La debilidad al dolor

Eduardo Ponce

Lo que quiere no puedo dárselo. Soy un lisiado para ella.  Lo que yo quiero, ella no lo tiene. ¿Qué nos une, entonces? No la costumbre, por cierto, sino  el drama, el gusto por la tragedia.

Mi debilidad al dolor se debe a mi apego a lo que amo. Me resulta difícil  imaginar la vida alejada de mí. Es quizá por eso que procuro distanciarme poco a poco de ella para que el dolor sea lento, y el golpe, resistible. No garantizo que lo esté haciendo bien, en ciertas noches la soga cuelga del techo de mi cuarto.

Reconozco mis debilidades, pero procuro olvidarlas o  al menos, hacerlas a un lado cuando me estorban. En otras ocasiones se vuelven mis fortalezas, pero vivo al pendiente de ellas. De ello va la vida. El chantaje es el lugar común y el  refugio de los débiles. Yo soy un chantajista profesional.

En un tiempo tuve éxito con las mujeres, incluso podría decirse que suficiente éxito como para andar con varias al mismo tiempo, y con la aprobación de ellas, hasta que poco a poco se dieron cuenta de que había otros hombres mejores que yo, y comenzaron a cobrar sus regalías con intereses incluidos. Comencé a andar con mujeres que tenían sus amantes. Claro que yo veía la inferioridad en los otros hasta que me abandonaban por completo. Así de ridícula y mediocre es la historia de la carne.

He vivido estos últimos años en un estado de castidad involuntario, estoy, como se dice, desencanchado en las lides del amor, y siento hasta cierta pena confesarlo.

La felicidad es una práctica que los publicistas han impuesto con el fin de venderla en recetas de comportamiento, y la humanidad se ha desbocado no sólo en aprobarla sino en afinarla, en ponerle su moñito de pertenencia.

Las mujeres sólo son un pretexto. Y esto lo tengo cómo verdad absoluta. Cada uno sabrá el porqué, el mío tiene una relación directa con mi impotencia a la contradicción, a las camisas de fuerza.

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