Esperanza en tiempos de dolor; un aria de ópera

Imagen tomada de la página: https://www.clarin.com/

Aldo Fulcanelli

Cada noche desde la ventana de un apartamento español, retiembla en la oscuridad la voz esplendorosa de una mujer, se trata de la experimentada soprano barcelonesa Begoña Alberdi, quien ha decidido alegrar los corazones de sus vecinos en confinamiento por la pandemia del covid-19; interpretando diversas arias del repertorio operístico. La pandemia ha castigado a la nación mediterránea con cientos de muertos y miles de contagios, logrando que se olviden los conflictos entre fracciones políticas que mantienen al Gobierno de Pedro Sánchez en el ojo del huracán, cuando las noticias por el desbordamiento de los hospitales o la insuficiencia del personal sanitario, provocan un impasse forzado.

En medio de la tregua obligada, nadie esperaba aquella noche una voz preciosa deslizándose entre el espacio que separa los edificios del vetusto barrio catalán, apoyada únicamente por una pista que reproduce la envolvente orquestación ideada por el genio italiano Giacomo Puccini (1858-1924). Como si se tratara de la imagen extraída de alguna película de Giuseppe Tornatore, la soprano abre su ventana y arroja la voz hacia el vacío, cual si fuera el ancla que obliga a interrumpir el barco de la vida, para que nadie olvide, para que no olvidemos que desde “El flautista de Hamelin” en la literatura, hasta “El coro de los esclavos”-de Nabucco- en la ópera, la música acompaña las tragedias y  triunfos del género humano de por vida.

Sin esperar butacas llenas ni telones de fondo que enmarquen la glamorosa otredad del bel canto, Begoña Alberdi demuestra la grandeza de una prima donna, se aproxima a la ventana como si fuera la actuación de su vida, deja escapar la cristalina tesitura que viaja por el suburbio a la velocidad del sonido. Mientras la soprano luce el fraseo de antología, se encienden una a una las ventanas de los edificios vecinos y el vibrato colocado con maestría ofrece su primer milagro haciendo que la incertidumbre que desata la tragedia se olvide, se olvide mientras dura el canto.

Ancianos y jóvenes por igual se aproximan a los balcones del barrio catalán, encienden los teléfonos para guardar el momento irrepetible cuando la noche emerge desde el fondo de su imperio intimista y Begoña Alberdi canta “Un bel dí vedremo”, la conmovedora aria de la ópera “Madama Butterfly” de Puccini. Estrenada el año de 1904, “Madama Butterfly” relata la historia de Cio Cio San (Butterfly), una joven japonesa perdidamente enamorada del Teniente estadounidense Pikerton, quien se ha casado con ella solo para vivir una aventura. Luego de la noche de bodas Pikerton se va de Nagasaki con la promesa de retornar, pero a tres años de ausencia Cio Cio San espera a su amado todavía-ignorando que este se ha casado con otra mujer en los Estados Unidos-, y Suzuki la doncella intenta convencerla de que Pikerton ya no volverá, entonces ella, con vehemencia canta “Un bel di vedremo”, un pletórico canto a la esperanza en el amor.

Un bello día veremos

levantarse un hilo de humo

en el extremo confín del mar.

Y después aparece la nave.

la nave es blanca.

Entra en el puerto, truena su saludo.

¿Ves? ¡Ya ha llegado!

Yo no voy a su encuentro, yo no.

Me iré a la cima de la colina, y esperaré

y espero, mucho tiempo.

Pero la larga espera no me pesa

Y, salido de entre la multitud de la ciudad,

un hombre, un pequeño punto,

sube por la colina.

Las palabras de Cio Cio San a su doncella se encuentran enaltecidas por una orquestación que la respalda de manera intimista, y que en la culminación del aria parafrasea con emotividad las notas de su canto, ofreciendo una catártica atmósfera plena de arrebato muy al estilo del romántico empedernido que fue Giacomo Puccini. Suzuki mira anonadada a Cio Cio San, la mira abrirse ante la certidumbre que genera la esperanza, como un delicado capullo que no encuentra diferencia entre la tragedia a la que se aproxima y la fe ciega que su amor produce, la mira extender sus alas prometidas de mariposa cuando afirma que su amado retornará en un día bello, y ella lo aguardará, aguardará en el centro de su exquisito abandono de mujer desde aquella colina de Nagasaki, contemplando en las alturas el momento de ensueño en que aparezca el barco que él dirige.

Pero muy lejos de 1904, en pleno siglo XXI la edad de las comunicaciones y la realidad convulsa, la soprano Begoña Alberdi en un acto en apariencia sencillo pero lleno de simbolismo y acompañado por el rigor de una artista del bel canto como ella-con 40 operas y más de 200 escenificaciones-, nos recuerda a todos el poder curativo de la música. Los edificios del suburbio catalán no se comparan con la grandeza de las colinas de Japón que imaginó Puccini, pero bien podrían serlo desde la imaginación de una mujer que noche a noche se despoja de los aires de diva operística para entregar amor a los españoles. No hay un barco echando humo como señal del retorno de un amor de ensueño, bajo las ventanas de Begoña solo hay avenidas desiertas, callejones que repiten en silencio la grandeza de la España de Isaac Albéniz, los crepúsculos del mediterráneo que alumbraron los cuadros de Picasso, la España de la arquetípica tauromaquia que hoy, se debate entre el dolor de la muerte y la esperanza que disuelve a ratos el nacionalismo insepulto con olor a Franco.

En la magna obra de Puccini la protagonista se suicida al saber que el corazón de su amado Teniente pertenece a otra, la sangre derramada por Cio Cio San en el clímax de su fatalidad nos permite asimilar la verdad donde el amor encuentra su realización suprema que es el sacrificio absoluto; a la manera de una tragedia griega. Pero desde su ventana la soprano Begoña Alberdi sabe que “Un bel dí vedremo” es un canto al amor perfecto, el amor bíblico que San Pablo enalteció y que no requiere de correspondencia, se complace el mismo, pero también es el amor arrebatado, ciego y sordo que el filósofo Ortega y Gasset definió con genialidad.

Todos aplauden la interpretación de Begoña, desde sus ventanas gritan vivas que rompen la tranquilidad de la noche, tal vez se trate de la mejor interpretación de su vida, un aria sin contratación ni flashes al vuelo de los paparazzi, un aria cantada para levantar los corazones afligidos. Desde entonces todos aguardan en sus balcones mirando las cornisas de los viejos edificios apuntar al horizonte, esperan el día hermoso que marcará la llegada del barco que porta la esperanza. Que aquello que perdimos en el devenir del cuento de la vida, lo que olvidamos en el sueño de la percepción nos sea devuelto, mientras el sol desde el oriente ratifica la trascendencia de la vida.

Paréntesis

Leave a Reply

Your email address will not be published.