El virus o la seguridad de la quietud

Eduardo Ponce

Hoy me levanté, como de costumbre, un poco por higiene mental o por la costumbre que imponen a los hombres los quehaceres cotidianos, no tanto porque lo deseara. Es un día especial de modo que debí haber esperado con ansia el momento de saltar de la cama y saludar a la sobrevivencia ante el miedo o el temor al que a diario me enfrento: No he sido contagiado, ¿pero por cuánto tiempo? o tal vez esté viviendo la etapa de incubación del virus o quizá tenga el virus, pero soy asintomático. La alegría tiene su lado opaco conmigo, o existe una especie de huelga bastante prolongada ya. Así que repaso, con angustia, los momentos que quizá pude adquirir el virus. No hay nada que me distraiga de esta obsesión, y veo manos y rostros enfermos, veo el bicho en el otro, no veo al ser humano y no me veo a mí como amenaza porque la amenaza siempre serán los otros.

Maldigo a los ciudadanos que no usan cobrebocas, y pienso que deberían estar encerrados, no en su casa, no, no lo merecen por inconscientes: merecen la cárcel porque, a fin de cuenta, son asesinos en potencia, y sí pienso que deberían encerrarlos juntos con los que se reúnen afuera de las tiendas con sus cervezas en las manos, como si el mundo mereciera una celebración, y pienso en los hospitales, y veo a los jóvenes reír, y los miro con ojos llenos de reproche y un poco de odio también. Ellos no me miran, pero, como dije, nada me distrae de mis obsesiones, porque por eso son obsesiones. Y muero cada noche.

Ahora debí haberme levantado con otro ánimo. Se acabó una etapa en la lucha contra el Coronavirus, y entramos a una nueva realidad, se abren las puertas del país, y veo, me entero por redes sociales cierta celebración porque la vida requiere de esos resortes para poder sostenerse: tomarse una selfie, cogerse de la mano, pedir un helado: la simpleza de la vida adquiere tal importancia que lo sofisticado ha quedado guardado en casa.

Hoy me levanté, como de costumbre, y me toqué las mano con la mano para cerciorarme que sigo vivo, que no aparezco en la estadísticas de los infectados o los muertos, y eso duele y pesa más. Es una responsabilidad saber que la vida consiste en vivir, y quizá sea por eso mira uno los mapas pintados de los colores de las tragedias y quisiera uno bajarse del barco, desembarcar y encontrar unas largas velas eperándolo.

Leave a Reply

Your email address will not be published.