Movimientos telúricos

Foto: Noticieros Televisa

Temblando vives, y el temblor advierte

Que aunque mereces muerte por tirano

Que tiene en despreciarte honra la muerte”

Francisco de Quevedo

Luis Martín Quiñones

Siete punto cinco grados sacudieron la Ciudad de México. Y como suele ocurrir ya desde hace muchos años, salimos a la calle con un miedo fragmentado: tenemos que guardar algo para los “otros temores”, que son mecanismo de supervivencia. Además, el miedo se ha democratizado: los males son para todos. Bajo el panóptico social, la crónica toma diferentes dimensiones. Hay quien, como el soneto de Quevedo, lo hace poesía; otros, presagio (acaso no son suficientes); y para algunos, movimiento adelantado (“¿qué los temblores no son en septiembre?”). Pero para Oaxaca ha escrito una historia triste: hasta ahora diez muertos, diez tragedias.

La metáfora de los tiempos expresa sin límites la mitosis social hacia los acontecimientos en cadena. Hemos reproducido el temor que se ha convertido en una pandemia más. Como un efecto dominó hemos visto la vulnerabilidad del mundo, donde un lugar seguro parece imposible:

Wuhan, coronavirus-covid-19, pandemia, muerte, derrumbe de la economía, austeridad, pobreza, racismo, George Floyd, Giovanni López, feminicidios, dolor, terremoto, Oaxaca.

La certeza de qué vendrá mañana es la cuestión. Cuando en exiguo instante viene el optimismo, aflora lo real. Tenemos la mirada fija en el qué sucederá.

El ágora digital ha tomado la palabra. Elucubra, imagina, critica, censura, toma fuerza, pero a los pocos días se desvanece en el olvido. Como desgarro social, las redes son la fuente inagotable de terremotos del descontento. Lo mismo acribillamos a los políticos, periodistas, o a un extraño enemigo. Después, escondemos la mano, qué más da, borramos el twit. Y retiemble en su Facebook la tierra. La red del chisme nos ha hecho evolucionar.

Bajo la premisa de Yuval Noah Harari, en su libro De animales a dioses, que sostiene que el lenguaje evolucionó gracias al chismorreo practicado en las cavernas por el Homo sapiens, debemos pensar que la hipercomunicabilidad en la red social, ha creado un nuevo lenguaje. Cierto o no, ha hecho más llevadero el trasiego del mundo (al menos en estos momentos de agitaciones de nuestro universo).

La fe mueve montañas, y los temblores mueven la fe. Hoy más que nunca, los movimientos telúricos sociales nos inclinan hacia la religiosidad. Una religiosidad que parte de casa, del encierro. Nada nos cuesta pensar, como dijo Bush, “Dios no es neutral, Dios está con nosotros”. 

La realidad rompe cotidianidades. Así lo sentimos el 23 de junio. Los movimientos telúricos no sólo han movido al mundo, a la Tierra, han cambiado nuestra perspectiva: somos vulnerables.

Paréntesis

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