Novelas y migración

Jorge Alberto Gudiño Hernández

Jorge Alberto Gudiño Hernández

He sostenido, en otras entregas, que la literatura ayuda no sólo a entender al otro, sino a generar empatía por éste. La crisis migratoria que hoy atraviesa la discusión pública saca a flote lo peor de algunas personas. Si bien es cierto que hay quienes defienden a los migrantes, existen muchas voces que hablan en su contra, rebajándolos a personas de segundo nivel que no merecen el derecho humano de atravesar una frontera cuando en sus países la violencia los ha obligado a dejarlo todo. Es a ellos a quienes recomiendo la lectura de cuatro novelas que tratan el tema de esta migración, la de la frontera sur, y el arduo camino que les quedará recorrer cuando libren la barrera con el fin de intentar una mejor vida, algo que, sin duda alguna, merecemos todos.

Dos de las novelas se sitúan en la frontera sur, sin llegar más lejos. La primera es “La Mara” de Rafael Ramírez Heredia, quizá el primer novelista que trató el tema. Es una novela en varios planos que retrata lo que se vive en esa tierra de nadie, donde conviven la violencia, el fanatismo y el dolor de quienes buscan atravesar el país. Su título alude a un grupo criminal que, por décadas ha violentado a quienes buscan perseguir su sueño. Es un despliegue de recursos narrativos que nos permiten transitar a lo largo del horror.

La segunda es más reciente. “Las tierras arrasadas” de Emiliano Monge nos muestra cómo la maldad humana también tiene claroscuros. Los personajes que la habitan son, cuando menos, siniestros. Son los presuntos encargados de hacer una selección que terminará esclavizando, cuando no matando, a los inmigrantes. Las rutas por la selva parecen un descenso a los infiernos. Y, pese a ello, pese a toda la perversión de quienes viven ahí y se aprovechan de los que ya no tienen nada, una historia de amor despunta.

Los otros dos libros cuentan el recorrido a lo largo de nuestro país. Más que una novela, “Amarás a dios sobre todas las cosas”, de Alejandro Hernández parece un documental escrito. Con la precisión que le da su oficio de periodista, el autor hace el recorrido de una familia de migrantes hondureños. Los sigue en su tránsito hacia la frontera norte. También los va dejando en el camino, ya sea lisiados, ya listos para ayudar a nuevos migrantes, ya víctimas.

En “La fila india”, Antonio Ortuño plantea una novela polifónica. En ella se mezclan noticias de periódico, personajes de ficción, comunicados oficiales y otros registros. Como tiene un pie en la realidad, nos enfrenta con atrocidades propias de criminales de lesa humanidad. Y es a lo largo de esa ruta donde una mujer mexicana y su hija buscan cómo salir indemnes mientras la madre cumple con su trabajo. El final, además, ofrece un giro de tuerca propio de los grandes fabulistas.

Quizá estas novelas no sean suficientes para abarcar toda la podredumbre humana que hay en el asunto migratorio, tampoco toda la bondad que existe en algunos voluntarios. No importa. El mosaico que ofrecen basta para que el más recalcitrante de los lectores comprenda que, si alguien está dispuesto a enfrentarse con lo que significa nuestra frontera sur, primero, y la travesía a lo largo de nuestro país, después, lo menos que merece es apoyo. Quedarse impávido frente a lo que sucede o, peor aún, condenar la migración centroamericana, es propio de personas que no son capaces de reconocer al otro como un ser humano pleno y eso, a la larga, sólo reduce su propia condición. Permítanse, pues, la posibilidad de esa empatía a través de la literatura.

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