Un siglo de Juan García Esquivel

Imagen tomada de la página: http://imryt.org/radio

Aldo Fulcanelli

En 2018, la Orquesta Nacional de Jazz de México, rindió un homenaje-concierto por su natalicio, al pianista, arreglista y compositor mexicano de fama mundial Juan García Esquivel (1918-2002), introductor del género lounge a finales de los 50’s, incansable promotor de una estética musical novedosa, basada en una acústica enriquecida por las bondades estereofónicas en las que Esquivel ahondó, como un gambusino, amén de la utilización de sonidos electrónicos de total vanguardia.

El homenaje, fue el pretexto ideal para reunir a más de una veintena de músicos en escena dirigidos por Tim Mayer, así como las voces de Iraida Noriega, Laura Itandehui, Suzanne Long, y Persi Vignola Schacht, con una muy lucida selección del repertorio integrado por temas como: “Yeyo”, “Burbujas”, “Granada”, “Bésame Mucho”, “Harlem Nocturne”, “Acapulco”, entre otras. Retomar la trayectoria de un legendario autor como Juan García Esquivel, reverenciado todavía en los Estados Unidos, es una muy original opción para los melómanos que buscan dejarse atrapar por el cúmulo de reverberaciones, estrambóticos arreglos, coros y orquestaciones de exótica manufactura, que integran la obra del músico que fuera reconocido en el mercado de habla inglesa y América Latina; simplemente como Esquivel.

Pero el sonado éxito llegaría tiempo después de su incursión al legendario estudio Azul y Plata de la XEW, donde se ocupo de musicalizar con su piano, los programas cómicos del momento, desde entonces, se apreciaba ya el talento natural de aquel joven veinteañero, fanático de los arreglos incidentales de sonora genialidad, que poco a poco le abrirían el camino a la angosta industria discográfica.

 Luego de contribuir con la banda sonora de las cintas: “Cabaret trágico” (Alfonso Corona Blake, 1958), “Locura pasional” (Tulio Demicheli, 1956), “La locura del rock and roll” (Fernando Méndez, 1957), Juan García Esquivel fue invitado a grabar con RCA Víctor, lo que significó su verdadera incursión al mercado internacional, desde entonces, con discos grabados en la Unión Americana, crecía de a poco el mito de Esquivel, el joven músico mexicano que invadió el cuadrante de la radio con boleros, clásica, chachachá y swing, dotado este de un muy puro estilo enriquecido por orquestaciones incrustadas en cambios rítmicos inesperados, a modo de insólitas humoradas, y los posteriores ensambles de veintenas de músicos haciendo uso de las cuerdas, los instrumentos de viento- metal, las percusiones y los incitadores coros. 

Con gran éxito, Esquivel inició la escalada internacional parafraseando a los consagrados Glenn Miller, Consuelo Velázquez, Cole Porter, Gonzalo Curiel, María Grever, y muchos otros autores, de una manera entusiasta, que llevó como rúbrica el infaltable sabor latino, amén de una fastuosa disposición armónica de los instrumentos. Los años 60’s abrieron los ojos ante un Esquivel experimentando con sonidos estereofónicos, que contribuyeron a ensanchar el entonces novel género lounge, hasta iniciar el movimiento space age pop como subgénero del easy listening, ya de la mano de novedosos utensilios que admitieron a lo electro acústico, así como una mordaz utilización de las voces dispuesta con humor, a la par de una cálida sensualidad plena de reminiscencias afrolatinas.

De tal manera llegaron los álbumes: “To Love Again” (1957), “Four Corners of the World” (1958), “Other world, other sounds” (1958), “Exploring New Sounds in Hi-Fi” (1959), “Strings Aflame” (1959), “Infinity in Sound” (1960), “Infinity in Sound Volume 2” (1961), “Latin-Esque” (1962), llegando a grabar el álbum “More of Other Worlds and Other Sounds” (1962), nada menos que para el sello de Frank Sinatra: “Reprise Records”. La consagración derivada de las miles de copias vendidas alrededor del mundo, llegaría con los discos “The genius of Esquivel” (1966), y “1968 Esquivel!!!” (1968), ya como un artista convertido aparte, en una solvente figura de la industria del entretenimiento en Las Vegas, a donde llegó por expresa invitación del propio Sinatra, gracias a quien la orquesta de Esquivel, engalanó  con sus shows noche a noche, el Stardust Resort and Casino, de 1963 a 1971.

La presencia de Esquivel en La Vegas, fue sinónimo de calidad musical, creatividad y excelencia, motivando que centenares de seguidores abarrotaran sus presentaciones, mismas que siempre estuvieron marcadas por la sofisticación, el toque humorístico, tanto como el colorido latin blood hot, que caracterizó a toda la obra del músico tampiqueño. El frio sonido de las fichas en las apuestas, fue silenciado durante los años de oro de Las Vegas, por la orquesta de Esquivel, quien contribuyó a convertir lo que fuera un sitio integrante del mundanal ruido simplemente, en un verdadero templo enaltecido a la más deliciosa placidez del ocio.

Cuando el viejo disco de acetato inicia girando sobre el tornamesa, se abre la paleta de colores sonoros que distingue al universo de Esquivel. Comienza entonces la inexplicable excitación, en el momento en que el órgano, xilófono, viola, chelos, trompeta, se apoderan sutilmente del momento, mientras una sensual voz de mujer irrumpe en la partitura, dando paso a un acordeón de autentico sabor parisién. Cuando uno cree que lo ha escuchado todo, reinician los scherzando electrónicos que empatan genialmente con las llamativas evocaciones de Esquivel a Brahms o Mozart, las congas dibujan entonces la expresiva demencia funcional de un ser todo armonía, reminiscencias al mambo, al más fino jazz de la Costa Oeste, retornan también las ambientaciones espaciales enmarcadas en los efectos utilizados por el maese Esquivel.

En un ir y tornar de imágenes, llegan a la falsa memoria que estimula el deja vu, los recuerdos de las marquesinas de los teatros en la colosal América retadora como los rascacielos neoyorquinos, vistos desde la negra inmensidad del mar que rodea a la Manhattan implacable. Las castañuelas narran las argucias de los cuentos en la Andalucía de los crepúsculos de oro, que bañan de rojo sangre las callejuelas angostas, el disco ha llegado a su fin, pero la música continúa sonando sin partitura ni instrumento desde las enigmáticas sendas del oído interno. Juan García Esquivel murió en enero del 2002, dejando tras de sí un grandioso legado fortalecido por su pasión por lo diverso, que lo llevó a buscar la vanguardia.

En los Estados Unidos, escuelas de música, foros, y bandas llevan su nombre, en México sobrevive por el culto que genera la posesión de algunos de sus exquisitos acetatos. Esquivel es uno de esos artistas que a pesar de su ausencia física, interpreta cada día mejor; una muestra del poderoso espíritu atemporal que la música proclama, la medicina sensorial de efectos curativos hasta la benevolencia, que para contento de la doliente especie humana; surten efectos inmediatos.

Paréntesis

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