Nona Fernández aviva retazos de la memoria

Por Juan Carlos Talavera

La escritura es una lucha contra el olvido”, afirma la escritora chilena Nona Fernández (Santiago, 1971), quien visita México para presentar Space Invaders, una de sus novelas más catárticas que aborda la dictadura de Augusto Pinochet desde la mirada de niños y jóvenes que no se muestran inocentes ni indefensos ante el horror de una memoria colectiva que los asoma a esa herida abierta, aunque es cierto que ‘el monopolio del horror no es chileno’”.

Es triste constatar que en América Latina tengamos un lenguaje común a partir de las vulneraciones, en un mundo que vive importantes polarizaciones, fascismos y que empiezan a mostrarse muy feroces, donde uno teme que se repitan hechos tan sangrientos como los que vivimos no hace mucho, y por eso es necesario revisar y reactualizar estas historias que se registraron en situaciones del pasado”, dice en entrevista con Excélsior.

La autora, que en 2017 recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y estuvo nominada al National Book Foundation en la categoría Literatura Traducida, lanza en México esta novela que construye un relato coral y una imagen cambiante de la vida juvenil chilena y latinoamericana durante los últimos años de la dictadura.

En Space Invaders, explica la autora, “lo que intento es darle un espacio a un hecho que no es parte de la gran historia oficial, tal como sucede con la vivencia de esos niños que convivieron cerca de un agente y de un criminal de la dictadura, como era el padre de Estrella, justamente porque hay una cantidad de información y de historias que van quedando en el camino y, aunque no las vamos a conocer todas, me interesa aportar algo a ese gran palimpsesto que es la memoria colectiva, hecha de muchas historias que están al margen de lo conocido”.

Al mismo tiempo, dice, se trata de un texto donde la historia es fundamental, no sólo porque aborda el recuerdo de la autora, sino porque el relato problematiza la manera en que cada uno recuerda los hechos.

Recordar es un acto en presente, pero la memoria en sí es tan arbitraria, acomodaticia y rebelde que cada uno de los personajes recuerda lo que quiere, ya que es muy difícil encriptar y oficializar la memoria. El libro refleja eso y demuestra que la memoria colectiva se arma a retazos, con pedazos de distintas versiones. Y aquí, en concreto, está ese grupo de niños que intenta recordar cómo fue su vivencia con esa compañera que terminó ser la hija de un asesino de la dictadura”, comenta.

¿Es una historia real? “Es bastante real, no en su forma, pero sí en su fondo, porque está inspirada en mi propia vivencia de ser compañera de Estrella González. Así que esta novela se arma a partir de los recuerdos que teníamos de ella y de su padre, Guillermo González Betancourt, quien efectivamente no tenía una mano y eso era impactante para nosotros cuando éramos niños, aunque a él le daba lo mismo, con esa impunidad ante el horror del otro, donde da igual que los niños se vean afectados por ese gesto, por esa desnudez de su
mano ortopédica”.

DESPERTAR POLÍTICO

En la novela, publicada por el Fondo de Cultura Económica (FCE) también aparece el despertar político de esos chicos, explica Fernández, “y aunque había gente que se mantenía al margen y nunca se enteró de nada, yo me moví en un ambiente muy político y los niños estábamos cruzados por eso, con la observación a los más grandes y a otras generaciones”.

Creo que los niños no fueron inocentes, sino que tomaron opciones y muchos murieron en hechos dictatoriales. Así que también me interesaba revelar eso, ese llamado de la selva a los 13 años, por imitación o convicción, cuando entramos en ese universo y salimos a la calle y algunos chicos militaban en un partido político, lo cual suena increíble, y luego cambiaban a otro, pero claro que había un intento por ejercer la política, porque en esos tiempos pensábamos que se podía articular algo desde nuestra edad y que no podíamos quedarnos al margen y que teníamos que hacer algo”.

¿Qué papel tuvo la literatura en la vida de estos niños?, se le pregunta. “Como lectora, a mí la literatura me ha salvado la vida, me ha acompañado y me ha hecho una mejor persona. Cada libro me aportó y cuando quise estar al otro lado e intentar ser escritora, porque uno siempre está en el intento, empecé a escribir a partir de mi
desasosiego y mis inquietudes. Siempre he sido fiel a eso. Así que cada libro que escribo es sobre algo que no entiendo y que cuando termino el libro entiendo menos”.

¿Esa lucha tuvo los resultados esperados? “Tenía la fantasía de que, cuando la democracia llegara, tendríamos esas explicaciones, pero no llegaron todas. Encontré en la escritura un espacio de reflexión e investigación a esos enigmas. Cada libro es una nueva pregunta que intento trabajar y que sirve como una lucha contra el olvido. Mi idea ha sido proporcionar en cada libro un espacio para fijar algo que la historia oficial y la memoria colectiva han dejado fuera”.

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