«Yo no tengo miedo a contagiarme»

Eduardo Ponce

La indicaciones son muy claras. Cuantas más personas permanezcan en sus domicilios sin confluir en espacios comunes con otros, más se interrumpen las líneas de contagio del virus. Pero aunque el mensaje se ha repetido de forma permanente por las autoridades en todos los medios de comunicación, no todo el mundo lo entiende.

«Yo conozco una persona que se cuidaba como no tienes idea, y ahorita está en el hospital infectada, ella y toda su familia», » la mera verdad yo no tengo miedo a infectarme», «cuando nos toca nos toca, nadie muere en la víspera», con estas contundencias, la gente suele justificar su comportamiento ante la contingencia sanitaria por el Covid-19.

Los episodios de inconscientes que decidieron que la emergencia del coronavirus no va con ellos se repitió por doquier, y no es privativo de un país, aunque las consecuencias son letales en países subdesarrollados o con un sistema de salud deficiente.

Por otro lado, hay un descontento visible de quienes han procurado seguir las reglas sanitarias, con las privaciones y sacrifico que éstas implican, por la actitud de la gente que viola toda prudencia y desafía al coronavirus y sale a la calle, se reúne a las salidas de las tiendas, en los centros comerciales, alrededor de puestos de tacos, con una despreocupación que preocupa y enoja.

«Es un invento de los chinos», dicen otros, «porque quieren dañar a Estados Unidos». Y uno voltea a ver a las autoridades que están con las manos atadas porque los gobiernos de Morena tienen las indicaciones de respetar la libertad de los ciudadanos, aun en casos de excepción como es el de pandemia.

¿Está el mundo dividido en dos, entre las personas que respetan las normas por el bien de todos y las que solo piensan en sus propios intereses, aun cuando éstos intereses dañan a terceros?

Una buena parte de los ciudadanos contribuye al interés general, pase lo que pase, otra solo piensa en sí misma y también existen los llamados «contribuyentes condicionales», es decir, esperan a ver cómo se comporta la mayoría para seguir su ejemplo.

En este contexto, las redes sociales tienen «tendencia a mostrar demasiados malos ejemplos, lo que da la impresión que solo hay vigilantes» del comportamiento. Esto puede tener una consecuencia positiva, ya que permiten que las personas indignadas difundan su desaprobación en las redes sociales y hagan que las más egoístas reflexionen sobre su actitud.

¿Cuál es la regla para que se respete el confinamiento cuando hay un gobierno que apuesta por la cordura, la conciencia y responsabilidad de la gente? ¿Debe el gobierno cambiar su mensaje «quédate en casa» por uno más crudo y más directo que sacuda la sensibilidad de los ciudadanos? ¿En todo caso, cómo hacer que ese mensaje no alcance a los niños o evitar que la gente entre en pánico ?

La exhibición en las redes sociales puede pesar más incluso que una pena impuesta por las autoridades. Si los comportamientos oportunistas, en medio de este contexto inédito, son puestos a prueba ante los ciudadanos, quizá se logre atemperar el egoísmo individual. Lo cierto es que en las pandemias, como en las elecciones, existen los indecisos, los convencidos y los apáticos. En el plano político se juega una elección, aquí la vida. Nada más que eso.

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