Los inmortales: una fiesta de jóvenes en pleno pico de la pandemia

Foto: Noticieros Televisa


Juan Rodrigo Castel

A pesar de la cuarentena, hay resquicios por los que uno se puede escabullir, con cubrebocas o sin él, y con las debidas precauciones, salir a caminar media hora, tal vez dos horas. Desde luego, si alguien viene en sentido contrario por la banqueta, camino por el pavimento para evitar estar cerca de cualquier persona.

Quienes no tienen reparo en salir a las calles y se comportan como siempre, son una mayoría de jóvenes. Tal vez tienen razón en hacerlo, el encierro provoca hastío y agota. Además, los jóvenes son la parte fuerte y la esperanza de las familias y la sociedad, y hasta de la humanidad.

El fraccionamiento en el que vivo es de medio pelo para abajo, está alejado de la ciudad, y en días normales las calles son solitarias. Pero los fines de semana de la cuarentena los jóvenes salen solos o acompañados y se les ve alrededor de automóviles, en grupos de dos y hasta de siete personas.

El viernes salí a caminar a las seis de la tarde, para mirar con ojos nuevos, a distancia, a mis vecinos, la calle, el mundo en cuarentena. A lo lejos escuché música electrónica a todo volumen y conforme caminaba el sonido de la música aumentó.

Me detuve frente a una tienda para comprar un frasco de café y a mi izquierda vi a un grupo de jóvenes. La música era estruendosa. Las ventanas y la puerta de la casa estaban abiertas. En el jardín tenían una especie de anafre de patas largas o un asador.

No entré a la tienda, esperé a que despacharan a una persona que estaba dentro. De pronto vi salir de la casa a cuatro jóvenes, tres hombres y una mujer. Ninguno pasaba de los 20 años de edad y no llevaban cubrebocas ni se les veía preocupados por guardar distancia para evitar contagios.

Dos de los muchachos llevaban una botella de cerveza en la mano, el tercero tenía una hoja de cartón. Se acercó al asador o lo que fuera y con movimientos rápidos de la mano con el cartón comenzó a avivar el fuego. El humo aumentó, la llama creció y todos rieron, se empujaron entre sí. Desde dentro de la casa se asomaron dos jóvenes más. La fiesta apenas empezaba y disfrutaban cada momento de los preliminares.

La muchacha abrazó por detrás al joven que avivaba el fuego y otro los empujó a los dos sobre el asador. Como pudieron, los jóvenes recobraron el equilibrio y evitaron quemarse. Todos se carcajearon. No me quedó duda alguna de que la estaban pasando bien, apenas eran las seis de la tarde, había comida, música y tenían compañía.

Mirando a esos jóvenes, me pareció que la pandemia no existía o que no se atreve a acercarse a ellos, porque sus cuerpos saludables y resistentes la derrotarían con facilidad.

En algún momento se volvieron a mirarme, porque estaba justo frente a ellos, a siete metros de distancia, y seguro les pareció extraño que yo no entrara a la tienda. Cuando vi que una persona salía con una bolsa de pan, entre a la tienda. Compré mi frasco de café y, dos minutos después, cuando salí, a la distancia, me encontré de frente con los jóvenes en plena fiesta. Vi a cinco o siete más que estaban dentro de la casa. No se veía a ninguna persona mayor de 20 años.

Seguí mi camino y una hora más tarde regresé por la misma calle. Se escuchaba a volumen alto la música y los jóvenes ahora estaban sentados en bancos improvisados en el jardín. Conversaban, se tocaban, se carcajeaban, se divertían a su manera, y dentro de la casa se veía a algunas parejas que bailaban.

Me llevó apenas unos segundos cruzar frente a ellos, pero la postal que recogieron mis sentidos fue primero de preocupación y, posteriormente de solidaridad, porque eran jóvenes, se veían sanos y porque reían.

Me pareció posible y natural que los jóvenes crean que su energía es inagotable y que actúen en consecuencia. Qué otra cosa se puede hacer en un viernes en la tarde si uno es joven y cree que es inmortal.

Su juventud los vuelve temerarios, están experimentando el mundo, y la pandemia de covid-19 no los detiene. De hecho, mientras se es joven, no hay nada que a uno lo detenga, ni siquiera las estadísticas que pintan de cuerpo entero la desgracia que vive la humanidad.

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