Tiempos oscuros

Jorge Alberto Gudiño Hernández

John Connolly es un autor irlandés que ha encontrado el éxito con una serie de novelas policiacas. Con más de quince libros que han vendido millones de ejemplares, Charlie Parker, su detective, es un referente contemporáneo del género. La mayor parte de las historias se desarrollan cerca de Portland, donde vive el investigador. Para quienes no conocen la saga, harían bien en comenzar leyendo “Todo lo que muere”, la primera entrega de la misma. Así se enterarán de la cantidad de dolor que puede soportar el protagonista.

Llama la atención que, dentro de cada uno de los casos que resuelve Parker, haya componentes cercanos a lo sobrenatural. Nótese el “cercanos”, pues es importante. Muchos de los enemigos a los que se enfrenta están imbuidos por creencias perniciosas. Así, algunos están convencidos de que su papel en el mundo es proteger ciertos valores, vivir en comunidades aisladas al mando de un fanático religioso u obedecer las órdenes de una entidad tan superior como abstracta. Como el propio Parker asegura, lo importante no es si uno cree o no en ello, sino que hay quienes lo creen y actúan en consecuencia. La relevancia de este planteamiento radica en que, a diferencia de otros detectives contemporáneos que se topan con ladrones o grandes corporativos que no tienen reparos a la hora de asesinar a quien se ponga enfrente, los antagonistas de Connolly son personajes que tienden al mal. Ya sea que lo justifiquen como un cuestionable bien a su comunidad, ya que lo hagan por órdenes de ángeles oscuros o dioses invisibles, el asunto es que la maldad se ha apoderado de ellos. Una maldad lesiva, violenta y contundente. De ahí que la saga del autor irlandés sea una de las más oscuras con las que uno se pueda topar.

Conozco a John desde hace varios años. Hemos coincidido en algunas ocasiones y procuramos una pausada pero constante correspondencia electrónica. Alguna ocasión le he comentado sobre los horrores de su saga, de su capacidad para salir de ella, toda vez que es un tipo afable y divertido. También, cuando la oportunidad se presenta (que cada vez es más seguido), le he compartido historias de las que nos lanza la prensa a la cara. Así, le conté sobre el monstruo de Ecatepec, para no ir más lejos. Incluso le comenté que era un personaje que parecía salido de sus libros pero, tristemente, era real.

Su respuesta fue contundente. Aunque hay mucha maldad en las miles de páginas que él ha escrito, cuando lo compara con lo que sucede en la realidad, los suyos parecen cuentos de hadas.

Y es eso lo que me llama la atención. La maldad humana existe. Ha tenido cabida en nuestras sociedades desde el principio de los tiempos. Son inevitables los dementes que, justificados por una voz interior, deciden destazar y comer a sus víctimas, para no ir más lejos. Su inevitabilidad es lo que preocupa. Estos sujetos no son producto de un tipo de gobierno o de una ideología sino de alguna enfermedad mental. El asunto estriba en ser capaces de contenerlos. No siempre se puede pero el reto está ahí. Más allá de lo que ha escrito Connolly, piénsese en las múltiples series televisivas y películas sobre asesinos seriales. Ahora, bájese a la realidad. Mientras los gringos crearon, por no ir más lejos, departamentos especializados en perfilar la conducta, aquí atrapan de casualidad a un asesino de decenas de mujeres, encontramos fosas atestadas de cadáveres y dejamos libre a quien despertó a su mujer a batazos.

Es inevitable la maldad, es cierto. Pero es responsabilidad de todos y, en especial del gobierno, hacer todo para contenerla. No hay literatura, por cruel, violenta y contundente que sea, capaz de reproducir el dolor que vivimos en estos tiempos tan oscuros.

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