La sociedad malhumorada

Ernesto Hernández Norzagaray

Ernesto Hernández Norzagaray

Polarizar, es el verbo de las emociones, el de la negación de la razón, el de la confrontación que no necesita del acuerdo político, el que tiene en vilo a todos e impide los arreglos, el consenso. Es el sentimiento que se impone e impide el juego y las reglas de la dialéctica democrática. Ese mal humor público que lastima la sana convivencia porque todos estamos enojados en nuestra trinchera, con nuestra verdad irreductible y en las antípodas en el terreno de las conjeturas, las imposturas ideológicas, el mundo binario del bueno o malo, el discurso bipolar de izquierdas y ultraderechas.

Está aquí y va para largo. No hay día en que una noticia tremendista no sacuda la conciencia pública y no podía dejar de estarlo en una sociedad cuando diariamente se atiza la confrontación. Más, cuando hay un campo fértil en una sociedad profundamente desigual y agravios acumulados por décadas, donde mucha gente quiere antes que instituciones fuertes la venganza simple y llana. No hay el antídoto en el horizonte sino un fuerte incentivo para la multiplicación de la polarización en el espacio público. Y, es que, cualquier tema por menor que sea, tiende a polarizar, sin racionalidad de ninguna clase, sólo se trata de reducir el mundo a su mínima expresión.

Este sentimiento, claro, no es exclusivo de México, lo vemos hoy en España, Chile, Argentina, Brasil, Venezuela y no se diga en Bolivia o Chile. Su virus se esparce con extraordinaria rapidez sea a través de la sobremesa de personas agobiadas por las malas noticias o las redes sociales que son el vehículo perfecto excelencia para la construcción de una sociedad malhumorada. Que busca cobrar agravios reales o ficticios. Propios o ajenos.

Atrás de ese malhumor están los grandes medios de comunicación y de los políticos empoderados que distraen con la polarización sobre los temas de fondo mediante discursos y narrativas incapaces de conciliar las diferencias que están instaladas en la opinión pública. Entonces, los medios hacen de esa confusión una vía para elevar el negocio a través del rating de los programas y comunicadores de noticias estelares y los políticos hacen correr el tiempo en medio del escándalo constante.

Este estrés social creado es lo que define hoy la naturaleza de sociedades como la mexicana. Así, para sólo tomar los acontecimientos de las últimas semanas basta ver que el culiacanazo terminó banalizado por las estrategias de desinformación que se pusieron en marcha y en esa línea los acontecimientos trágicos que terminaron con la vida de mujeres y niños de la familia LeBarón en la Sierra Madre Occidental se ha optado por el silencio gubernamental y la salida de los sobrevivientes hacia los Estados Unidos.

Y, no se diga, con el caso del ex Presidente boliviano Evo Morales que ha venido a ganar el espacio mediático que deberían tener otros asuntos de interés público, cómo es el de la designación de una nueva presidente de la CNDH, que en medio de la trifulca en el Senado de la República, se ha habilitado como tal a una militante morenista que ha rendido protesta en medio de empujones y gritos con la promesa angustiada de “no voy a fallarle a los ciudadanos”.

O sea, los temas se acumulan sin que haya una solución satisfactoria a ninguno de ellos, sólo cada vez una nueva versión de la espectacularización de los asuntos mayores de la vida pública. Sucede en estos y otros hechos en el primer año de Gobierno obradorista y eso atiza a una mayor polarización social y política.

Lo riesgoso de todo este asunto es que la burbuja de la polarización no se queda ahí, genera incertidumbre no sólo social sino económica. Aunque no podemos atribuir a que el comportamiento de esta se deba a esa variable tampoco podemos dejar de ver sus efectos en la percepción entre los dueños del dinero.

Incluso, la polarización podría estimular la fuga de capitales, como sucedía en el pasado nacionalista priista. El problema es que, en una atmósfera altamente polarizada, tóxica, dejan pocos intermediarios políticos. Menos todavía los equilibrios naturales del poder. Se refuerza eso sí, la figura del presidente que se vuelve en los hechos el factótum del poder en la conversación pública, con la gran resonancia de las conferencias mañaneras.

Y ¡aguas!, un Presidente que llega con una amplia legitimidad política abusando de ella podría terminar por minar su propio Gobierno. La historia nos da muchos ejemplos para ser valorados. Para no ir muy lejos está el caso de Vicente Fox, que al revés por no querer actuar como lo prometió en campaña, hizo un Gobierno light, conciliador con las “víboras y tepocatas”, que mantuviera el establishment y terminó en el basurero de la historia. Hoy, el señor de las botas, es motivo de risa con cada nuevo dislate que pronuncia. Nadie lo toma en serio sino es que suscita todo tipo de críticas y burlas.

México, no necesita la polarización que generan los medios y sus políticos, sino dejar a un lado las emociones y buscar algo de racionalidad, necesita la concordia para reformar, mediante pactos, las instituciones del viejo régimen. No podemos quedar en un impase permanente donde se echen abajo las instituciones viejas sin que se construyan las nuevas. Las que sean capaces de restablecer la confianza pública y disminuir las fuentes de tensión que estamos viviendo.

En definitiva, la polarización de la vida pública es un recurso insano que puede provocar que una sociedad viva permanente en la burbuja del escándalo político y generando atmósferas adversas para la atención de los problemas comunitarios diarios, sin embargo, no puede dejar de verse que igual lime la legitimidad obtenida en las urnas.

Y, es que, hay quienes desde la política ven en la polarización una oportunidad para ganar o conservar espacios teniendo a una sociedad en un estado permanente de confrontación, división, fuera de sus cabales, siempre discutiendo el tema del día, sin considerar que las sociedades construyen mejor en el acuerdo racional entre los agentes del poder y con una sociedad menos malhumorada.

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