Chernobyl o el poder del arte

Susan Crowley
Susan Crowley

Qué poco supimos entonces sobre el desastre. Casi nadie había escuchador el nombre de esa pequeña ciudad. Las noticias en los periódicos y la televisión hablaban de la peor tragedia atómica de la historia. Sin embargo, los reportes fueron pasando, del pánico al olvido, sólo se mencionó un accidente lamentable, eso fue todo. Uno de los reactores de la planta explotó, miles de personas fueron evacuadas. Se reportaron 18 heridos de gravedad, con los días la lista llegó a 156. Poco se dijo de los muertos por radiación. Es cierto, hubo una alarma internacional por la contaminación y la preocupación de varios países. Pasada la tragedia, sin poder contar el número de víctimas ni tener una conclusión lógica sobre lo que ocurrió, la planta fue cubierta por un sarcófago gigante. La idea era aislar la radiación. Años después, la fuerza del techo no resistió el peso de la nieve, lo derribó. Hoy se han reunido 1,500 millones de euros, con ello se cubrirá por completo la estructura para garantizar que la radiación no continúe.

Fue el 26 de abril de 1986, en Chernóbil. Han pasado 33 años y aún aparecen nuevas cifras, los cálculos, las hipótesis. Los efectos siguen y seguirán. Chernobyl, la nueva serie de HBO, revive los espantosos momentos de millones de personas, los daños en poblaciones cercanas, las evacuaciones, las terribles secuelas para cada ser humano afectado por la radiación, los juicios que sacarían a la luz el tamaño del problema, con una consecuencia absoluta: la caída de la URSS. A esto se suma la devastación de la naturaleza y de la vida animal, los alcances que tuvo la explosión son inconmensurables, lo son tanto como extraordinaria es el alma rusa.

Un alma imposible de describir y cuyos alcances rayan en el absurdo para bien y para mal. Desde su inicio, la historia de Rusia ha estado plagada de capítulos sangrientos, de luchas que han costado millones de vidas, de persecuciones, de dolor, de sacrificio y renuncia. Cada habitante ruso tiene una historia trágica que contar, Chernóbil no es la excepción, al contrario, es el ejemplo claro del horror que llena archivos que tal vez nunca salgan a la luz por completo. Históricamente el pueblo ruso ha pagado por los errores, por las tomas de decisión equivocadas, por los vicios de un montón de malos gobiernos. Los rusos ofrecen su vida como héroes, la mayoría anónimos. Guerreros por naturaleza, son capaces de recibir una orden, de llevar a cabo una misión inaudita, aunque esto se cobre con su vida. Con la frente en alto, con una capacidad de arriesgarse, rechazando cualquier ambición personal, han entregado su existencia por muchas causas, la mayoría sin sentido, al menos para ellos; han muerto para construir una nación, ya sea el gran Imperio Ruso de los zares, la Unión Soviética de Stalin o ahora el poderoso estado de Putin.

Rusia es también el recuento de siglos de arte, de belleza exultante, del poder de creación sin límites. Desde la construcción de cada Iglesia ortodoxa a lo largo de toda la extensión del país, sus iconografistas y pintores religiosos, el más grande de todos, Andrei Rublev. De la Academia a los Ambulantes, con Ilia Repin a la cabeza, o el simbolismo de Mijaíl Vrubel hasta las vanguardias con el ideal de fincar un estado a la altura del arte y el arte para todos. Lissitzky, Rodchenko, Tatlin, Goncharova, Larionov, Kandinsky, y el más grande de todos Kasimir Malevich, quien llevó al espíritu de la pintura a tocar zonas inimaginables, a ser materia transfigurada, metafísica en un cuadrado negro sobre un fondo blanco, realidad más allá de lo inmediato, el sueño del arte convertido en prueba de vida. Y luego el realismo socialista que a pesar estar subvencionado por el estado, pudo aglutinar el talento de artistas que como un engranaje más del poder soviético plasmaron grandes momentos; no sólo propaganda rusa si no también la vida diaria y la esencia de su pueblo. Las nuevas generaciones, los artistas del cambio que han sabido hablar desde la Rusia soterrada, la del tormento de los campesinos, de los proletarios, de los religiosos que habitan los confines y que son quienes han sostenido el verdadero poder y fortaleza de su país.

Los músicos, capaces de crear desde los más sublimes cantos ortodoxos, hasta la música más potente y llena de colorido con Stravinsky o Prokófiev, o reflejo del dolor, la melancolía y la desesperanza con Shostakóvich. La arquitectura rural reflejo de la ingente necesidad de sobrevivir a cada jornada, hasta los logros superlativos de Tatlin y Melnikov. De la literatura de Tolstoi, Dostoyevsky, Andreiev, Chejov, Tsvietáieva, Ajmátova, al premio Nóbel, Svletana Alieksievich, la que creó el primer acercamiento literario a la tragedia nuclear en Voces de Chernobyl. Voces del futuro, en la que se basa la serie de HBO.

Esta lista de nombres, los que rápidamente vienen a la cabeza, refleja la pasión, la emoción y los sentimientos, el Ser ruso. Muchos de estos nombres los conocemos, son esos los que suscriben a millones de rusos que han vivido y muerto en las condiciones más extremas, por su inclemente clima, por la construcción de un imperio, por las guerras, los genocidios, los trabajos forzados, la esclavitud. La mayoría de ellos murieron de forma trágica otros han sido sobrevivientes a la mediocridad y estupidez del estado que los ha obligado a callar las más espeluznantes torturas. Chernóbil parece la más joven de ellas. El pequeño pueblo en el que no había nada, ni siquiera podía presumir una historia antigua. Lo más lejos que llegan sus relatos da cuenta de las persecuciones a judíos que se llevaron a cabo en diferentes épocas. Un sitio lejos de todo y cerca del infierno, el infierno mismo tal vez, para aquellos que tuvieron que elegir morir por acabar con un incendio en una planta nuclear. Será recordado como el infierno de Dante de la nueva era. Hay un antes y un después del 26 de abril de 1986. Hoy el silencio se apodera de todo, envuelve de un misterio que aterra, más triste que la más triste sinfonía, más profundo e incierto que el abismo que se abre en el cuadrado negro de Malevich. No hay literatura cuadro o música que pueda describir el horror y la profundidad de la muerte como Chernóbil.

Hoy las series han cautivado al mundo. La mayoría están basadas en historias más o menos buenas, en general todas olvidables. El acierto de Chernobyl es que se basa en una obra del más alto nivel, aunque no recibe ningún crédito, el texto de Svetlana Alexsievich está presente a cada instante. La virtud del premio Nobel es que, siendo investigadora y periodista, tiene la capacidad de narrar los hechos más tristes, absurdos y envolverlos en personajes que viven íntimamente el dolor y la fragilidad humana. Desde el bombero y su esposa embarazada, ambos contaminados, hasta el científico desapegado que adquiere una responsabilidad con su pueblo; o el político frío que de pronto se juega la vida por su partido. Todos ellos son personajes de carne y hueso, evocados por una mente literaria.

Desde luego la adaptación para serie de cinco capítulos merece un aplauso. El tono que va de lo diáfano y brillante a la gris y pastosa atmósfera de muerte y envenenamiento; la música excepcional por su minimalismo evoca los fierros y vibraciones nucleares creando un nivel de tensión dramática única; la edición en la que nada sobra. Al concluir el último de los capítulos parecería que no hay más que agregar. Es notable la inteligencia que tuvieron los escritores y guionistas para volver al público cómplice mudo ante la impotencia de este horror. Las actuaciones son descomunales, desde los que retratan a los personajes históricos hasta la científica (Emily Watson), creada para resolver la participación de tantos héroes y heroínas. Cada elemento, capítulo por capítulo, nos muestra la realidad de un mundo que desconocíamos hasta antes de la serie. Chernóbil es hoy una mancha dolorosa que habita en los corazones de quienes lo vivieron y de los que ahora la hemos experimentado a través de la pantalla. Es también la oportunidad de leer a Alexsievich y constatar el poder transfigurador del arte. Aún después de ver la serie el libro merece ser valorado como una obra gigante de la literatura por su amor a las víctimas, por ser un documento veraz y objetivo, sobre todo poético. Un acto de justicia para los que dieron sus vidas y elevaron al más alto nivel el alma rusa.

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