Cinco minutos con Shostakovich

Dmitri Shostakovich with the Glazunov Quartet in 1940. Russian composer Schostakowitsch 25 September 1906 – 9 August 1975. Colourised version.

 

Aldo Fulcanelli

Dijo un poeta que la música expresa aquello que no puede decirse con palabras, pero no puede permanecer en silencio. La anterior frase es rotunda, pues resume la multifuncionalidad del entramado sensorial humano; la urgente necesidad de nuestra especie por expresarse más allá de las palabras, ideando códigos de comunicación mucho más eficaces, tanto así, que en su devenir dichos códigos de expresión no reconocen paradigmas o atavismos, tampoco divisiones geográficas e ideológicas, y me refiero al poder revolucionario de la creación artística, en este caso al de la música.

No hay quien entienda por ejemplo todas las palabras de la lengua española, tampoco habría la necesidad de hacerlo, frente a una sociedad que ha decidido “reeducarse” a partir de la utilización maniática de la red, y las tendencias que provocan la tergiversación de nuestro hermoso idioma en pos de evadir el ocio. Pero la anterior no es una reflexión purista, existe una conexión innegable del idioma con la música, a través del factor de la sonoridad, la lengua hablada  o la palabra escrita no fueron creadas por casualidad, son construcciones visuales y sonoras que al ser pronunciadas generan una reacción en el cuerpo, y una respuesta humana.

Las palabras pues, tienen una pronunciación, un tono y un acento, ello las convierte en creaciones perfectas que buscan traducir nuestras necesidades primarias y afectivas, lo mismo ocurre con la música, aunque esta última va más lejos al prescindir de lo “políticamente correcto”, que determina el uso del lenguaje en sociedad, para insertarse justo en el efecto que producen las emociones al escuchar determinados sonidos, como ya se dijo.

Concluiré sobre este punto, comentando que la música en sí misma es un lenguaje diseñado para enaltecer las más altas expresiones del género humano, las más recónditas, las interiores;  digamos incluso, es el idioma universal por excelencia, porque los procesos que sigue el Pensamiento Humano son los mismos en cualquier parte del mundo, independientemente de las costumbres de cada pueblo, constreñidas desde luego a factores geográficos y culturales indivisibles como ya se abundó.

La música pues, es la gran madre integradora de los pueblos del mundo, pues en todo el orbe, no existe casi nadie que resista una andanada de tonalidades bien dispuestas que produzcan nostalgia, alivio y hasta expiación. Resumiendo, diré que la música llegará adonde las palabras no alcancen; de ahí su aporte revolucionario. También agregaré que a diferencia de otras expresiones de la creación, la música no pasa de moda, no se destruye o desintegra, puede alterarse o mutar, pero no llega desaparecer totalmente a menos que la especie humana alcance su propia destrucción.

Quiero decir que un edificio, por muy bello podría llegar a ser destruido, o derrumbarse por la propia acción del tiempo, de igual manera una escultura o cualquier otra obra plástica, pero la música aunque a veces olvidada, retornará junto a la fragilidad de los nuevos tiempos. Siempre habrá alguien que silbe o tararee desde su soledad alguna melodía, esta misma será repetida tantas veces que pasará al dominio público, y de ahí posiblemente a la interpretación para de nuevo no olvidarse, recrearse bajo el influjo de nuevos ritmos: mientras haya memoria y pensamiento, habrá música, la misteriosa compañera, la mística conjuradora de lo sobrenatural que aligera la pesadumbre del Pathos; el dolor natural de existir.

Sirviendo la anterior reflexión a modo de preámbulo, hoy quiero referirme al autor ruso Dmitri Shostacovich (1906-1975), y en particular a su Concierto para Piano Número Dos en Fa Mayor, compuesto para su hijo en el año de 1957. Estamos ante la presencia de un autor cuya genialidad es francamente ilimitada, y cuyos recursos creativos le llevaron a componer obras profundas, otras tantas nostálgicas, siempre de la mano de armonías descomunales que le llevaron a cosechar tanto criticas como aplausos, en su trabajo como autor; Shostakovich jamás paso desapercibido.

Un artista sorprendente que despreció lo habitual por aburrido, sumergiéndose muchas veces en los andares de la música tradicional, para también utilizar como recurso al sentido del humor, el sentimiento trágico o la decadencia humana.

Dicho desprecio por elaborar una creación “a modo”, puede palparse en dicha obra, se trata pues de un concierto moderno que se aleja del exacerbado romanticismo de los conciertos para piano de Tchaikovski o del “sacralizado” Rachmaninov (compatriotas suyos), para sumergirse en elucubraciones propias de un jugueteo con toques marciales en su primer movimiento (allegro), y qué decir del tercer movimiento, una auténtica humorada que nos muestra que lo que menos pretendía el autor, era hacer gala de solemnidad alguna en ese momento, un auténtico scherzando por lo que dicho concierto no pocas veces ha sido tratado (injustamente) de “intrascendente”, a comparación de toda la obra musical de Shostakovich. Sabía el obsesivo genio ruso, que no pasaría a la historia por la elaboración de dicha obra precisamente, sino por la magnitud de su obra completa, de la que se pueden extraer momentos tan precisos como intensos para el acervo de la creación artística.

Sin embargo, lo que sucede en el segundo movimiento (andante), es verdaderamente inusitado para el resto de la obra. Se trata de un movimiento que no dura más de cinco minutos, los cuales rompen  de tajo con el vigor chispeante de los otros dos que integran el concierto.

Luego de un breve silencio, inesperadamente se escuchan las cuerdas que parecieran traducir la imagen del sol, con su luz matinal envuelta entre las nubes, el piano que introduce un canto sublime a modo de plegaria, los arpegios que dibujan el alma de un autor envuelto en las llamas del éxtasis divino.

El piano agoniza lentamente, le acompañan las cuerdas que acometen sutilmente como el soplo del viento que rige al mar profundo, el mismo viento que conmueve las nubes como si fueran el gran telón de la creación, la creación que anida en todas las cosas hasta su desaparición física cuando cambian de estado, y nosotros pensamos que han fenecido.

Este profundo movimiento, es la metáfora misma de la creación divina por aquello de “a imagen y semejanza”, frase que demuestra la manera en que la especie humana (por heredad) crea su realidad a partir del pensamiento, una partícula de vida que inunda el espacio por su luz y no por su tamaño, nuevamente el poder de la creación contenido en apenas cinco minutos de música.

Pero no es solamente música lo que hay en este segundo movimiento, sino la indudable presencia de un autor que ha evacuado toda pretensión banal de su ser para ir en busca del amor total, el vaciamiento interior para llenarse del proceso místico del encantamiento, el encuentro de perfecciones para garantizar la perfección de la música como un aporte espiritual.

Cinco minutos que demostrarían que la vida nunca es igual, tampoco la música, ni el día, ni las palabras todo se encuentra suspendido bajo el rigor de la contingencia, todo cambia, implosiona o se erige como las ideas, la construcción del arte como un arma inmaterial, con la que se combate al asfixiante devenir de la vida en sociedad.

Esos cinco minutos de la mano del “andante” de Shostakovich, bien valen una fotografía de Henri Cartier-Bresson, esas que retratan a la infancia a través del agujero de un viejo edificio donde todo calla, menos los ecos y el recuerdo que retornan con la misma fuerza al recordar a un ser querido, una voz un anima, un espectro atrapado en la última imagen que contuvo el iris, para restituir la sensación del primer encuentro.

Esa misma imagen que la memoria sedentaria reaviva al calor de las cuerdas de la profunda orquesta, con el piano meditabundo como faro de luz que detiene el acecho de las sombras mientras dura el “andante”, un exorcismo contra el olvido, contra lo falaz y efímero, cinco minutos de orquestada compasión que Shostakovich, el genio, regalo a la humanidad doliente.

Luego de escuchar una y otra vez el andante, solo para curar el alma, tengo que hacerme una pregunta ¿Que estaría pensando el genio Shostakovich cuando compuso esto? Cuando lo concibió, de su alma al cuerpo no estaba pensando, porque solo a través de la des-conexión casi total se pueden alcanzar estas regiones insospechadas del ser. El palpó esta creación, la hizo suya y la escribió, lo demás es cuento….creación inmediata y nunca igual. Así como ningún momento es igual aunque lo parezca, nuevamente nunca somos los mismos y el cerebro, prefiere el dolor a la inmovilidad.

 

♠Paréntesis

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