El adiós solitario

“Maldita será la tierra por tu causa y con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida, te dará cardos y espinas, comerás hierba del campo y comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella te sacaron, porque polvo eres y al polvo volverás.”
Génesis

Por Gabriel Mejía Pérez

El silencio lo devora todo, se siente una extraña soledad, si bien la muerte es contundente siempre y en cualquier condición, en medio de la pandemia es brutal: no hay acompañamiento, rezos, lamentos, solo el llanto individual; no hay familias, no hay amigos, no hay vecinos.

Sólo una larga espera y el calor, el inmenso calor que todo lo devora: al amigo, al hermano, al hijo, ésos que se compactan en una pequeña caja de madera, es lo que nos deja la enfermedad, se acabó el sufrimiento pero también se pierde lo hermoso, las alegrías, las enseñanzas y el amor, todo eso se convierte en ceniza pálida, así se vive la muerte ahora en la ciudad, aquella malévola que nos parece un animal salvaje sin sentimientos, esa misma que te ignora día a día, pero hasta ella se siente domada, callada despide a los suyos, sabe que quedarán sillas vacías en las fábricas, asientos libres en el metro, locales cerrados en sus comercios, patrullas sin copilotos, consultorios sin médicos, lugares huérfanos en sus estacionamientos, quedará aquel hueco que solo el tiempo cura, pero hoy es demasiado temprano, hoy es tiempo de llorar solitariamente.

Así se acaba la vida en los tiempos del Covid- 19 en la vieja Tenochtitlan.

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