Lo que el virus me dejó

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Por Armando René Domínguez

Desperté, como me he despertado desde hace noventa días: Con temor e incertidumbre. Siempre la misma pregunta: ¿Cuándo terminará esta pesadilla? Hoy es el cuarto día de la“Nueva Normalidad”, que ni es nueva ni es normal, con semáforo rojo, los contagios y muertes van a la alza. La gente, cansada y fastidiada ha regresado a las calles, creo que, en el momento menos propicio.
Permanezco confinado en casa desde hace 3 meses; por un lado el “bicho” y ahora “Amanda” y “Cristobal”. En la Península de Yucatán ha llovido durante 72 horas intermitentemente. El viento y la tormenta permean como un fantasma que intenta sacarme de mis casillas una vez más.
Durante el aislamiento me he enfrenado a mis fantasmas. He tenido la oportunidad de redescubrirme, de analizarme, de pensar qué tanto hice o dejé de hacer, hacia dónde voy, de elegir de qué manera deseo de vivir. A través de video llamadas, estoy más cerca de mis hijos. Mis nietas, aunque viven a unos minutos de casa, tristemente las he visto dos veces desde que empezó el aislamiento. Ellas son piezas fundamentales en el engranaje de mi vida. Cande, mi esposa, es un caso aparte. De enorme corazón, tierna y amorosa siempre, me desarma muy a su manera: “Después de aguantarte más de 30 años, esta pandemia no me hace nada”.
Cada uno vive su propia “pandemia”. Alguna vez en clase de metafísica, mi profesora dijo: Todo sucede para bien; depende de cada uno salir adelante o quedarse rezagado. Esta experiencia dejará una huella imborrable en la humanidad, quien diga lo contrario se equivoca. Tengo muy claro que nuestra forma de pensar y de vivir serán diferentes. El virus permanecerá entre nosotros durante mucho tiempo o quizás no desaparezca. Sin duda, esta pandemia será un gran aprendizaje y una lección de vida. Habrá pérdidas y ganancias. Perderemos amigos, familiares, personas entrañables. Se truncarán proyectos, viajes, etc. Sin embargo, ganaremos en confianza y con la esperanza de salir fortalecidos.
Hoy más que nunca he tenido tiempo de escribir, leer, escuchar música y ver buen cine. El futbol, aunque ha sido una de mis aficiones, hoy no quiero saber más de él. Tristemente el futbol, sobre todo en México, se ha convertido en un “cochinero”. Un fenómeno más que he experimentado durante el confinamiento ha sido interactuar en las redes sociales. Facebook e Instagram siempre me han parecido banales e intrascendentes; ahora y por experiencia propia y debido a las circunstancias, no lo es tanto. Conocí gente con quienes he intercambiado experiencias y puntos de vista sobre diversos tópicos.

De las pocas veces que he salido de casa, me doy cuenta que el mal humor y la desconfianza permea entre la gente. Te miran con temor, es lógico porque no estábamos preparados para esta experiencia tan desesperante y larga. El encierro asfixia. Unos por necesidad, otros por necedad y otros más por ignorancia, han decidido renunciar al confinamiento.
No tengo pretexto, ni para salir a tomar el sol. “Cristobal” se ha estacionado en el Golfo de México y no tiene para cuando irse. A través de la ventana veo la intermitente lluvia que cae, como desde hace tres días.

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