El rostro de Dios: a 30 años de la caída del Muro de Berlín

Por Carlos R. Gutiérrez

an pasado 30 años de un mágico e inesperado suceso, sin embargo, lo recuerdo como si hubiera sucedido hace apenas unos instantes.

Me refiero a este próximo 9 de noviembre, que se conmemora el día en que el mundo incrédulo era testigo de la manera en que el maldito e infranqueable Muro de Berlín, pared fortificada y custodiada por 14 mil efectivos, que dividió familias enteras y brindó argumentos para asesinar a los ansiosos de libertad, cedía su ominosa razón de ser. Muralla que, en el ocaso de ese inolvidable día, alrededor de las 23 horas, agonizó para siempre, junto con sus 302 torres de vigilancia.

Comprendamos el contexto: Erich Honecker, líder de la Alemania comunista, el 19 de enero de ese 1989, comentó: “El Muro permanecerá 50 años, e incluso 100 años, mientras no se eliminen las razones que lo hacen necesario” y apenas, el 5 de febrero de ese año, Chris Gueffroy, un joven de apenas 21 años, fue abatido al intentar saltar el Muro y luego, Winfried Freudenberg, el 8 de marzo, murió cuando su globo casero se estrelló durante el sublime intento de alcanzar la libertad.

Ellos fueron las últimas víctimas.

CASUALIDAD

La caída del Muro envuelve otro significado: coincide con el 9 de noviembre, pero de 1938, con la espantosa Kristallnacht o “Noche de los cristales rotos”, en la que perdieron la vida por lo menos 91 personas y se quemaron 191 sinagogas, que significó el preámbulo del abominable Holocausto.

Sería lamentable que sólo se recuerde el noviembre de 1989, y no el de 1938, el cual acarreó al mundo la peor manifestación de intolerancia, discriminación y odio racial colectivo que hoy, lamentablemente, son realidades resurgidas en el mundo entero.

El Muro, con una longitud de 160 kilómetros, como símbolo de vergüenza, intolerancia y muerte, se mantuvo en pie 28 años, dos meses y 27 días. Costó la vida a más de 190 personas y fue burlado por 5,075 personas, entre ellas, irónicamente, 574 soldados que lo custodiaban, pero que no dejaban de apreciar la vida del otro lado.

REMEMORAR

Hay que celebrar su caída, pero sin obviar la infinidad de muros visibles e invisibles que aún pueblan al mundo, particularmente a nuestro país, hablo de esos que separan las comunidades y personas, que hacen imposible la convivencia y la paz; me refiero a esas ideologías irresponsables que, desde el poder, dividen y hacen perder lo más por lo menos, a esos irresponsables políticos que, por afanes egocéntricos, olvidan a todos sus gobernados -a México- provocando innecesariamente una peligrosa polarización social.

Insisto: evoco este acontecimiento para estimular la memoria colectiva, para tomar conciencia de la inmensa barrera física que hoy mismo se construye en la frontera norte del México y de los cientos de inmigrantes que padecen y mueren, en el sur y en el norte, en el intento de encontrar un futuro esperanzador.

Compartamos la historia de este Muro a los jóvenes para que aprecien su libertad y consideren la apremiante urgencia de ser éticos y responsables en todos sus actos; para que tomen conciencia de la injusticia social, de los migrantes y de las personas que en nuestro país viven en distintas formas de esclavitud y discriminación; para todos darnos cuenta que, mientras continúe en México la pobreza, la impunidad, la corrupción, la injusticia y la violencia, habrá también Muros que derribar.

RECORDANDO

Cuando aún no se había secado el cemento del Muro, el joven sastre Günter Litfin fue abatido a tiros el 24 de agosto de 1961, cuando intentaba cruzar a nado el canal que lo separaba del sector occidental. Fue una masacre: a pesar que levantó sus brazos en señal de entrega y que uno de los dos soldados en la torre de vigilancia advirtió a su compañero que no disparara, el joven de 24 años, recibió un tiro en la nuca.

Narra su hermano: “hacía sólo diez días que habían comenzado a levantar las alambradas”, “si Günter hubiera sabido que esa misma noche se había dado la orden de disparar sobre cualquier fugitivo, nunca lo habría intentado”.

Un año más tarde, el 17 de agosto de 1962, el mundo se conmocionó al ver las imágenes de otro joven, de 18 años de edad, me refiero a Peter Fechter, que moría desangrado en la alambrada del Check Point Charlie.

La busca de la libertad que emprendieron dos amigos, terminó en tragedia.  Increíble, pero cierto: como advertencia general, los militares de la RDA decidieron dejar morir desangrado a Fechter, mientras los periodistas, desde el otro lado, impotentes tomaban evidencias de su lenta agonía.

Y desde ahí, la lista es interminable.

Y EL MUNDO CAMBIÓ

Riccardo Ehrman, un periodista que trabajaba para la agencia italiana Ansa, fue quien formuló una pregunta tan embarazosa para el Gobierno de la RDA que precipitó el tránsito libre de ciudadanos a ambos lados de Berlín:

Ese 9 de noviembre se había convocado a una rueda de prensa que tenía la intención en comunicar que el Gobierno de la RDA iba a permitir que los ciudadanos alemanes del Este pudieran viajar con más facilidad al Oeste, pero nadie les creía, pues en ocasiones anteriores, el régimen había realizado anuncios parecidos que después resultaban totalmente falsos.

Precisamente, al final de la conferencia, Ehrman inquirió en voz alta: “señor Schabowski (el alto funcionario de la RDA responsable del comunicado), ¿cree usted que fue un error introducir la Ley de Viajes hace unos días?”.

Ehrman se refería a una ley de permisos de viaje muy confusa que había provocado un éxodo de miles de alemanes a través de las fronteras de Checoslovaquia y Hungría.

“Schabowski se puso nervioso”, recuerda Ehrman, entonces, sacó unos papeles del bolsillo, y repitió que, para evitar más líos, los ciudadanos de la RDA podrían ir al Oeste, esta vez sin pasaporte ni visado: sólo mostrando el carné de identidad o un documento parecido. En ese momento, Ehrman no le dejó tomar aire y preguntó: “Ab wann?” (¿a partir de cuándo?). Schabowski volvió a consultar los papeles y, sin mirarle a la cara, respondió. “Ab sofort” (inmediatamente).

Ehrman describe: “lo significativo no fue mi pregunta, sino la respuesta”, “Cuando escuché las palabras de Schabowski, creí que había caído el Muro. Fui un miope. No me di cuenta de que, en realidad, estaba cambiando el mundo”.

CAMINO A LA LIBERTAD

A partir de ese momento la gente empezó a derrumbar al muro, “al principio los que cruzaban tenían sus dudas, los soldados no estaban enterados. Pero cuando se conoció la orden y levantaron las barreras, empezó a producirse un éxodo feliz e inesperado: el salto a la libertad, por el cual muchos habían dado la vida, era mera cuestión de caminar y decir ¡auf Wiedersehen!”.

“Nadie podía creerlo: la gente circulaba de un lado al otro sin que nadie se interpusiera. A los primeros curiosos se sumaron cientos de berlineses que habían oído el rumor; y los cientos pronto fueron miles. A la medianoche, Berlín era una fiesta y el Muro se había convertido en un espectro de cemento, hierro y concreto. Su ignominiosa misión había terminado”.

MUROS INVISIBLES

En este nuevo aniversario del desmoronamiento del Muro, es menester saber que existen otras murallas que personalmente requerimos derribar: esas que construimos cuando nos cerramos a los demás, cuando buscamos la libertad, pero no la responsabilidad; cuando discriminamos a las personas por ser diferentes; cuando no respetamos el derecho ajeno; cuando usamos gafas oscuras para ignorar la injusticia y la pobreza y entonces actuar en consecuencia; cuando mediante nuestras ideas y actos, deliberadamente deshumanizamos nuestro entorno inmediato.

En fin, es fundamental recordar esta fecha para alentaros a derribar los abundantes muros de indiferencia que impiden percibir las esperanzas frustradas de los “otros”, que imposibilitan observar nuestro propio rostro en los rostros de los demás, percibir en ellos la mismísima cara de la humanidad. Inclusive el rostro de Dios.

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