COVID-19 y las Fronteras de Norteamérica

Guadalupe Correa-Cabrera

Guadalupe Correa-Cabrera

El viernes pasado, en el marco de la crisis sanitaria global por el COVID-19, los gobiernos de México y Estados Unidos acordaron cerrar, de forma parcial, su frontera al tráfico no esencial. El tráfico comercial no se verá afectado y tampoco se aplicarán restricciones a las personas que cruzan la frontera por razones laborales o para realizar actividades catalogadas como “esenciales”. Esta medida tendrá grandes repercusiones para las economías de ambos países pues afectará severamente al turismo y a otras actividades recreativas y económicas que sí son esenciales para familias y personas en ambos lados de la frontera, las cuales contribuyen también al desarrollo económico de sus países. Canadá llega con Estados Unidos a un acuerdo similar, al tiempo que otros países declaran también cierres de sus fronteras en distintas modalidades.

La pandemia por el COVID-19 representa un gran riesgo sanitario de consecuencias incalculables e inimaginables hasta la fecha. El contagio y las muertes se multiplican día con día en todo el mundo, y el miedo y las precauciones extremas se van extendiendo de forma acelerada para contener una pandemia para la cual aún no estamos preparados, no se ha descubierto la cura y sobre la cual aún se tiene un conocimiento limitado. Las medidas para contener la emergencia son difíciles de evaluar dada la incertidumbre y la velocidad observada del contagio. No es posible establecer juicios a la ligera pues estamos hablando de pérdidas trágicas de vida humanas que se van multiplicando de forma alarmante.

En medio de esta crisis, varios países—entre ellos el nuestro y su vecino del norte—han tomado medidas extremas como el cierre parcial de sus fronteras. A la tragedia humana y sanitaria de esta pandemia se une entonces la tragedia económica. Por ejemplo, las pérdidas en la industria turística, la industria del entretenimiento y otras, afectarán de forma importante la economía de Norteamérica en su conjunto, pero los más perjudicados serán los grupos más vulnerables en esta región, y sobre todo las personas que habitan en las ciudades fronterizas. México, será, por mucho, el país más afectado de Norteamérica por varias razones.

Los sectores más pobres en nuestras sociedades son aquellos que tienen menos capacidad de respuesta ante las crisis de distinta índole. En este caso, los pobres de Norteamérica viven al día, no tienen recursos para recibir atención médica adecuada en una crisis sanitaria de este tipo en el caso de contagiarse. Ellos y sus familias están más expuestos al contagio; la mayor parte de las veces no cuentan con seguro médico y deben salir a trabajar o a ganarse la vida de diversas maneras sin poder darse el lujo de esperar en sus hogares en cuarentena. La tragedia de las personas sin hogar (homeless) y de los migrantes indocumentados o irregulares se multiplica, pues los servicios para ellos son aún más limitados; muchas veces viven en condiciones insalubres o de hacinamiento extremo (en albergues, estaciones migratorias o centros de detención) y su acceso a servicios de salud de calidad son prácticamente nulos.

Los fronterizos y las comunidades fronterizas serán también las más afectadas por los cierres parciales de las fronteras. Muchas de las actividades consideradas como “no esenciales” en los acuerdos alcanzados la semana pasada son en realidad cruciales para la actividad económica y el desarrollo de las ciudades fronterizas. Los habitantes de estas comunidades no viven únicamente de la maquila o del comercio a gran escala. Existe una gran cantidad de actividades que generan ingreso para miles de personas que viven en la franja fronteriza. Ellos cruzan la frontera, en condiciones normales, para comprar artículos de uso diario, comer en restaurantes, participar en actividades culturales o de entretenimiento (incluyendo bares musicales, casinos, cine, teatro, etcétera), visitar centros comerciales, entre muchas otras actividades que forman parte de su vida cotidiana—la cual se desarrolla en ambos lados de la frontera.

Los cierres parciales fronterizos contribuyen también a la separación de familias de manera temporal, pues las personas que no son ciudadanas de una nación o de otra tendrán una movilidad restringida y no podrán visitar a sus familiares en lo social o en la enfermedad como lo acostumbraban. Todo esto tendrá repercusiones importantes en el ámbito material, social y psicológico para todos los habitantes de esta tierra. La pandemia del COVID-19 nos hace tomar conciencia de lo globalizadas e interconectadas que se encuentran nuestras sociedades. El esfuerzo mundial por eliminar las fronteras—que fue relativamente exitoso, aún con sus altibajos—se ve fuertemente frenado por esta emergencia sanitaria de naturaleza global. Volvemos a la era del mercantilismo y los globalistas (o aquellos que apoyan las fronteras abiertas) van perdiendo la batalla mundial.

En esta crisis, el país más afectado de Norteamérica será, en forma definitiva, México, que es el menos desarrollado y el que se encuentra menos preparado para hacer frente a la pandemia. Mucho se ha dicho sobre la respuesta supuestamente tardía e inadecuada del gobierno mexicano ante la emergencia del COVID-19. Es probable que así sea y que en breve se comiencen a sentir los efectos negativos exponenciales de una crisis sanitaria que otras naciones no han podido siquiera controlar. Sin embargo, aún debemos esperara para poder establecer cualquier juicio certero al respecto. El caso de México es un caso extremadamente complejo por varias razones.

En primer lugar, la magnitud de la informalidad en el mercado laboral mexicano limita la capacidad de las personas para mantenerse en cuarentena, aplanar la curva epidémica y limitar así el contagio del COVID-19. La tasa de subempleo y la enorme cantidad de empleos precarios en México agravarán la situación del país, no obstante lo que decidan las autoridades. El país no parece tener recursos suficientes para enfrentar la precariedad del mercado laboral mexicano en tiempos de crisis extrema como ésta. Si los mexicanos más pobres no salen a trabajar diariamente, no comen. Esta podría ser la tragedia de muchos de los más de 52 millones de pobres en México o casi el 42 por ciento de la población en el país (según cifras del CONEVAL). La manera en que el gobierno de México enfrentará estos grandes retos—el coronavirus y la pobreza—es aún incierta.

Por último, es preciso mencionar la tragedia de los migrantes y de México como país receptor, especialmente cuando se negocia el cierre parcial de su frontera con Estados Unidos y la recepción de migrantes centroamericanos deportados. Aún no nos queda claro a muchos cómo se manejará la situación de los migrantes irregulares y de aquellos que buscan asilo en Estados Unidos. Dado que el vecino del norte parece que cerrará sus fronteras a este tipo de migraciones y al turismo, podríamos hablar de un número indefinido de personas vulnerables y extremadamente pobres forzadas a esperar en México. No obstante que Estados Unidos pareciera haber hecho algunas concesiones a México, aún quedan muchas dudas acerca de la implementación de los acuerdos y del manejo real de las peticiones de asilo y de las deportaciones en periodos de crisis sanitaria por el coronavirus.

Lo que parece anticiparse es en realidad una extensión del programa “Quédese en México” (MPP por sus siglas en inglés) para aquellos quienes buscan asilo durante la emergencia por el COVID-19. Parece difícil que en época de crisis económica y sanitaria, Estados Unidos reciba a migrantes de Haití, Cuba, el sudeste asiático y el continente africano, los coloque en las estaciones migratorias, procese sus casos y haga las deportaciones necesarias vía aérea a sus países de origen.

Es preciso, por lo anterior, y por la falta de claridad en las informaciones y comunicados al respecto, que los gobiernos de nuestras naciones nos expliquen mejor cómo van a manejar en realidad el problema humano de la migración irregular que huye de la miseria y de la violencia con destino al mundo desarrollado de Norteamérica (Canadá y Estados Unidos), y no a México. Los pobres en México y los migrantes en particular que deben esperar en este país serán, sin lugar a dudas, los más afectados por la emergencia global del coronavirus. Estados Unidos parece lavarse las manos en lo que se refiere a su responsabilidad con los refugiados del mundo subdesarrollado, desconociendo así los acuerdos internacionales existentes.

México se encuentra en una situación de extrema precariedad en la actualidad pues parece no tener la capacidad de enfrentar su propia crisis sanitaria, ni brindar la atención adecuado a sus más de 52 millones de pobres. Además, en esta difícil situación, ¿cómo podrá dar atención nuestro país a los miles de migrantes deportados que le endosa Estados Unidos y a los refugiados que esperan en México una oportunidad para llegar a un país realmente seguro? La crisis económica y sanitaria es real, enorme y la vive todo el mundo, pero ¿por qué los mayores costos los tienen que pagar las naciones y los seres humanos más vulnerables? Se requiere generosidad, conciencia y solidaridad mundial ante la crisis. La tragedia de los migrantes y los pobres en México podría propagar el virus a niveles inimaginables y ello afectaría al mundo entero (principalmente a Estados Unidos). Ojalá que el vecino distante de nuestro país lo entienda. México no puede ni con su propia tragedia en tiempos de la pandemia. ¿Cómo endosarle entonces la tragedia de quienes buscan otro destino?

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