La violencia es una peste

Gustavo De la Rosa

Gustavo De la Rosa

Ciudad Juárez es un ejemplo de cómo la violencia se va adueñando de nuestra vida y nos va encerrando en nuestra casa.

En 2015, y a través de la participación ciudadana, logramos bajar los índices de violencia desde 3 mil 622 homicidios en 2010, cuando éramos la ciudad más violenta del mundo, hasta 312, es decir, reducimos las tasas de homicidios en un 90  por ciento. Pero en 2017, empezaron a repuntar otra vez los asesinatos.

En 2006 y los años anteriores se registraron menos de 250 homicidios por año; en 2007 fueron 320; 2008, mil 623; 2009, 2 mil 754; 2010, 3 mil 622; 2011, 2 mil 86; 2012, 737; 2013, 485; 2014, 438; y en 2015, 312. De aquí en adelante se elevan, en 2016 fueron 538; en 2017, 772; 2018, mil 247, y en los ocho meses que van de 2019, hasta el 31 de agosto, mil 004. Si sólo comparando 2018 con 2019 vemos que el promedio mensual de homicidios se eleva de 103 a 125, podemos decir que este año, en tendencia, está resultando más violento.

Las autoridades han tratado de tranquilizar a la población explicando que las víctimas sólo son narcomenudistas y que las muertes son el resultado del ingreso al mercado de la droga conocida como cristal; sin embargo, en los últimos meses, hemos advertido que la violencia se ha vuelto más irracional y más perniciosa en contra de la ciudadanía en general (últimamente han muerto casi 10 menores de edad en incidentes criminales), y en contra de los miembros docentes y estudiantiles de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez en particular.

Maestros y estudiantes de esta institución, de la cual yo soy docente, se han relacionado, como víctimas o victimarios, con una serie de actos de hiperviolencia que han generado un ambiente de temor e ira en la comunidad.

En marzo una alumna de la institución fue asesinada por su ex novio, en un parque cercano a uno de los campus que carece de vigilancia y alumbrado; esto desencadenó una gran protesta de los estudiantes.

En mayo se denunció la violación tumultuaria de una maestra, con cuatro profesores como presuntos inocentes del abuso sexual; y todos laboraban en la UACJ. Un periódico local consiguió la carpeta de investigación y publicó los nombres de la víctima y los imputados, además de detalles inadmisibles para un medio de comunicación; la Universidad no reaccionó en la medida de la agresión sufrida.

En junio un comando armado secuestró y asesinó a un maestro a unos 20 metros del límite del campus donde daba clases, y la primera reacción de la autoridad universitaria fue negar que el secuestrado fuera profesor; aunque después aceptaron que sí lo era, incluso miembro activo del Sistema Nacional de Investigadores.

Esta semana amenazaron con armas de fuego y encerraron en su propio domicilio a un maestro, al lado de su esposa, niños y suegra, por más de dos horas; le robaron todo lo transportable, hasta su vehículo, y la Universidad se limitó a darle consejos desde lejitos.

Finalmente, el sábado se descubrieron los cadáveres de dos mujeres, muy jóvenes, que fueron identificadas por sus amigos como universitarias, y la UACJ negó que lo fueran, como si la máxima casa de estudios juarense viviera en paz.

Al igual que en 2008, cuando se incrementó el índice de impunidad entre los crímenes supuestos de los cárteles, la violencia se empieza a extender y afectar a todos los juarenses y las comunidades que habitan, y los responsables de éstas deben advertir el riesgo y solidarizarse con la ciudad, este rol de la Universidad es ineludible.

Leave a Reply

Your email address will not be published.