La empatía y la literatura

Jorge Alberto Gudiño Hernández

Jorge Alberto Gudiño Hernández

La semana ha sido una vorágine noticiosa por el conflicto que detonó tras el asesinato de Soleimani. Eran varios afluentes los que nutrían el río noticioso: desde la legitimidad del ataque hasta las consecuencias del mismo. La reacción de Irán, al atacar una base militar en Irak, disparó más alertas. Hubo una tensa calma en lo que llegaba la respuesta norteamericana. Como fue larga, las redes sociales, que ya estaban encendidas por la histeria, decidieron hacer de la especulación la moneda de cambio.

Hubo avisos de una tercera guerra mundial. También memes por doquier y análisis “expertos” de quienes conocían poco el asunto. Luego llegó una noticia reveladora: ningún ciudadano norteamericano murió a causa del ataque. La histeria se volvió desesperanza para quienes creen que una guerra es buena. También alivio, para aquéllos que consideran que la vida de una persona es más valiosa que la de otra.

Una de las muchas cosas que nos aporta la literatura es la experiencia del otro. Cuando leemos una historia, somos capaces de adentrarnos en personajes disímiles entre ellos y, sobre todo, diferentes a nosotros mismos. No es cosa menor. Esto deviene en empatía. En la capacidad que tenemos de comprender al otro, en un primer momento, en respetarlo y, por último, en sumarnos a sus causas. Más, cuando éstas están relacionadas con el dolor.

Se necesita ser muy torpe, muy lego o completamente insensible, para lamentar que no iniciara una guerra. Es cierto que la mayoría de los habitantes de las redes sociales de este país nunca han vivido alguna. También es afortunado. Pero no se necesita haber estado en el campo de batalla para saber de los horrores que ahí suceden. Basta con haber leído un poco (o mucho, cada quien sus parámetros), para estar consciente de lo indeseable de las batallas. Novelas hay por doquier. La guerra es un tema sumamente literario porque los personajes están al límite, porque la cantidad de sufrimiento que en ellas se genera es un material nada despreciable para la literatura. Si ésta se centra en captar la naturaleza humana, el dolor, la incomodidad, el miedo, las infames condiciones del combate y demás, son un campo fértil para la narración.

Se necesita ser un tanto inhumano por alegrarse de la muerte de personas de cierta nacionalidad porque no murieron las de otra (o estar vinculado con ellas). Como si el simple hecho de profesar una ideología, religión y sistema de pensamiento diferentes redujera su valor como seres humanos.

Más allá de nuestras fronteras y de nuestra lengua, existen libros bellísmos protagonizados por aquéllos a quienes consideramos diferentes. Y son capaces de conmovernos aunque no compartamos puntos de vista. La literatura nos permite ese traslado a la consciencia del otro. Un trayecto que permite la empatía. Y la multiplicación de esa empatía nos puede alejar de deseos estúpidos como el del inicio de una nueva guerra o de más muertos del otro bando.

No quiero mentir: leer literatura no nos hará mejores personas. Pero, al menos, nos permitirá entender lo indeseable que resulta el sufrimiento ajeno. Y eso, ya es un gran paso.

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