‘Un Desierto para la Danza’ arde, por los desencuentros

Un Desierto para la Danza (UDPD) es referente entre los festivales nacionales. Organizado a través de la curaduría de tres grupos sonorenses y con 27 años de llevarse a cabo en Hermosillo, pasa por una crisis que enfrenta a una buena parte de los artistas de la danza contemporánea con las autoridades culturales de Sonora.

El desencuentro no es circunstancial, sino resultado de una desafortunada decisión de Mario Welfo, director general del Instituto Sonorense de Cultura, de no dialogar con aquéllos que le piden reunirse para discutir cuáles son las mejores estrategias para trabajar conjuntamente.

Así las cosas, el UDPD tiene el precedente de un encuentro dancístico realizado en 1985, por Adriana Castaños y la que escribe este artículo. Para 1992, se logró cierto apoyo federal al incorporar a Hermosillo a la Red Nacional de Danza fundada por el INBA. El formato y el título del evento fue definido por las autoridades, junto con los creadores a quienes se les pidió que se hiciesen cargo de la curaduría de compañías y talleristas.

Los grupos “anfitriones” –Antares Danza Contemporánea, de Miguel Mancillas; Producciones La Lágrima, de Adriana Castaños, y Quiatora Monorriel, de Evoé Sotelo y Benito González– se encargaron, hasta el año pasado, de escoger sin recibir pago alguno, a los participantes.

El Instituto de Cultura, por su parte, asumió el compromiso de sufragar los gastos respectivos al pago de honorarios, transportación, boletos de avión, etcétera.

Pero ahora, la tensión entre Welfo y el colectivo Producciones La Lágrima, encargado de ser anfitrión este año, ha llegado al punto en el que, en una grosera carta sin firma, el Instituto de Cultura se ha deslindado de los grupos anfitriones y sostiene –palabras más, palabras menos– que, ya que ellos son los que pagan, modificarán el formato como mejor les parezca, y que hay un sinnúmero de artistas jóvenes que también tienen derecho a ser incluidos.

Abogando por las nuevas generaciones, Welfo no consideró ni siquiera la posibilidad de ampliar el festival para incluir a Melva Olivas, Gabriela Ceceña y Pedro Núñez, entre otros; o, dado el éxito que tiene la danza contemporánea, hacer otro evento para reconocer talentos emergentes.

Pero hay un pero. Y es que los jóvenes –y algunos ya maduritos– no sólo quieren ser incluidos, sino cuestionan que la curaduría sólo la ejerzan tres grupos y no ellos también. Enojos más o menos de todos los involucrados, lo que queda claro es que el modelo de la “festivalitis” se agotó en Hermosillo.

No vale la pena programar y no pagar –hubo adeudos a artistas que se cubrieron hasta ocho meses después– un supuesto gran festival –ya está encima el próximo, porque debe iniciar en abril– y mejor invertir en proyectos cotidianos que generen mayor continuidad a la ya de por sí exitosa danza contemporánea.

Welfo está equivocado al ignorar y no recibir a Adriana Castaños. Ella, entre otros logros, es integrante del Sistema Nacional de Creadores, Premio Nacional de Coreografía y Medalla Bellas Artes; y, desde 1985, se ha dedicado en Sonora a algo que él, en realidad y por desgracia, desconoce de pe a pa.

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