Una llamada al 911, aunque usted no lo crea

Foto: https://www.gob.mx/911

Juan Rodrigo Castel

Uno de mis conocidos me aseguró que un domingo de mayo, en el pico de la pandemia, llamó al 911 por una dolencia que tenía y que en cuestión de minutos las personas que lo atendieron le pidieron su autorización para enviar a su domicilio una ambulancia, conocida en tiempos de coronavirus como Unidad Médica.

Eran las dos de la tarde de un domingo. Por la ventana se veía que cruzaban personas, con cubrebocas o sin él, que iban de paseo o volvían a sus casas. Mi conocido me contó que ya tenía varios días con un malestar abdominal o intestinal y que, para distraerse, abrió la cortina de la ventana y se sentó a mirar desde un sillón el paso de la vida allá afuera.

Mi conocido no tiene servicios sociales ni seguros de gastos mayores y está sin empleo, y para colmo, su familia se quedó en cuarentena en otra ciudad, y su única manera de obtener servicio médico son los consultorios particulares o los servicios del INSABI.

Asegura que cuando estaba mirando hacia la calle, de pronto sintió un dolor agudo en el abdomen y que de inmediato pensó acudir con algún médico. Llamó por teléfono al consultorio más cercano y le dijeron que el médico llegaría a las cuatro y media de la tarde. Comenzó a caminar dentro de su casa y sintió que el dolor a ratos aumentaba y, que sin saber cómo, se moderaba, pero no desaparecía. Podía haber ido a un consultorio más lejano, pero como no quería tomar un taxi y correr el riesgo de contagiarse de coronavirus, decidió esperar a que llegara el médico al consultorio al que había llamado.

Sin embargo, media hora después el dolor aumentó a grados casi insoportables y por primera vez en su vida se vio obligado a llamar al número 911. Conocía las leyendas urbanas sobre los llamados al 911, las historias que difunden los periódicos y lo que se dice en las calles, pero después de dos o tres timbrazos, una mujer contestó, le preguntó su nombre y el asunto por el cual había llamado. De manera sumaria, mi conocido le dijo a la señorita el malestar que tenía. La mujer lo escuchó y un minuto y medio después le dijo que lo comunicaría con un paramédico.

Mi conocido pensó que quizá lo dejarían en la línea y que se quedaría en manos de Dios, pero segundos después una mujer le respondió. Ella ya tenía los datos que él había proporcionado y lo volvió a interrogar sobre su malestar. En cuestión de dos minutos, la mujer le anunció que una unidad de servicio médico estaba a punto de salir hacia su domicilio. Él le dijo a la señorita que no tenía apoyo médico oficial ni ningún tipo de servicios social. Ella le respondió que no se preocupara, que todos los servicios eran gratuitos, que en la unidad de servicio médico que le enviarían iba personal especializado que lo podría ayudar y valorar su estado de salud.

Una sombra de duda pasó por la mente de él y se atrevió a preguntar si el personal que se presentaría en su casa llevaría esa vestimenta blanca que blinda al cuerpo contra los virus y en la que los que están dentro del traje sólo ven desde detrás de una mica. La mujer le respondió que sí, que el personal médico tenía que tomar sus precauciones y que tal como él había dicho, así irían a su casa.

En lugar de alegrarse, mi conocido sufrió un shock y se quedó balbuceando en el teléfono y alcanzó a decir que él no tenía coronavirus, que si lo iban a ayudar que le enviaran al personal con su vestimenta normal, la de paramédicos de casos distintos del coronavirus. La mujer le dijo que lo sentía, pero que la emergencia que vive el país les exige protegerse.

“En ese momento cruzaron por mi mente las imágenes que he visto en la televisión y las que destacan los periódicos en sus primeras planas, tal como si la muerte y sus accesorios fueran un espectáculo, esas imágenes en las que llegan los paramédicos a las casas y se mueven lentamente como si no hubiera gravedad, o como si caminaran en terreno minado. Vestidos con sus trajes blancos, los paramédicos llaman la atención, imponen su presencia, y pareciera que acabaran de llegar a un nuevo mundo, el mundo de la enfermedad”.

“Imaginé a mis vecinos observando la llegada a mi puerta de esos seres blancos blindados, quizá algunos lo lamentarían, y tal vez otros festejarían que me llevaran. Y supe que si yo permitía que los paramédicos llegaran a mi casa, vestidos así, como astronautas o algo parecido, y dejaba que me llevaran para atenderme de un mal que yo sospechaba menos grave que el coronavirus, jamás podría volver a mi casa, porque por más explicaciones que yo les diera, a partir de entonces para mis vecinos sería yo una especie de apestado”.

“De inmediato, me vi dentro de escenas en las que a mi regreso del hospital, la gente, mis vecinos, me esquivarían, e incluso se organizarían para fumigar mi casa, sus casas, la calle, el mundo. Entendí que cuando mis vecinos se cansaran de esterilizar, higienizar y purificar, vendrían decididos a sacarme de mi casa, a echarme de mi calle y, si podían, hasta de mi ciudad”.

“La señorita que me atendió me dijo que ella no tenía la culpa de ser la encargada de enviar las unidades de servicio médico, y que a ella sólo le habían pasado mi llamada para brindarme ayuda. Le dije que se lo agradecía y le expliqué que yo sólo había llamado para saber a qué hospital podría acudir por mis propios medios, en caso de que el dolor de plano fuera insoportable”.

“De inmediato, la mujer me dio los nombres de dos lugares y me preguntó qué era lo que yo iba a hacer. Le respondí que iría a un médico particular y que en caso de que el dolor aumentara o bien que me sintiera demasiado grave, volvería a llamar al 911 y que entonces sí aceptaría que enviaran la unidad de servicio médico, aunque me costara que mis vecinos me echaran de mi domicilio, porque lo importante era salvar la vida”.

Mi conocido dice que la señorita apoyó su decisión y que lamentó que ellos no estuvieran autorizados para realizar consulta médicas y menos para recetar por teléfono y le volvió a decir que sería bueno que enviara la unidad médica, porque llevaba personal especializado que en ese momento podría valorar su estado de salud y, que incluso, ellos podrían decidir si tenía que ser llevado a un hospital.

Aunque el dolor continuaba, moderado, mi conocido ya estaba horrorizado nada más de imaginarse la presencia en su casa de esos seres vestidos de blanco, como arcángeles de la muerte, y como pudo le dijo a la señorita que no enviara a nadie a su casa. La mujer volvió a ofrecerle el servicio médico y él respondió que buscaría atención particular.

El médico del consultorio no llegó a las cuatro y media de la tarde, tampoco a las cinco y media. Mi conocido se preparó un té de manzanilla y un licuado de avena, y continuó caminando dentro de su domicilio, porque si el dolor no disminuía, sí por lo menos él se distraía, y sentía que en cualquier momento podría solicitar auxilio en el número 911.

Luego de llamar cinco veces más al consultorio, la señorita que respondió le dijo que el médico llegaría a las siete y media. Pero no llegó a las siete y media, era domingo y posiblemente el médico estaba descansando o disfrutando de su tiempo libre. El médico llegó a las nueve y media de la noche y cuando le preguntó a mi conocido sus síntomas y lo auscultó, le diagnosticó inflamación de los intestinos y lo atribuyó al estrés y al exceso de alimentos irritantes.

En cuestión de cinco minutos, le hizo una lista de medicamentos, le impuso una dieta blanda, le cobró casi 600 pesos, lo envió a su casa, y le dijo que podría volver a consulta en el momento en que lo deseara.

Paréntesis

2 Responses to "Una llamada al 911, aunque usted no lo crea"

  1. Marce  31 mayo, 2020 at 2:22 pm

    Y qué sucedió, es un cuento o es de la vida real? Díganme qué pasó, por favor..

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  2. William  15 junio, 2020 at 10:31 am

    Que historia, sin duda nos representa a varios

    Responder

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