El desmembramiento de la palabra

Tomás Calvillo Unna

Tomás Calvillo Unna

Para Conchita Calvillo, quien cumplió (en el sentido pleno de la palabra) 102 años la semana pasada y hace unos meses le escribió un mensaje al Presidente López Obrador, subrayándole: “A mi edad, la Patria me importa”.

Ella que aprecia las palabras, que las cuida, y no se rinde; plena de libertad que su paz interior despliega: generosa y distante por igual de la mezquindad y la soberbia, dos de nuestras enfermedades endémicas.

I

Cuando arrecia la lluvia lo mojado ya inundó.
Si se vienen otros sucesos hay que dejar que el agua
en sus airosos bambús y cordones de líquida luz,
diseñe con la finura que le corresponde
la química de su música en los goteros del amanecer
y la arquitectura de nuestras emociones;
y con suerte
su coro de voces que comparte con los árboles y sus copas
perdure en las ventanas
donde el abanico del canto se escucha
y casi danza, en los paisajes.

Porque sí,
el agua es lo más próximo al alma;
y de eso trata desde hace siglos,
el asunto pendiente en que nos hemos enfrascado y perdido.
En sus grandes espejos donde saltamos
desde los charcos de la infancia
hasta la partida del océano;
y es aquí donde quisiéramos
que el cielo también se pronuncie
aunque sea de cabeza.

Así podremos recordar
los milenarios orígenes que nos anteceden,
aquello que deslumbraba a los mayas y griegos
y que los olmecas,
que ya andaban de jaguares
en la inmensa cueva de la noche,
indagaban hasta la médula
con la punzante obsidiana de su filoso instinto
al saberse felinos.

Desde hace siglos,
son los ríos celestes
que no terminamos de nombrar…
Libros y diccionarios
en acuíferos tan profundos
que es difícil rescatar
alguna palabra, algún vocablo,
ni siquiera un acento, ni una coma

Que silencio el de la misma cascada
cuando en la distancia ya se advierte en su cauce,
e irrumpe y se apodera
de toda cercanía
en implacable granizada
hélices del agua
que alejan las nubes
y en la serpentina altura
pareciera que suben y bajan
sin detenerse un segundo.

Salpicados reflejos
en las hendiduras del cristal
el aplauso propio del viento
su cosecha cargada de minucias
que en los ojos arde:
la pura piel de sal.

Y si otra vez, es nada menos y nada más, que el mar,
ese vientre tocado por la eternidad,
para sembrar su aliento portentoso del que emerge la historia.

Ahí estamos,
sombras en el muro donde el sol incendia su decoro y
borra la sangre de los índices que señalan el ojo de Dios.

Y el agua,
el agua nuestra que cura su quemadura y apaga su celo,
¿de dónde proviene?
La escucho dentro de ti, de nosotros, la escucho…

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