‘Toda muralla se convierte en ruina’: Soler Frost

La muralla es una construcción de miedo que resulta pavorosa y amenazante, afirma el narrador y ensayista Pablo Soler Frost (Ciudad de México, 1965) en Grietas, su ensayo más reciente, en el que explora la historia de la muralla desde Uruk, en Mesopotamia a manos de Gilgamesh, así como las “murallas ciclópeas” de Micenas, Troya, Babilonia, Jerusalén, Mayapán y hasta la de Donald Trump entre México y Estados Unidos.

Levantar una muralla es parecido a cerrar para siempre una arteria ligada al corazón, lo que podría provocar la muerte… aunque también están las murallas dentro del pensamiento, que fungen como un límite para las ideas y el desarrollo de las civilizaciones”, advierte el también autor de La soldadesca ebria del emperador, Cartas de Tepoztlán y El misterio de los tigres.

Sin embargo, Soler Frost recuerda que toda muralla, con el tiempo, se convierte en ruina. “Recordemos que la primera muralla construida por manos humanas (en Uruk) es hoy una ruina.

Esos muros no siempre son construcciones físicas, sino que a veces pueden ser muy abstractos e invisibles, muros ideológicos o del pensamiento que uno mismo crea”, explica.

Además, hay murallas que después se convierten en paseos, como la de Adriano, ubicada en la isla de Britania, que fuera ingresada a la Lista del Patrimonio Mundial por la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura).

El libro abre con una reflexión sobre el destino de todas las murallas: “La primera muralla construida por manos humanas es hoy una ruina. Es más, esa primera muralla es menos que una ruina. Se ha desintegrado: no es sino polvo disperso, que no está junto ya, polvo que nadie recuerda, que ya no es siquiera”, enfatiza.

Otras murallas son exploradas desde el ámbito de la literatura, como en el caso de Jorge Luis Borges y su texto La muralla y los libros, en el que escribió casi todo lo que se puede decir, mientras que Franz Kafka y Alessandro Baricco abordan la famosa muralla China, entre muchos autores más.

Sin embargo, ahora me interesan los muros que señalan las escritoras, es decir, esos muros que poco a poco son demolidos (sobre diferencias entre hombres y mujeres). Me parece muy bien el hecho de que escritoras y artistas señalen esas murallas de una manera metafórica o puntual”, precisa.

El volumen hace la diferencia entre muros y murallas. Por un lado, “el muro es necesario y es algo que puede levantar una sola persona, y es necesario porque la naturaleza no le concedió al ser humano una coraza ni garras para sobrevivir, así que éste le sirve para proteger, cuidar y separar cosas que no deben estar juntas”.

Mientras que una muralla es una construcción colectiva, onerosa y prolongada, cuyo efecto es cortar toda comunicación. “Las murallas sirven para el ego, para que un grupo de personas se sienta mejor y superior a otro; sirven para guardar cosas que los otros no tienen, como en el caso de la frontera entre México y Estados Unidos”.

Pero también hay murallas invisibles, como los prejuicios, “que son una muralla que heredamos o que construimos… la muralla es una idealización de nuestros pecados capitales. Ahí está la soberbia, la envidia, la codicia, la avaricia”.

La muralla —prosigue Soler Frost— es lo contrario al corazón o a la mano extendida, es un puño que intenta guardar dentro de sí en la palma algo que no quiere compartir con los demás… es un instrumento fácil para los demagogos, aunque también hay murallas que uno mismo construye y podría romperlas cada día”.

En el libro, publicado por la editorial Turner, Soler Frost recupera a John Ruskin, quien afirma que una muralla es definida “como un cerco unido y liso, ya sea hecho de madera, tierra, piedra o metal. Las cercas de metal, sin embargo, rara vez forman una verdadera muralla… Las murallas sustanciales, sean de tierra, de piedra o de madera tienen, en su forma perfecta, tres distintos miembros: la fundación, el cuerpo o velo y la cornisa”.

Para finalizar, Soler Frost recuerda que algunas culturas que usaron murallas y para sortear los peligros, se fueron refugiando cada vez más en lugares inaccesibles, como el pueblo hopi (tribu nativa de América), que para resistir los embates de sus vecinos utilizaron escaleras para acceder a los lugares más recónditos en donde vivían. Sin embargo, fue una solución que hoy parece impensable.

Y asevera: “Aunque podría pensarse que las murallas físicas son peores que las invisibles, considero que más bien la peor es con la que te toca lidiar, la que te pega, la que enfrentas cuando no te dejan entrar a un lugar. La peor muralla es la que no te deja avanzar”.

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