Tengo antojo de una cemita

La imagen puede contener: Liz Luna, sonriendo, gafas, primer plano e interior

Por Lizbeth Luna López

Por las mañanas, camino aproximadamente 15 minutos para llegar a la base de combis  de mi colonia. Como no hay muchas opciones de transporte, la fila para abordar tiende a ser muy larga (de casi 50 personas).

Como siempre, no había combis. Extrañamente, en esta ocasión, cuando llegué al lugar había únicamente un par usuarios de este transporte. Al frente, un hombre con pantalón largo y reflejantes a la altura de los tobillos. Detrás de él, un chico de unos veinte años con gorra y lentes de acetato que miraba su teléfono celular.
Me coloqué detrás de él y revisé la hora, preocupada ante la posibilidad de llegar tarde al trabajo una vez más.
Hace un par de días, me retrasé por casi treinta minutos. La directora no ha mencionado nada aún, pero su mirada es suficiente para infundir el temor de un despido que, en mi situación económica actual, significaría otra serie de problemas en los que también pensaba en aquel momento.
Mis pensamientos se interrumpieron ante una voz que saludaba al chico de la gorra. Era un muchacho de edad cercana a la del primero, con sudadera verde y unos enormes audífonos rojo y negro. Chocaron las manos a modo de saludo. Luego se quedó quieto, dudando si debía quedarse con su amigo, o colocarse detrás de mí. Decidió lo segundo,  y desde su lugar, comenzó a hablar con el chico. “¿Ya se fue la…ya se fue tu novia?”. El chico asintió y su amigo emitió un sonido de decepción ante la respuesta. Después de unos segundos de silencio, el chico de la gorra habló ” ¿qué vas a comer mañana?”. Recibió una sonrisa forzada como respuesta “Ni idea. Ya sabes que la monse siempre escoge”. Entregó de vuelta una risa cabizbaja.

Se quedaron en silencio de nuevo. Miré hacia un puesto que está frente a la base, en el cual venden gelatinas, café, tortas y otras cosas a las que nunca he puesto suficiente atención. Caí en la incertidumbre que me provocaba aquella plática ajena en la que me había entrometido sin avisar. Y me pregunté con cierto dejo de indiferencia ¿qué voy a comer hoy? De hecho ¿qué fue lo que comí ayer? En realidad, un día antes solo había tomado un par de tazas de café mientras leía Drácula y escuchaba “El elixir del amor”. Un vacío que provocaba náuseas invadió mi estómago fugazmente, y la preocupación por el habitual desinterés que tengo hacia mi bienestar, comenzó a crecer en mi mente. El frío comenzó a ser mi frío y el tiempo avanzó un poco más lento. ” Yo tengo antojo de una cemita” , dijo el chico de gorra mirando hacia el cielo. “Al rato me voy a chingar una”. Su amigo asintió en respuesta mientras su mirada se perdía. Yo me puse a pensar en las posibles conjugaciones y significados del ¿verbo? “chingar” hasta que la llegada de la combi interrumpió mis pensamientos otra vez.
Abordé rogando por no llegar tarde de nuevo.

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