Henri Cartier-Bresson, la mirada del siglo XX.

Imagen tomada de la página: DR Escuela

Aldo Fulcanelli

Aquello de que: “La cámara es un cuaderno de bocetos, un instrumento para la intuición y la espontaneidad”, pareciera sintetizar el genio del fotógrafo Henri Cartier-Bresson (1908-2004); a quien algunos le adjudicaron el mote de “la mirada del siglo XX”, debido al talento para captar en las imágenes que recogiera su cámara nómada, la magia incidental del momento preciso.

Su implacable aporte de observador acucioso de la realidad, le llevó a rodar por el mundo fotografiando las grandes avenidas en las capitales, donde los mercados citadinos, los portales, los sitios de conflicto armado, o de recogimiento, se abrieron de par en par ante la lente de un hombre extraordinario como Cartier-Bresson, quien ratificó a través de las imágenes arrancadas a la cotidianeidad, su profundo amor por la naturaleza humana.

Tal inquietud por dejar plasmado el momentum, aquel instante en que las personas en armonía con los objetos que los rodean, se apartan de lo común para incidir en la mirada a través del poder de la gestualidad, llevaron a Cartier-Bresson a aguardar minutos, segundos y horas a la espera de ajustar el lente a la manera de una potente mira de francotirador, arrebatando al tiempo-ese irredento devenir cuyo conjuro primordial es aquel aforismo de que “lo único permanente es el cambio”- instantes plenos de maledicencia, liviandad, brutalidad, locura y sosiego, mismos que han llegado a la mirada de la colectividad ecuménica transformados en un patrimonio visual sin par, que permite detener la respiración ante el comportamiento humano, ese que de no ser por el obturador utilizado por Cartier-Bresson a la manera de una red para la pesca; pasaría enteramente desapercibido.

Vanguardista por antonomasia, Cartier-Bresson entrelazó en su arte a la intuición, la observación, la paciencia, también la mirada cinematográfica como dones indivisibles que le permitieron construir un acervo de cientos de fotografías, que hoy sobreviven a los decenios de la mano de una longevidad que se reactiva gracias a la mirada humana, la misma humanidad valiente, vulnerable, humorística o mascullante que el propio fotógrafo francés se dedicó a retratar como un eterno homenaje a la capacidad tan propia de la especie del homo sapiens sapiens, de incidir en la realidad, aquella realidad inmovilizada, retenida por Cartier-Bresson en su pequeña cámara leica, y reproducida por millares de pupilas alrededor del mundo, como un ejemplo latente de nuestra añeja pasión por las imágenes, las imágenes como un imponente vestigio del recuerdo sedentario. Cartier-Bresson fue más que un fotógrafo, un poeta del costumbrismo, un rescatador de sueños que hacen gala de blanco y negro, los sueños que al renunciar al color, ratifican la gloria metafísica de los pensamientos.

Aquel incansable peregrino caminó por el mundo con el impulso de un Caín errante, para recolectar los días y noches absortos por el influjo de un entrañable desarraigo, el desarraigo tan propio de un siglo XX siempre abrazado por el aroma de la posguerra. A la manera de un providencial alquimista, le correspondió a Cartier-Bresson, motivado por su incansable afán de renovar la concepción de la imagen-la imagen como una pequeña historia que se cuenta ya sin la influencia intelectualoide de argumento alguno-, transmutar ese desarraigo en melancolía, melancolía que se desborda entre los muros agrietados de la vieja Europa por donde los niños cantaron sus rondas entre los fusiles de la Guerra Civil española, o la belleza efébica de la juventud que retrató, la ensoñadora melancolía que permanece incólume ante la voraz brutalidad de las cíclicas hambrunas del mundo

Pero el mundo de Cartier-Bresson, aunque para muchos pareciera predispuesto por la vigilia natural de un explorador como lo fuera él mismo, no es sino un continuo homenaje a la gloria desapercibida de lo cotidiano, allá donde los seres alcanzan la heroicidad en una sonrisa, allá donde el guiño de la furia se entiende igual de imponente desde Nueva York hasta el lugar más inhóspito, allá donde al abrazo y la ternura de los niños, se disputan la atención por los escaparates en las grandes avenidas insomnes, o las irresistibles marquesinas de Broadway, centellean imparables y crudas frente a la humillante marginación de la pobreza. Si para exorcizar al olvido, al silencio impasible de la muerte, se crearon la poesía y la música, Cartier-Bresson acuñó con denuedo al periodismo gráfico, el mismo que se narra sin ayuda de la voz humana, sus heraldos son la potencia de los claroscuros. Su envoltura el gesto de los protagonistas anónimos, a la distancia fantasmas que supieron robarse en un aliento tan gélido como el sepia, la humana intencionalidad de todos.

Y todos,  son justamente la ventana giratoria por donde Henri Cartier-Bresson, ha rendido un inmortal homenaje a la secuencia donde la presencia suya, nuestra, la de todos nosotros es auspiciada por los momentos de vulnerabilidad donde sin hilos, alambres, municiones ni tesoros ocultos, la grandilocuencia se concentra en la magia portentosa de lo simple. Así el instante se hace eterno mientras una pareja de aristócratas camina al lado del vagón de un tren, las multitudes se apretujan lo mismo a la búsqueda de un mendrugo de pan, o el autógrafo de una superestrella. Los niños ignoran que el tiempo o la muerte existen, blandiendo sus sonajas contra un aire que traslada el aroma furibundo de las bombas nucleares, mientras una adolescente corre bajo la vieja fachada de un estrecho barrio parisino.

El tiempo es hoy, el tiempo es uno, el tiempo donde las oscuras ventanas parecieran retener el aire febril de todos los ayeres, y el mago Cartier-Bresson ha logrado con su genio contener al vuelo de las aves en los nubarrones, y el alma en las sombras agigantadas que nos regala el ocaso. El pasado es una dimensión incierta, un boquete abierto en la profundidad de los muros anhelantes del ahora, allí donde una nueva historia gráfica de Henri Cartier-Bresson nace petrificada, sin caducidad ni desenlace.

Paréntesis

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