Del reguetón a lo intangible en la bienal de Novela Mario Vargas Llosa

Por Virginia Bautista

Las fronteras físicas, geográficas, ideológicas, intangibles, pero también las que existen entre géneros literarios, entre las generaciones de escritores y hasta entre las temáticas locales y globales. La palabra, la comunicación y el diálogo son capaces de romperlas todas.

Estos son los tópicos que abordaron ayer los ocho participantes, dos de ellos moderadores, en las dos primeras mesas de análisis de la III Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, que se lleva a cabo en el Conjunto Santander de Artes Escénicas de la Universidad de Guadalajara.

Ante el Nobel de Literatura peruano-español como espectador de lujo, quien desde las diez de la mañana se sentó en la primera fila y siguió con atención las reflexiones vertidas en el encuentro literario que lleva su nombre, la cubana Mayra Montero, el chileno Carlos Franz, los mexicanos Alberto Chimal, Mónica Lavín y David Toscana y el venezolano Rodrigo Blanco Calderón —moderados por los españoles Juan José Armas Marcelo y Nicolás Melini— compartieron sus inquietudes y sus vivencias sobre el binomio literatura-frontera, eje central de esta tercera edición.

La verdadera literatura fronteriza hoy en El Caribe es el reguetón”, explicó Mayra Montero. “Este ritmo no es solamente un asunto musical, sino de palabras. Éstas se dicen de manera especial y son demoledoras y sucias, pues el lenguaje de los jóvenes se ha empobrecido por la violencia verbal. Pero a veces sale una frase luminosa”, comentó ante un público entusiasmado.

Para Franz, las fronteras son una invención de la literatura en sí misma. “Son sólo líneas imaginarias, pero nos matamos por ellas”. Y entonces contó que su bisabuelo, Carlos Franz, originario de Basilea, Suiza, llegó a Chile a principios del siglo XX y dejó una novela en la que menciona que tiene tres patrias, pues el pueblo donde nació colinda con Francia y Alemania. “Yo heredé esa necesidad por superar las fronteras, por recuperar la patria, por eso me he hecho escritor”, agregó.

Y el mexicano Alberto Chimal habló de las fronteras en el interior de una ciudad, de un condominio o incluso dentro de la misma casa. “Esto sucede cuando nos aislamos durante ocho horas frente a una computadora. Es decir, los nuevos entornos están creando nuevas fronteras. Tenemos conciencia de las divisiones físicas, pero olvidamos las intangibles. Hay que romper éstas”.

Ya en la segunda mesa, Las fronteras invisibles de nuestras literaturas, Mónica Lavín reflexionó sobre las limitantes ideológicas y argumentó que “la palabra está rompiendo fronteras en este momento”.

Los libros rompen la línea que los divide de los lectores, aunque su censura visibiliza las fronteras. Pero no olvidemos que éstas son también algo móvil, mutante y hasta hermanador. Los escritores siempre queremos saber qué pasa del otro lado de las cosas, de las personas”.

Toscana, por su parte, llamó la atención sobre que la palabra frontera era un adjetivo que después convertimos en sustantivo. “Las fronteras invisibles de la literatura pueden ser los idiomas, las lenguas. Una frontera de la literatura es entenderla, de qué se trata, no sólo es contar historias, es una de las bellas artes. Otra frontera la tenemos también con los lectores; es decir, la persona que no lee o la que lee y lee mal o sólo lee literatura ligera y no comprende a los clásicos. Aun hablando la misma lengua, a veces hay fronteras de comprensión”.

En una breve entrevista posterior, el narrador regio confesó que la frontera no ha sido un tema para él. “Por eso me gusta la novela, porque en ella cabe todo. Es un baúl para la imaginación. No tiene límites, tal vez la de la extensión, pero la ponemos nosotros. La imaginación puede ser también una frontera para el novelista. Cuando tratamos de crear un nuevo mundo es complicado reinventar lo que queremos decir. Mi temor es que se me vaya la imaginación”.

Y para Blanco Calderón, uno de los cinco finalistas del Premio de esta bienal, cuyo fallo se dará a conocer mañana, la migración y las fronteras geográficas son una novedad ahora que ha dejado Venezuela.

Viví 33 años en Caracas, me fui en 2015. Mi esposa y yo vivimos tres años en París y ahora llevamos seis meses en Málaga. En lugar de desligarme de mi país he tensado con la distancia la cuerda que me mantiene atado. Lo disfruto y a la vez es desgarrador, porque no sientes arraigo y ves que tu país ya no existe”, concluyó.

Señaló que vive este proceso con nostalgia y con dolor. “Angustia de sentir que me puedo desligar de mi país, de mi familia y de mi historia”.

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