El cumpleaños del abuelo

Por Simón Juárez

Llegaron, por fin, a la casa del abuelo. En la sala de estar depositaron sus escasas pertenencias y descansaron un momento. Luego Rosario llamó a la tía Jacinta, la única hermana de su padre que continuaba siendo parte del círculo familiar significativo.

-Espérame ahí, hija, no tardo, fue la respuesta.

Hacía 3 años que no veía a su abuelo que, ahora, debía tener 68. Lo sabía porque durante el tiempo que vivieron juntos, nunca se le había olvidado felicitarlo en el aniversario de su nacimiento. Ella y su madre habían desarrollado la costumbre, vuelta tradición al paso del tiempo, de hacerle un pequeño festejo el 8 de junio, el día de su cumpleaños; la mayoría de veces, los tres solos, aunque, en ciertas ocasiones, invitaban a alguno que otro familiar para que la fiesta se pusiera “más alegre”.

Aun después de que emigró a la Ciudad de México para estudiar una carrera universitaria, Rosario visitaba a su madre y a su abuelo en las fechas en que cumplían años porque, curiosamente, coincidía con sus periodos vacacionales; pero, en los últimos tres aniversarios, no había podido estar con su abuelo y en el último, incluso, se le olvidó hablarle por teléfono como lo había hecho los dos años anteriores. Eso la hacía sentirse un poco apenada.

Se justificaba pensando que su graduación primero, y luego su trabajo le habían impedido visitarlo en esa fecha tan significativa, para ellos, en los dos años previos y que, en el presente, las restricciones de la pandemia le habían hecho casi imposible el viaje; pero ahora, 15 días después, había logrado abordar un autobús para visitar a sus familiares y darle un fuerte abrazo y una cálida felicitación a su abuelo, aunque fuera un poco tarde. Quería expresarle, verbalmente, cuanto lo quería y cuanto le agradecía todo lo que había hecho por ella desde los años de su niñez porque, gracias a él, ahora era una profesionista.

Durante el viaje en autobús, Rosario intentó distraerse con las películas que el servicio de primera clase proyecta para sus pasajeros, pero no se podía concentrar, las noticias que recibió de su madre pocos días antes la habían preocupado. Pensó que su abuelo siempre había sido como el viento fuerte que sopla por las tardes anunciando la lluvia sobre su pequeña ciudad natal, en la Costa Grande de Guerrero. Se recreó en el recuerdo de aquellos años cuando su abuelo, con funciones de padre, se sentaba a su lado y le explicaba los enigmas de la naturaleza; luego volvió al presente y reflexionó sobre los tiempos recientes, en que la diabetes y la hipertensión arterial del abuelo se le habían complicado. Abrazó a su pareja y se recostó sobre su pecho, esperando que ese gesto de intimidad la tranquilizara.

Volvió entonces a los años de su infancia. Recordó que sus padres, al no tener casa propia, vivían en la casa de sus abuelos maternos ya que su madre era hija única. Su abuela falleció antes de que Rosario tuviera edad suficiente para guardar un registro de su imagen en la memoria. Su padre emigró a los Estados Unidos, cuando ella apenas tenía 6 años, esperando mejorar la situación económica de la familia, pero nunca regresó; aunque durante 7 años había mandado algún dinero para su manutención, gracias a lo cual, también le pudieron realizar una exitosa cirugía reconstructiva de labio-paladar hendido.

Por estas circunstancias, ella identificaba a su abuelo como su figura paterna. Al ser psicólogos, ella y Fernando, su pareja, sabían la importancia de una figura paterna y, al parecer, él estaba fascinado con la personalidad del abuelo, conocida a través de los relatos de ella y ansiaba conocerlo en persona. Rosario le había contado que, desde la desaparición de su esposa, el abuelo se había entregado por completo al cuidado de su única hija y de su única nieta y que gracias a su trabajo como profesor rural de educación primaria habían podido sobrevivir y procurar una educación formal para ella hasta el nivel universitario. Por eso no le extrañaba la premura de Rosario en que fueran a conocerlo y a invitarlo personalmente a su boda que habían programado para diciembre.

Bajaron del autobús, caminaron por calles bien conocidas para Rosy, como cariñosamente le llamaba Fernando. Se veían semivacías; las pocas personas que se cruzaron en su trayecto parecían caminar con la mirada triste, sin la algarabía propia que distingue a la gente de la costa, a pesar de sus condiciones de vida, desde siempre difíciles.

Cuando llegó la tía Jacinta le dio un abrazo fuerte a su sobrina y no pudo evitar las lágrimas.

Tu madre está hospitalizada, le dijo, pero ha reaccionado bien y está fuera de peligro. Tal vez mañana sea dada de alta.

Guardó un breve silencio, y agregó: la gente de aquí no hizo caso a las recomendaciones; decían que era un engaño más del gobierno para aprovecharse de nosotros, uno más de tantos; hasta que empezaron a morirse muchos.

Entonces se fue el abuelo. Primero le dio tos, se le subió el azúcar, luego le dio fiebre y no podía respirar. Se lo llevaron al Hospital General de Chilpancingo, pero no hubo suficientes aparatos y no se le pudo atender pronto. Por las dificultades que se tienen ahora, no se le pudo velar y rápido se le enterró; sin ceremonias.

Sabía que ibas a venir y le encargó a tu madre que te dijera que el día de su cumpleaños, se acordó de ti, y que tal vez, tuviste algo muy importante para no llamarle, pero que de seguro te habías acordado de él.

Leave a Reply

Your email address will not be published.