expansión de la capacidad hospitalaria de la República. Se temía que el número de contagiados rebasara los espacios de los hospitales. Los meses siguientes transcurrieron con una tendencia a la alza en contagios y fallecimientos a causa de Covid-19.

Hoy, luego de más de 4 meses de que se diera a conocer el primer contagio, los contagiados y las muertes siguen a la alza.

La mayoría de los ciudadanos, de las metrópolis importantes del país, tienen al menos un caso que contar relacionado con este letal virus, y su narrativa va de acuerdo con esta experiencia. Y si en un principio esperaban, casi morbosamente, como espera un ama de casa el siguiente capítulo de su telenovela, la hora en que el subsecretario de salud diera su informe diario; con el paso de los meses, los ciudadanos se han vuelto inmunes a las violentas cifras, un poco porque la convivencia con la muerte se convierte en una estadística y otro tanto por las no pocas contradicciones en que López-Gatell ha caído.

No hay nada claro para el ciudadano porque los voceros de la salud han jugado con mensajes ambiguos: «preparémonos para una epidemia de largo alcance», es tan ambiguo que para los desempleados un mes es una eternidad.

Por otra parte la lucha de estadísticas entre el gobierno federal, los gobiernos estatales y ciertos grupos de poder, con fines políticos más que de salud, es tan contrastante que abona aún más a la incertidumbre de la gente.

De modo que esta réplica de lucha también se da entre los ciudadanos: aquellos que han seguido las recomendaciones sanitarias contra los que, como Gatell o el propio López Obrador, andan por las calles, en reuniones sociales sin el menor empacho y, ¿también como los gobiernos?, sin preocuparse de los otros.

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