Nueva Orleans, la insoldable

Imagen tomada de la página: https://www.losandes.com.ar/

Aldo Fulcanelli

A pleno sol, una angosta callejuela de la icónica Nueva Orleans es testigo de una procesión funeraria acompañada por música de jazz. Tras la banda musical avanza lentamente una carroza, en su interior, los restos mortales del finado. Al lado de la procesión, una anciana intenta huir de la escena tapando sus oídos, como si con ello se diera un chance para evadir a la muerte, como si dejando de escuchar los  incisivos acordes que balbucean el jazz,-aquella música de mala reputación edificada por la influencia de la negritud que se coló a las grandes salas para hechizar a los blancos- la muerte cediera un ápice aunque sea, de su ineludible portento.

No es raro que en esta misteriosa ciudad fundada por los franceses, el jazz se utilice para celebrar a la muerte, se encuentra anclada en el sur, la misma región que atestiguó el tormentoso esclavismo que los políticamente correctos, intentan evadir en sus charlas aderezadas por bebidas dulces en las noches salvajes del Mardi Gras. Pero Nueva Orleans, la ciudad flanqueada por el legendario Misisipi y los pantanos que parecen arrastrar las quejas de los esclavos con sus cantos espirituales, conserva en las fachadas centenarias, en sus edificios de arquitectura francesa y española la huella de la historia, así como el dolor de un pasado imbuido por la segregación racial que parece entrelazarse con las jornadas de francachela eterna, mientras que los muros resquebrajados de la ancestral ciudad, retienen los cánticos del vudú heredados por el sincretismo.

En su poema “Joven en Nueva Orleans”, el escritor estadounidense Charles Bukowski (1920-1994) se refirió a Nueva Orleans como “un lugar para esconderse”, el poeta miró en el Barrio Francés los carruajes abiertos con choferes negros transportando damas y caballeros blancos, un lugar donde la luna parecía falsa-o daba esa impresión-, una melancólica ciudad plena de ratas, donde el desenfado permite olvidar el nombre de las personas. La trama de la obra de Tennessee Williams (1911-1983) titulada “Un tranvía llamado deseo”, también acontece en Nueva Orleans, el director de la versión fílmica de 1952, Elia Kazán, supo también dotar a la cinta de ese raro sentimiento de abandono anímico, pareciera que Blanche Dubois, el personaje principal de la obra, cuya belleza yace opacada por la sombra del alcoholismo, encarna en ella misma el espíritu errabundo de Nueva Orleans.

Entre los estertores de la locura, Blanche narra idílicamente su juventud, asediada por los hombres, henchida de placer como la primavera, su presencia alucinante pareciera arrancada de un fantasmal recuerdo donde la luz del amor fuera sustituida por la pasión carnal, y el martirio del pasado real la removiera  como un fardo. La triste historia de la Blanche Dubois de Tennessee Williams, personaje ineludible en el teatro y el cine, ocurre en una Nueva Orleans hipnotizada por el aroma de la noche, el ruido de los barcos que parecieran llevar la promesa de un nuevo amor para Blanche, un amor que al final no llega, y Blanche se desmorona como un esperpento, succionada por la ciudad de calles que se hunden junto a la neblina, y una vendedora-salida de quien sabe donde- ofrece “flores para los muertos”. El director Arthur Lubin (1898-1995) filmó “Nueva Orleans” (1947), cinta de culto para los amantes de la música, que con su bien lograda fotografía logró recrear los casinos donde el Jazz se tocaba casi de manera clandestina, mientras la trama entrelaza una historia de amor con las actuaciones de Billie Holiday y Louis Armstrong, para el deleite de los amantes del género.

En 1987 el director Allan Parker ofrece un thriller de rara belleza, donde el suspenso, la muerte y la brujería tienen como escenario Nueva Orleans en la cinta: “Angel Heart”, protagonizada por Mickey Rourke y Robert de Niro, basada a su vez en la novela “Falling Angel” de William Hjortsberg. Espacio aparte merece “Entrevista con el Vampiro” (1994), cinta de Neil Jordan basada en la novela homónima de Anne Rice, que empata su trama de horror con la tradición mítica de historias de vampiros de la legendaria Nueva Orleans, donde también se desenvuelve la historia.

En su álbum “New Orleans Memories” (1939), el pianista estadounidense Jelly Roll Morton (1890-1941), ofreció un homenaje a la ciudad que logró abandonar el espacio reservado a la cartografía, para instalarse en el imaginario de todo amante de la música. El álbum se encuentra aderezado por el estilo ágil y a la vez evocador de Morton, quien se convierte en el entrañable cronista musical por excelencia, de la ciudad multicultural que en sus paredes guarda los ecos de la dominación francesa y española, así como la paráfrasis de la negritud sureña afroamericana, instalada en los ritmos de blues y ragtime que Morton interpretó como un mago.

Pero más allá de la irrevocable conexión de Nueva Orleans con las artes, es imposible aproximarse a ella sin atender su omnipresente relación con la muerte. Además de edificaciones históricas, sus cementerios son lugares imponentes donde florecen ante la mirada humana las lápidas y mausoleos, muchos de ellos derruidos por la acción del tiempo, revitalizados por los practicantes del vudú, quienes colocan a su lado ofrendas y entierros en honor de sus muertos.

Los ecos de la ancestral religión Yoruba que irrumpiera en América con la llegada de los esclavos, sobrevive junto al aroma a superstición y sortilegio en pleno siglo XXI, en los sitios en que la especia humana-irremediablemente atraída por la ancestral conexión a lo sobrenatural- ha reservado bajo el influjo de lo sacro, profano y maldito. Pero lejos de los muros prohibidos de los camposantos, los vivos se divierten en el tradicional Mardi Gras, la fiesta nocturna con sabor a carnaval donde pulula el alcohol, la promiscuidad, también los juegos clandestinos, así como las nada agradables noticias acerca de turistas que no retornaron a sus hogares.

La Nueva Orleans devoradora, la sodomita con disfraz de dama pulcra, la misma que tras su máscara incandescente de imperatrix carnavalesca, esconde la pestilencia de los desechos humanos que la ciudad hereda cada noche, pareciera proyectar aún-para el contento de los melómanos-, las imágenes de la eterna Billie Holiday acompañada por la trompeta del no menos brillante Louis Armstrong, en aquella cinta de Arthur Lubin. Ella aparece cantando con su voz pastosa, los labios torcidos por el feeling, ataviada con flores y collares como una reina afro.

La sencillez de su vestido nos recuerda que lo suyo es cantar, mientras los músicos que la rodean, la miran como a una deidad negra, cuando ella entona prodigiosamente: “Do You Know What it Means to Miss New Orleans”. Su voz de intermitencias insólitas nos recuerda que ha renacido el jazz, que el jazz no muere, como tampoco fenece la memoria. Que cuando el tiempo desintegre nuestros cuerpos habrá tal vez algún cronista ciego con fama de chamán, el hablará de Nueva Orleans como una Atlántida surcada por calaveras y pianos, un sitio arrebatado a la geografía, una ciudad fantasmal reclamada para el imaginario.

Paréntesis

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