Los contagios y contagiados

Drojan Lugo

Son las tres de la madrugada del sábado 6 de junio. Hace tres horas, durante unos minutos estuve viendo el reporte del subsecretario de salud, el hombre del año, Hugo López-Gatell cuyas estadísticas, debo ser sincero, hace un buen rato no me interesan. Fijo mi atención en el número de muertos y en el de contagiados, no más, y después me entretengo en la inocencia de las preguntas de los reporteros y en la paciencia, casi bovina, del subsecretario al dar cabal respuesta. Sin embargo, los números, los puros números alteran mi estado de ánimo, es como si encarnaran un estado que no se corresponde con mi realidad personal. Intento identificar y nombrar las novedades que aparecen en la desconocida escena de mi día a día. Lo que ocurre acá y ahora, a mi alrededor, que hay días que se reduce a la vigilia permanente de la alteración, más física que mental, de mi cuerpo.

Y algo me queda claro, una buena parte de la subsistencia queda en manos de la propia gente, que nos obliga a salir del vientre materno, y un sentimiento de orfandad y de pérdida es inevitable. Añoro lo inmediatamente anterior al confinamiento, y, desde luego, lo sobredimensiono. De modo que, en medio de esta crisis, me pregunto cómo lograr que otras formas de realización se encaminen libremente hacia el campo de la satisfacción. No podemos clausurar la realidad ni ponerle un cerrojo a la memoria, desterrarla para seguir con normalidad esta vida es imposible.

Los ciudadanos estamos acostumbrados a vivir en comunidad, trabajar en sociedades y en organizaciones sociales, era nuestra fuerza hasta que el virus se infiltró para debilitarla: «quédate en casa», se ha vuelto el Padre Nuestro de los ciudadanos; es decir, rechaza el orden social porque ahora mismo está perturbado. Entonces ¿qué hacer sin el otro? No lo sabemos, o no lo sé yo al menos, porque los expertos nos dicen que debemos repensar en una reconfiguración integral; es decir, sanitaria, económica, social, educativa, ecológica, que abone a la vida y a los pueblos. Y me quedo sin respuestas, qué hacer sin el otro. Ahora mismo mi cama está vacía cuando bien podría estar alguien.

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