Haz lo que te venga en gana

Drojan Lugo

Diversion, Temporary

La vida consiste en hacer lo que a uno le venga en gana siempre y cundo haya un gozo de por medio, desde comer una fruta, arrojarse a un río de aguas heladas, hasta estudiar la carrera que tus padres nunca quisieron para ti.

No consiste en otra cosa la vida, después de cubrir sus necesidades básicas, las que Aristóteles llamó como primarias, y a veces ni ésas, tú puedes hacer de tu vida un papalote. No hay nada peor que el enorme tedio que cae sobre las cabezas de la mayoría de los ciudadanos, de ahí vienen las peores fechorías, cuando enfrentados a un trabajo maquinal, monótono y, por eso, particularmente mezquino; es decir, falta de interés por lo que realizan, y sólo esperan los fines de semana para embrutecerse con alcohol de la peor marca, mientras ven tediosos partidos de futbol nacional para aliviar un poco los efectos de su pobre condición de hombres planos. Lo único que el alcohol hace por ellos, dice Rusell, es liberar el sentimiento de culpa, que la razón mantiene reprimido en momentos de más cordura.

No va la vida de esa manera: ocuparse del otro es un claro síntoma de que en tu vida los pasajes desérticos han sido el pan de cada día. Pero las ataduras de la psicología personal y la composición social impiden que el hombre busque conscientemente lo que lo hace «sentirse bien», y seguro encontrará que fastidiar al vecino, al compañero de trabajo, al condiscípulo, no son los estadios de la satisfacción.

Conozco el caso de un indigente que aun cuando su familia lo recoge de las inhóspitas calles de la Ciudad de México y le procura una habitación cómoda y una buena alimentación, termina huyendo de esas comodidades y regresa a los peligros y penurias de la jungla humana. ¿Qué gana este individuo? Sin saberlo quizá, rompe con éticas erróneas que conducen a eliminar la naturaleza del ser humano, anula los elementos externos que impiden la libertad de hacer lo que le venga en gana.

Creo que podría transformarme y vivir con los animales.

¡Son tan apacibles y dueños de sí mismos!

Me paro a contemplarlos durante más tiempo y más tiempo.

No sudan ni se quejan de su suerte,

no se pasan la noche en vela, llorando por sus pecados,

no me fastidian hablando de sus deberes para con Dios.

Ninguno está insatisfecho, a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas…

Eso dice Whitman.

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