La momia Margot Primera

 

 

Imagen tomada de la página: https://abstract.desktopnexus.com

 

La momia Margot Primera ©

Aldo Fulcanelli

 

Marga dejó de ser amada a los veintiuno. Treinta años después, solo cuenta con su vieja madre postrada en una silla de ruedas, y una colección de brazos de muñeca con los que intenta suplir la calidez de un niño. También las docenas de fragancias para caballero a las que Marga, se abraza danzando el Valse Triste de Sibelius.

Cada medianoche, como si se tratara de un ritual, su anciana madre  cruza lentamente los largos pasillos de aquella morada de un piso para insultar a Marga. Como un arácnido, salta desde la oscuridad sacudiendo sus ajadas manos al ritmo de un sinfín de improperios. Al final, como siempre, la anciana termina alzando triunfalmente su pequeña copa de jerez al ritmo de una carcajada demencial, mientras retira su dentadura postiza con los dedos, en una señal macabra.

Aquel día, Marga hundió sus lágrimas en el fondo de una almohada con aroma de sándalo, les dio de comer a los pájaros en el patio de en medio, anduvo como un espectro, viendo como aquella casa larga se desplomaba lentamente sobre las regiones por donde el aire nunca ingresó plenamente, y las plantas se secaron a pesar de ser regadas cada día.

Marga se maquilla para sí misma todas las madrugadas. Habla con su colección de brazos de muñeca, inundando la estancia con el aroma de los perfumes de caballero, buscando exorcizar la maldición de no haber sido deseada, ocultando entre los afeites, las cicatrices invisibles que cercenan la piel de los casi muertos. Aquella tarde lluviosa, Marga salió a caminar por la cañada que se desborda por la parte trasera de la casa, quería morirse, los buitres desde las alturas palparon su olor estéril, haciendo rondas en círculo, con ese graznido horrendo que nos recuerda que  somos restos habitados por la voluntad, y cuando esa voluntad colapsa, todas las faunas ignoradas aguardan para devorarnos.

Marga pensó que aquellos graznidos que insultaban hasta al aire, eran el rumor de los tiernos valses de Chopin, aquellos que se escuchan para celebrar un nacimiento, o la magia del primer idilio, mientras descendió por el tenebroso lugar, plagado de aguas negras y ganado putrefacto. Mientras las ramas secas de los encorvados arboles rasguñaron su delicada piel de solterona, Marga escuchó dentro de su cabeza el crujir amplificado de las rocas rodando a su paso, el lento arrastrar de los gusanos urdiendo la tierra árida, también el croar de las ranas y el aroma a descompuesto de los arroyuelos tóxicos, todo como una sinfonía que antecede a la muerte.  Marga encontró a su paso un rojo pájaro herido, lo llevó consigo al interior de una oscura cueva, mientras el sol se puso lentamente. Marga pensó que tal vez el pequeño animalito cuyas alas revoloteaban pulsantes, era una muestra de la santidad de la vida, Marga titubeó, pensó en el dios al que nunca conoció, el dios de los libros sagrados o las mañanas dominicales. El dios de las matinés que nunca se aparece, un cascarón deshabitado que adhiere su nombre seco a las voces tipludas de las santurronas.

El leve palpitar de aquel animalito rojo, vivo todavía, le hizo añorar a Marga la calidez de unos brazos humanos, los besos húmedos de las bocas excitadas, las miradas desconocidas de los tórridos romances que a Marga la vida le negó, porque así estaba escrito. Marga pensó en su cruel recámara, ahogada entre sabanas y almohadas que ocultan la luz del amanecer, los brazos retorcidos de las ridículas muñecas, las cabezas de plástico amputadas por una mano que todo lo cercena a su libre antojo, ese dios, el cruel granjero que engendra a su ganado con engaños o canciones bonitas que acompañan al patíbulo, que acompañan los golpes en la nuca, y asesinar a los hijos es un arte, un arte de matanceros que acarician engañosamente la piel de aquellas pobres personitas, antes de ahogarlas para el festín.

Marga arrancó la cabecilla del moribundo pájaro con sus dientes. Marga bebió la poca sangre de aquel pequeño cuerpecillo palpitante. Marga tomó la mucha sangre de aquel pequeño grande que surcó los fétidos aires antes de morir. Marga murió implorando amor cuando su piel apretujó su cuerpo hasta expulsar el alma. Marga se cubrió de tierra seca en lo profundo de aquella cavidad oprimiendo las plumas rojas entre sus manos bajo los murmullos del rigor mortis y el profundo gemido infrahumano que brotó de la profundidad de la cañada

Marga Marga Marga

No me pregunten cuantos siglos después, pero un grupo de aldeanos encontró los restos de Marga en el interior de aquella cueva. Los lugareños se aterraron al verificar que a pesar del tiempo, su cuerpo estaba incorrupto, sosteniendo aún entre los dedos las plumas rojas del pajarillo. Vendieron los restos de Marga como una atracción de circo, pero la ciencia salvó sus restos de las ferias de pueblo, llamándole simplemente, la Momia Margot Primera, un vestigio dicen, de cómo eran las personas hace mucho, cuando aquellas regiones estuvieron habitadas, antes de que la vieja casa larga se hundiera entre el fango y la desolación. Antes de que la anciana madre de Marga, terminara muerta en un asilo, con el rostro fracturado por el puño de un lindo enfermero recién salido de la facultad. Antes de que lo humano feneciera en el interior de un condenado estómago por decreto de quien sabe qué omnipotente dios, o que la gente se tragaran unos a otros como arañas, y que el recuerdo, señal o noticia del pasado remoto sea la momia Margot Primera; monumento o ruina que se conserva de la crueldad de todos.

 

♠Paréntesis

 

 

 

 

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