Daniela Alcívar, duelo y violencia

Con la reciente publicación bajo el mítico sello argentino Beatriz Viterbo Editora, Siberia, de Daniela Alcívar Bellolio (Ecuador, 1982), novela que narra el duelo de una madre por su hijo muerto y sus periferias e implicaciones, ha logrado llegar a lectores en cuatro distintos países desde su aparición, en 2018. En Ecuador (Campaña de lectura Eugenio Espejo, 2018), en Bolivia (Mantis, 2019), España (Candaya, 2019) y la más actual de 2020.

Galardonada con el Premio Gallegos Lara a la mejor novela por Siberia, Daniela Alcívar platica con Excélsior sobre las vicisitudes de escribir una obra tan confesional como es la suya.

Siberia es una novela autobiográfica. Fue un evento de mi vida lo que me hizo escribirla. Pues bien, ese evento transformó mi cuerpo, mi conciencia de lo que puede mi cuerpo, la conciencia del modo en que la vida se manifiesta, de modo absolutamente material, en el cuerpo. Las experiencias del embarazo, la depresión posparto (sin hijo), la cesárea (sin hijo), las tetas llenas de leche (sin hijo), son experiencias del cuerpo y de nada más que del cuerpo.

El problema es que el lenguaje es abstracción y estereotipo, reduce la experiencia indecible del cuerpo a un sistema codificado. Ese es el problema (y la potencia) de la literatura y ahí se juega todo en Siberia también”.

En la relación entre el cuerpo y el acontecimiento, entre la presencia y la ausencia, es donde Siberia se halla, una novela que confronta la pérdida del hijo y la reconciliación. “Tener un hijo es una apuesta al misterio, incluso si no se te pasa por la cabeza que tu hijo puede morir. Es una apuesta a la vida, y la vida siempre es un misterio, porque no tiene sentido ni obedece a nuestros parámetros humanos. En el caso de la mujer, está el agravante del cuerpo: llevar un cuerpo dentro de tu cuerpo es una cosa muy extraña, a veces muy hermosa (lo fue en mi caso), a veces atroz.

Siberia transita esa extrañeza entre varias otras: justamente, la violencia de ir, en el espacio de un día, del embarazo al duelo, qué le pasa a un cuerpo que ha sido sometido a una violencia tan bestial, cómo conviven en ese tránsito, de modo tan íntimo y estrecho, la vida y la muerte, el dolor extremo y el deseo (que es el modo en que la vida se manifiesta y manifiesta su empecinamiento), cómo recomienza una vida que ha sido puesta al límite, cómo se reacomoda un paisaje en ruinas. Creo que de esas cosas habla mi novela”, reconoce.

IR Y VENIR DE LA NADA

Al inquirir a la escritora sobre si su novela es un ir de la nada a la nada, es decir, nacer y morir, ella reconoce que su novela propone ser un espacio de recomienzo. “Siberia narra cómo están de intrínsecamente unidas la vida y la muerte en la experiencia de la protagonista, cómo una posibilita a la otra y viceversa. La historia de pérdida en mi novela, quiero creer, permite un espacio de recomienzo de la vida liberada de sus sentidos morales, de las condenas de la causalidad, como si la experiencia límite de sobrevivir al hijo abriera el espacio para un recomienzo que abraza el sinsentido como posibilidad del cuidado de sí mismo y como posibilidad del amor también.

El amor que deja el hijo que solo ha vivido un día fuera del vientre de su madre resuena poderosamente, creo, en el trabajo que es para la protagonista figurarse un recomienzo después de la destrucción de todo”, afirma la autora.

EL TONO CONFESIONAL

El sonido de la novela se acerca, por momentos, al del diarista. Al respecto, Daniela afirma “Empecé a escribir Siberia sin pensar que estaba escribiendo nada, mucho menos una novela. Quiero decir que empecé a escribir a modo de terapia, porque el padecimiento era extremo y la escritura lo aliviaba un poco por unos minutos. Nunca pensé estar confesando nada, aunque la escritura era un ejercicio de autoexamen, algo que fue posible en ese momento de inmensa vulnerabilidad porque todas las defensas estaban caídas, y por eso me permitía todo.

Suponía que haber sido sometida (¿por quién? Por nadie, y eso es lo más duro) a un dolor tan extremo me liberaba de todos mis compromisos con el mundo. Y así fue. Tal vez por eso parece que me confieso. En realidad, escribía lo que se me cruzaba por la cabeza, sin las censuras morales que me había impuesto en libros anteriores, porque así encontraba un mínimo de paz. Luego, cuando las cosas se calmaron un poco, y me di cuenta de que muchos de esos fragmentos que yo había ido escribiendo podrían formar un relato, empecé a trabajar un poco más a conciencia, más literariamente, si cabe”, apunta.

UN AÑO DESPUÉS

La edición española de Siberia está acompañada de lo que podría ser un epílogo, el cual la autora decidió llamara “Un año después”. Por lo que dicha publicación apareció con el nombre Siberia. Un año después.

Un año después es un cuento que escribí, precisamente, un año después del nacimiento de mi hijo y del inicio de la escritura de Siberia, y fue una especie de experimento que hice para entender dónde estaba yo y dónde estaba mi escritura a un año del evento más importante de mi vida. Había visitado Bogotá por esas fechas (un viaje que hice sola, algo así como una puesta a prueba de mí misma, teniendo en cuenta lo que de terror tuvo para mí, durante muchos meses después de la muerte de mi hijo, el más mínimo instante de soledad) y, como me pasa frecuentemente, el contacto con un paisaje extranjero me movió a escribir. Siempre es una imagen lo que me presiona a escribir, y muy frecuentemente, una imagen de paisaje.

SIBERIA EN HISPANOAMÉRICA

La novela de Daniela Alcívar también es un panorama orográfico de Latinoamérica, ya que esta novela se desarrolla en Argentina, Ecuador y Colombia. “Me interesaba mucho, en términos de imagen, el contraste de los paisajes porteño y quiteño: la planicie total versus lo escarpado y montañoso de los

Andes. El paisaje es algo que me mueve mucho en términos estéticos y teóricos y desde el inicio se impuso como un núcleo irradiante en la escritura de mi novela.

Siberia ha tenido la suerte de ser bastante y muy generosamente leída, además tiene ya cuatro ediciones, la primera, ecuatoriana, la segunda fue boliviana, una bellísima edición de lujo a cargo de Mantis narrativa, la de Candaya que le dio visibilidad internacional a la novela, y la cuarta, también muy importante para mí, es la edición argentina, en la mítica Beatriz Viterbo”, concluye.

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