La delgada línea entre conservar y perder el control

Por Nistela Villaseñor

Nadie te hace sufrir, te rompe el corazón, te daña o te quita la paz. Nadie tiene la capacidad al menos que tú le permitas, le abras la puerta y le entregues el control de tu vida. Viktor Frankl.

¿Recuerdas cuando Bruce Banner, un científico de mente brillante –bajo estados de furia, excitación y miedo–, se convertía en un monstruo verde dotado de una fuerza sobrehumana capaz de dar saltos de cientos de metros, aguantar la respiración bajo el agua y soportar el disparo de un misil en su pecho? Claro, se transformaba en Hulk: un ser agresivo, con intelecto infantil, que buscaba con violencia que lo dejaran en paz (irónico, por cierto).

Podríamos decir que, pese a que Banner-Hulk sufría cada vez que se transformaba física y emocionalmente, le iba bien porque ponía en su lugar a todo aquel que lo atacaba, e incluso llegó a casarse con el amor de su vida: Betty Ross. Por desgracia –o afortunadamente–, Bruce Banner y Hulk son seres ficticios.

Cuando en una persona impera un carácter irascible y explosivo es mejor reconocerlo y trabajar en ello porque, como reza la frase trilladísima: el que se enoja, pierde. El iracundo da un mensaje de debilidad, desgasta energía y tiempo durante su enojo y, finalmente, ese estado emocional lo enferma.

Carl Gustav Jung, psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, dijo con sabiduría: “Todo lo que nos irrita de los demás nos puede llevar a una comprensión de nosotros mismos”.

El enojo o ira es una emoción –como miedo, alegría y tristeza–, y como tal, es una  reacción psicofisiológica temporal. En otras palabras: el enojo –cualquiera que sea su intensidad– es pasajero. ¿Qué tanto vale la pena convertir dicha emoción en una acción destructiva, que repercute en la confianza hacia los demás y propicia la ruptura de relaciones laborales sanas, si es algo que pronto va a pasar?

Lo mejor para conservar el control y huir de la ira es responder a esta emoción con asertividad: ni agredir ni someterse pasivamente a la voluntad de otras personas; manifestar con firmeza convicciones y necesidades, y defender con respeto los derechos propios, así como hacer valer los de los demás.

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